Concurso de Belleza Peronista
- Manuel Muñoz
- 15 ago 2025
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Por Manuel Muñoz
Revista Glamour Argentino, 2 de mayo de 1948:
“Foto 1. La señorita Eva Angelica Caselli saluda sonriente, después de haber sido elegida Reina del Trabajo, casi por unanimidad de votos. (...) Foto 5. El Presidente de la Nación, general Juan Domingo Peron, felicita a la Reina Nacional del Trabajo 1948, señorita Eva Angelica Caselli, por su elección”
De esta forma epigrafiaba la revista especializada en concursos de belleza las fotos de la recientemente coronada Reina Nacional del Trabajo de 1948, Eva Caselli, quien había sido elegida entre 10 reinas de diferentes provincias y ahora saludaba al público. Había sido coronada el día anterior por la primera dama de la Republica, Eva Peron.
Ya desde 1947, año del primer 1 de Mayo caído en años peronistas, el gobierno del General Perón marcaba una de las rupturas más profundas (y tal vez la única por la que podríamos llamar seriamente revolucionario al peronismo) con el país aristocrático: La cultural-simbólica. Es esencial al peronismo, y a cualquier mirada que busque comprenderlo, el factor de la revolución sociocultural (no así socioeconómica) que significó el advenimiento de la masa trabajadora a la política, al consumo y (más importante para esta nota) al acceso a bienes, alimentación, vestido, actividades, consumos culturales, esparcimiento, turismo y deporte. La masa proletaria, en un contexto de crecimiento, nacional-estatización de la economía y redistribución, había invadido (casi literalmente) los lugares reservados para una excluyente categoría social que se configuraba en las “señoras bien”, los hombres de importancia, o la restrictiva clase media-alta, que solía ser la única fauna visible en el centro de la ciudad, las boutiques de moda, los centros comerciales, los clubes deportivos, los restaurantes o en la entonces minoritariamente recurrida costa argentina. Es ejemplo privilegiado de esto el mismo hecho fundacional del peronismo, el 17 de octubre, pero eso es tema de otra nota, ya que no queremos cometer la injusticia de definirlo al paso.
El peronismo, en estos términos, es el arrebato por parte de la masa, subyacente y periférica al centro de la ciudad, de lo que pertenecía a esa clase y solo a esa clase. La usurpación de la moda, el “buen gusto”, la belleza, lo estético y no solo funcional, el lujo. Podemos encontrar muchos ejemplos de esté esfuerzo consciente y direccionado del peronismo para que los trabajadores accedan no sólo a una mejora de sus condiciones materiales que los saque de una situación de necesidad o pobreza, sino también a actividades que solamente otorgan un beneficio social, cultural o de esparcimiento.
De esta forma, una de las cosas que cambió con la llegada del peronismo al poder, fue la conmemoración anual del Dia del Trabajador, 1 de Mayo de todos los años, donde los distintos sindicatos agrupados por rama o filiación (socialismo, anarquismo, sindicalismo, comunismo) históricamente se movilizaban en un tono de aflicción y reclamo, en movilizaciones que en muchos casos terminaban en represión por parte de la policía. Esta connotación de la fecha terminaría con el peronismo
En su libro “Eva y las mujeres: Historia de una irreverencia”, Julia Rosemberg cuenta como es desde el 1947 que esta fecha toma un sentido diferente al mantenido previamente. Desde ese año en adelante, el Dia del Trabajador dejó de “conmemorarse” para pasar a “celebrarse”, con festejos en el centro de la ciudad donde se realizaban actos con el secretario general de la CGT, Eva y Peron como oradores, además de reconocidos artistas populares dando presentaciones, ocasionalmente orquestas de música clásica o folclore, e incluso el ballet del teatro Colón (vemos aquí otra muestra de lo que describimos previamente, el ballet estable del Colón, placer aristocrático, presentándose de forma gratuita en Plaza de Mayo, el Dia del Trabajador). Sumado a todo esto, el día mantenía una continuidad temática, como demostraba la realización de un desfile de carrozas alegóricas que representaban los derechos laborales y la justicia social, y, como “frutilla” de la jornada, la coronación de la Reina Nacional del Trabajo.
En el mismo 1947, el diario “El Laborista”, de marcada simpatía con el incipiente proceso peronista, tuvo la iniciativa de que para el 1 de Mayo de ese año, primero celebrado desde la asunción de Peron, se realizará un concurso donde los trabajadores elijan a “las más hermosas obreritas (...) con el propósito de exaltar la devoción al trabajo y de despertar en el pueblo una conciencia más grata y más real en torno de las fuerzas que, dia a dia, se renuevan en el ímpetu de la sangre y el pensamiento forjando la grandeza de la Patria” (Recogido de “Eva y las mujeres: Historia de una irreverencia”, Pág. 70)
El concurso fue gestionado en esa ocasión por la revista, que tuvo que aclarar ante la masiva llegada de cartas que Eva Peron no podía ser elegida como Reina del Trabajo, pero que “(...) valora en todo su significado esta distinción de la que se la hace objeto (...)” (Ibidem, Pág. 71). Sin embargo, esta fue la única ocasión en la que se eligió de esta forma a la Reina del Trabajo. Desde 1949 en adelante la coronación se realizaria en el acto convocado por la CGT y el jurado lo conformarían los diferentes secretarios generales de cada gremio, junto con Eva y Peron. El único requisito para participar era estar afiliada al sindicato en el cual se enmarca su trabajo y las reinas elegidas eran coronadas por Eva frente a la multitud.
En 1948, la ganadora del concurso fue Eva Angelica Caselli, quien había sido previamente coronada como “Reina de la Flor y el Perfume” (nombre de la Reina del Trabajo de Buenos Aires). En 1949, la ganadora fue la tucumana Ruth Romero, que ayudaba a su familia en labores de campo y estudiaba economía doméstica. En el año 1950, se corona a Práxedes Mesconi, de Salta, que se desempeñaba como empleada pública. En 1951, gana el concurso Aida Baume, de Buenos Aires, representando al gremio de la Alimentación. En el 52, la ganadora, una modista que había estudiado corte y confección, sería Edna Alicia Constantini. En el 53, y en el 54, fueron coronadas respectivamente Nelida Ferreyra, de Córdoba, y Susana Leiva, de Buenos Aires, ambas afiliadas al sindicato de Artistas de Variedades. Y finalmente, en las últimas celebraciones del 1 de Mayo bajo el peronismo, en 1955, fue coronada Elsa Landaburu, del sindicato de Telefónicos. Todas estas mujeres, coronadas como Reinas del Trabajo, eran trabajadoras en actividad que oscilaban entre el trabajo formal, el trabajo doméstico y el estudio. De las 9 Reinas elegidas (el certamen se realizó una vez más en 1974, siendo coronada Maria Cristina Fernandez, una maestra afiliada al sindicato de Obras Sanitarias), solamente 2 son de la provincia de Buenos Aires y una de la Capital Federal.
Ahora bien, hay dos dimensiones de la situación que se nos presentan para analizar: la obvia pregunta que surge sobre la cosificación de los cuerpos o la espectacularización de la belleza a la que todo concurso de este estilo somete a sus participantes, y en segundo lugar, la necesidad de pensar la dimensión simbólica y política del certamen, del hecho de coronar a una obrera como reina.
En primer lugar, no parece haber sido lo central la exposición de los cuerpos de las concursantes. En las pocas fotos que podemos encontrar de cuerpo entero (también es un indicio de lo que decimos que la mayoría de las fotos sean del rostro) se ve a las participantes con vestidos anchos o sueltos, más que con ropa “ajustada y reveladora”. Pareciera que fuesen otras las cuestiones más importantes para elegir a la reina. Las participantes no solo debían ser trabajadoras en actividad, sino que se les realizaban entrevistas para conocer sus opiniones y personalidad, que se colocaban junto a su foto para que los afiliados al sindicato elijan a su representante. La propia ganadora de 1952, Edna Constantini, declaraba que el concurso “no era una competencia de belleza, era más para homenajear a la persona trabajadora” y que su “reinado es un homenaje que la CGT rinde a todas las mujeres trabajadoras de la Patria. Yo no soy sino el vehículo de ese homenaje (...)”. En el ya citado libro, Julia Rosemberg escribe: “No era entonces un clásico concurso de belleza, sino que sobre esa tradición produjeron una modificación que le trastocaba su sentido, Era ahora un reinado plebeyo: era un concurso por el cual se convertía en monarca a una obrera. Un homenaje al rol de las mujeres en tanto trabajadoras, pero no cualquier trabajadora, sino aquella que podía hacerlo en condiciones dignas, con sus derechos laborales que ahora se respetaban (...). En definitiva, se disputaba la concepción de lo bello (...). Eva parece decirnos que las mujeres que salen de sus casas a las cuatro de la mañana para ganarse la vida también pueden ser “bellas”.”
Fue así, durante los años peronistas, que estas “humildes muchachitas pero de grandes corazones que vienen a la capital para poner una nota de espiritualidad, de amor, de alegría y de esperanza (...)” como se refería Eva a ellas, fueron reinas de los trabajadores en un país que hasta hace pocos años no les había permitido que la categoría de “belleza” toque a sus puertas, o que la “moda”, el “glamour” o el “buen gusto” puedan adjetivarlas. Al leer el libro que hemos usado de referencia para la nota, apareció como muy interesante esta cuestión de la “Reina del Trabajo”, que no es más que una veta anecdótica de lo que John William Cook llamaría el “hecho maldito del país burgués”.
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Manuel Muñoz Fernández es estudiante de ciencia política en la Universidad de Buenos Aires. Se encuentra interesado en temas de economía, historia y geopolítica. Se reconoce dentro del campo de la izquierda nacional, con Marx, Gramsci y Schmitt como influencias remarcables.

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