El arraigo como política de Estado: soberanía austral en ejercicio
- Agustina Ascar

- hace 1 día
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En este nuevo aniversario de la sanción de la Ley 19.640 de promoción industrial retomamos una de las formas más contundentes de ejercer y defender nuestra soberanía: poblando.
Por Agustina Ascar
“¿Qué otra manera de hacer propio un lugar que construyendo tu hogar allí, pariendo a tus hijos y enterrando a tus muertos?” escuchamos decir a Clara Vernet. Pido perdón porque seguramente mi memoria no replica sus palabras exactas, pero lo que nos hizo sentir su cuestionamiento nos quedó clavado a todos en el silencio reflexivo.
El año pasado tuve el lujo de escuchar a Clara Vernet -descendiente de Luis Vernet- en una actividad que hicimos en la facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Nos contó sobre el libro que co-escribió con su papá Marcelo, que recupera el diario de Maria Saez, la esposa del primer comandante político-militar de nuestras Islas Malvinas. Día a día, Maria comparte en primera persona cómo fue vivir allá. ¡Lo que habrá sido hacer semejante mudanza para acompañar a su esposo! Su diario nos pinta con intimidad la imagen de la cotidianeidad de su vida y la de los demás isleños.
Clara nos citó partes del diario donde Maria escribía sobre nacimientos, decesos, el primer casamiento civil, su propio embarazo y cuando nació su hija Matilde. Nacer, casarse, tener hijos, morir, ser enterrado. No hay acto más humano y de arraigo que ese.
Desde la independencia Argentina en 1810 pensamos el territorio heredado en su extensión y la necesidad de hacernos presentes en él. Pero, ¿lo haríamos de cualquier manera?
En 1820, David Jewett arriba a Malvinas cumpliendo la misión de formalizar la posesión argentina del archipiélago en un acto oficial y público. Tres años después, el gobierno bonaerense hace la concesión a Pacheco para la explotación del ganado en las Islas Malvinas como indemnización, bajo el compromiso de que refaccionara los edificios existentes en Soledad. Este ganado es transaccionado a Luis Vernet, quien se instala en la isla Soledad en 1826 empeñado en construir un establecimiento permanente de argentinos. Solicita al gobierno bonaerense en 1828 la concesión de todo el terreno malvinense vacío, pactando formalmente su compromiso de desarrollar el establecimiento dentro de tres años y garantizando a tal población los derechos de los ciudadanos de la República continental; dejándolos, además, exentos de cualquier tipo de contribuciones para fomentar el desarrollo económico. En julio de 1829 llega Maria Saez de Vernet a Puerto Luis junto a un grupo grande y diverso de colonos, ansiosa de conocer su nuevo hogar, como narra la entrada en su diario el día del arribo.
Queda claro el proyecto de país y la vía en que Argentina ejerce soberanía: no era bajo la ley del más fuerte con fusiles, balas y cañones como los imperialistas. Fue poblando y desarrollando la economía local; construyendo y fundamentalmente quedándose, a pesar de la adversidad, haciendo patria, familia y hogar. 144 años después, la Ley 19.640 crea el subrégimen de promoción industrial fueguino, continuando el proyecto de una soberanía argentina efectiva en el Atlántico Sur.
¡Pero qué hincha con el subrégimen! ¿Por qué los fueguinos no paramos de joder con esta política?
En resumidas palabra, la Ley 19.640 sancionada en 1972 define al territorio de la Isla Grande de Tierra del Fuego como un Área Aduanera Especial (AAE) donde aplica el subrégimen de promoción industrial, eximiendo a determinados proyectos industriales aprobados en diferentes etapas históricas del pago de impuestos nacionales y reintegros fiscales por las ventas realizadas al mercado interno argentino. Esto facilitó la importación de materias primas y compensó los sobrecostos de transporte de las ventas al mercado interno continental al asimilarlas como exportaciones.
La promoción industrial creó incentivos para que se instalen fábricas en Tierra del Fuego, permitiendo el paso de una matriz económica tradicionalmente primaria a una actividad industrial con escala para ingresar al mercado continental.
Nuevas fábricas, mayor escala, nuevos puestos de trabajo a cubrir: Tierra del Fuego necesitaba gente que venga a laburar. Así como en las Malvinas, llegaban de todas partes del país (por eso los fueguinos no tenemos un acento particular. Tenemos todos). De la mano, trajeron a su familia -aquellos que ya tenían- y los que no, vinieron a tenerla acá. Ganas de trabajar alimentadas por sus anhelos de dignidad, con una mezcla de adrenalina y miedo por la aventura en la que se embarcaban (así como le habrá pasado a Maria Saez y a Luis).
Las críticas a la provincia son varias, no es novedad. Lo preocupante es ver que estas opiniones dramáticamente parciales son difundidas a lo largo del país bajo título de “informes”, divulgadas como “dato” a pesar de estar dibujados y teñidos de una clara bajada de línea “extraña”. No escasean las notas de opinión que aseguran con “resultados magros” que, cumplido el objetivo demográfico, la industria fueguina sigue siendo una “industria infante” de bajo valor agregado, que no aporta divisas a un país que las requiere, calificando la promoción industrial como una política de Estado cuyo costo supera ampliamente los beneficios. Quizás hay que recordar que la industria fueguina produce el 100% de los celulares, equipos de TV, acondicionadores de aire y hornos a microondas de industria nacional, con los que se abastece más del 95% de la demanda interna de estos bienes; asi como el total de la producción de autopartes electrónicas. Un dato no menor es que gracias al desarrollo industrial y tecnológico local existente, se logra reconfigurar la producción de una fábrica en menos de 90 días para producir 1.200 respiradores mensuales con el fin de abastecer la demanda nacional durante la pandemia de COVID-19.
“Che, pero allá no producen. Importan para ensamblar, no hay valor agregado. Que estén allá es un costo”.
A ver. Vamos por partes.
Tema producción. Es una realidad que la provincia importa componentes, pero eso no significa que no se produzca. El ensamblaje es una parte del proceso productivo que implica procesos con altos conocimientos técnicos. A su vez, estos requerimientos apalancan otros factores: por un lado, el desarrollo educativo e ingreso a carreras universitarias afines, como ingeniería electromecánica, química, industrial y pesquera en la Universidad Tecnológica Nacional. Por otro lado, una constante innovación tecnológica que motoriza diversos sectores como el energético.
En los 70s la geopolítica era el paradigma desde el que se pensaban estrategias prestando atención a las consecuencias políticas de los aspectos geográficos. La patagonia fueguina estaba escasamente poblada, con prevalencia de extranjeros, aislada del continente por su insularidad, con altos costos y demoras para su abastecimiento, por lo que presentaba una notoria debilidad geopolítica en un contexto conflictivo con el país limítrofe.
¿Que tan relevante es poblar para ejercer soberanía? No es casualidad que el Reino Unido rompa por primera vez su velo de silencio para hacer su primer reclamo formal respecto a las islas en 1829, año en que el gobierno bonaerense declara al consolidado y poblado establecimiento de Vernet como Comandancia Política y Militar de las Islas Malvinas y las adyacentes al Cabo de Hornos en el mar Atlántico.
Sin la promoción industrial, Tierra del Fuego estaría despoblada. Si no, comparemos el lado argentino con el chileno de la Isla Grande: misma isla, misma geografía, mismo clima, dos países distintos, dos políticas distintas. El lado chileno sostiene su economía desde los 50s con la extracción de petróleo y la ganadería. En los 70s tenía una población de aproximadamente 5.000 personas y el lado argentino 13.500. Para 2025, en el lado chileno siguen predominando las estancias con 8.500 habitantes en total, mientras en el lado argentino tenemos alrededor de 200.000 habitantes. Un aumento demográfico del 1.378% que acompaña el crecimiento económico fueguino argentino. ¿Qué miran los que afirman que es una “política industrial fallida”?
Claramente, toda política de Estado tiene costos. Estamos en un contexto internacional donde potencias se repliegan al proteccionismo y acá seguimos con la idea de que lo mejor es lo de afuera. Pero ¿cuánto nos cuesta no tener a los 200.000 fueguinos en la Isla? ¿Cuánto costo geopolítico tiene tener intervenido el puerto de Ushuaia?¿Cuanto costo tiene despoblar nuestro centro geográfico nacional?
No es coincidencia que este capítulo se repita: en 1831 los estadounidenses con la Lexington destruyendo Puerto Luis en Malvinas. En este siglo entrando con el soft power gracias a los que de adentro dejan la puerta sin llave. Ya no hacen falta tiros, aviones ni ruido; todo es más silencioso. Bastan decretos y una sistemática política de desindustrialización nacional para tener miles de empleos perdidos, familias y comunidad desgarrada.
La historia está plagada por el modelo imperialista de toma por la fuerza y la violencia ilegítima como sostén de la presencia y el poderío. Aun en el siglo xxi seguimos teniendo invasiones a Estados soberanos, guerras, genocidios y colonialismo que avasallan a los que nos hicieron creer que somos los más débiles, hasta convertirnos en los más pobres.
De este lado de la vereda, tenemos el modelo que nos cuentan Vernet y Maria, y el de los fueguinos en la Isla Grande de Tierra del Fuego: poblar, desarrollar y quedarse. Nacer, vivir y morir. No es “esconderse detrás de la bandera de la soberanía nacional”; es enarbolarla, habitarla y sostenerla.



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