ESTUDIANTES ESTUPENDOS: UNA DEFENSA DE UNA ESCUELA MÁS SIMPLE Y EXIGENTE
- Juana de Urquiza

- hace 2 días
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por Juana de Urquiza
La saga de cuatro libros de la autora anónima Elena Ferrante, Dos amigas, fue mi lectura del verano: me absorbió por completo. Al punto de sentir que Lenú y Lila, las protagonistas, formaban parte del círculo de personas que me rodeaban.
Aunque, el 15 de enero, en la librería dudé si comprarlo. Leí varias veces la sinopsis y no terminaba de convencerme. ¿Por qué iba a ser interesante la vida de dos mujeres napolitanas de la segunda mitad del siglo XX? En ese breve resumen no encontraba hechos que movilizaran la trama, que la volvieran atrapante.
Pero algo me llamó la atención: en la portada decía, destacado, que había sido considerada “la mejor novela del siglo” por The New York Times.
Eso me intrigó. Pensé: ¿qué hace que una novela sea la mejor del siglo? Y enseguida me vino a la cabeza algo que les enseñamos a nuestros alumnos en la cátedra de Historia del Pensamiento Político Clásico: lo mejor, lo que no pasa de moda, lo que el tiempo no atrofia, es aquello representativo; aquello que habla de problemas y dilemas esenciales de los seres humanos. Aquello que, aun pasado su tiempo, sigue ofreciendo respuestas a nuestras preguntas.
Entonces volví sobre mi prejuicio inicial: ¿qué puede tener de representativa la vida de dos mujeres que podrían ser mi abuela? ¿Acaso la vida de mi abuela tenía similitudes con la mía?
¿O el feminismo, la tecnología, la posmodernidad, internet o la inteligencia artificial la vuelven radicalmente distinta?
Quería una respuesta a esas preguntas. Quería saber si, para mí, esta podía ser la mejor novela del siglo. La compré. Y no solo encontré similitudes concretas entre la vida de esas dos mujeres y la mía —o la de tantas mujeres que me rodean—, sino que además la novela me ayudó a pensar los problemas de la educación, tanto en esa época como en la nuestra. Ese, al final, fue el hilo que terminó organizando mi lectura.
Encontré entre sus páginas una verdadera oda a la educación: una valorización del estudio, de los títulos, del esfuerzo y de la disciplina. Tal vez fue en ese punto donde aparecieron las mayores disonancias con mi tiempo y con mi generación. Pero, justamente, esas disonancias no alejaban la novela: la volvían más potente, porque ofrecían una forma de pensar problemas actuales. En la historia, es el estudio lo que determina —y en muchos sentidos define— la vida de las protagonistas y el vínculo entre ellas.
Lila y Lenú viven en un barrio muy pobre de Nápoles. Allí reinan la ignorancia, la miseria y, sobre todo, la violencia. El destino de las familias parece estar en manos de dos clanes con vínculos políticos y negocios turbios: los Solara y los Carracci. En ese contexto, la mayoría de los habitantes apenas completa la escuela primaria, porque necesitan trabajar desde temprana edad para ayudar a su familia.
Y, sin embargo, persiste una idea muy fuerte: quienes continúan estudiando son personas importantes, prestigiosas, con futuro. Los estudios prometen dinero, estabilidad, ascenso social. Los estudios permiten salir del barrio. Ahí aparece una contradicción central: las familias no impulsan a sus hijos a seguir estudiando, pero creen profundamente en el valor del estudio. La novela sugiere que esa tensión nace tanto de la imposibilidad económica como de una convicción más profunda: que la escuela secundaria y la universidad no son espacios para ellos, que no les pertenecen.
La amistad entre las protagonistas nace en la escuela primaria, bajo la figura de la maestra Oliviero —disciplinada, exigente, estructurada—, que fomenta la competencia entre sus alumnos. Lila y Lenú son las mejores de la clase, y Lenú —narradora de toda la saga— vive fascinada y, al mismo tiempo, amenazada por el talento innato de Lila: una inteligencia feroz, capaz de obsesionarse con cualquier tema y dominarlo.
Lenú, en cambio, también es inteligente, pero necesita el doble de disciplina y estudio para alcanzar a su amiga. Leer esas páginas hoy resulta especialmente interesante: los docentes estimulaban el aprendizaje a través de competencias de Literatura, Historia o Matemática, enfrentando a los mejores alumnos frente a toda la clase. A pesar de la rivalidad silenciosa y la envidia, las dos niñas se hacen amigas.
Con el primer dinero que consiguen, deciden comprar un libro: Mujercitas, de Louisa May Alcott. Se fascinan con la historia, se emocionan leyéndola juntas, pero sobre todo se obsesionan con Jo March, que se convierte en escritora, logra independencia económica y funda una escuela. Desde ese momento, Lila y Lenú se prometen el mismo destino: escribir un libro, ser ricas, salvar a sus familias. El estudio aparece, con claridad, como la llave del progreso.
Pero algo se interpone, al menos para Lila: su familia no le permite continuar sus estudios ni rendir el examen de ingreso a la secundaria. Se desata una verdadera guerra en su casa. Su hermano intenta ayudarla, pero su padre se niega rotundamente: la violencia con la que impone esa decisión —hasta arrojarla por una ventana— marca un punto de quiebre que condiciona toda su vida.
Lenú, en cambio, sí logra recorrer ese camino: termina la secundaria, se gradúa en Letras, escribe libros y se casa con un profesor. Lila, desde joven, la define como “su amiga estupenda” y deposita en ella la expectativa de alcanzar, a través del estudio, aquello que a ella le fue negado.
Es en este punto donde la novela dialoga con nuestro presente. En una historia de amistad sostenida sobre la idea de que el estudio garantiza progreso, aparece una antítesis con nuestro tiempo. Hay algo paradójico: cuando estudiar era un privilegio, casi nadie dudaba de su valor; hoy que es un derecho más extendido, muchos lo ponen en cuestión. Hoy, muchos jóvenes —de distintos sectores sociales— no ven en la educación una garantía de movilidad social.
Leí hace poco un informe de Fundar que señalaba que muchos jóvenes de barrios populares sienten que, estudien o no, su destino será el mismo. Incluso en sectores más favorecidos aparece una percepción similar: la escuela o la universidad no preparan para el futuro, no ofrecen herramientas concretas, no responden a problemas reales. En cambio, el trabajo, la práctica o el oficio parecen ofrecer aprendizajes más inmediatos y certezas más tangibles.
¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué hoy no se cree, como en la historia de Lila y Lenú, que la educación es el camino para progresar?
No tengo respuestas cerradas. Pero, como uso este espacio para ordenar intuiciones más que para cerrar argumentos, me animo a ensayar dos explicaciones: una sistémica y otra epocal.
En términos sistémicos, el aumento de la matrícula y del acceso a la educación volvió a las aulas más heterogéneas, con realidades cada vez más diversas y complejas. La escuela ya no se ocupa solo de enseñar, sino que también funciona como espacio de contención social y psicológica: a veces, casi como un comedor o un consultorio.
Podría decirse que la escuela de Lila y Lenú también existía en un contexto desigual. Pero la diferencia está en el tipo y la cantidad de demandas: la institución no estaba atravesada por la misma multiplicidad de funciones ni por las mismas expectativas. Hoy esa sobrecarga —muchas veces con recursos insuficientes— genera desborde y erosiona su función principal.
En términos epocales, percibo un descrédito de la autoridad, la disciplina y la exigencia, valores que suelen asociarse al autoritarismo. Las familias ya no delegan completamente en la escuela: cuestionan, intervienen, disputan decisiones. La maestra Oliviero, probablemente, hoy sería vista con incomodidad; sin embargo, encarnaba una convicción fuerte: que los estudiantes podían —y debían— aspirar a más.
La exigencia y la excelencia parten de una idea profundamente igualadora: que todos pueden aprender, que todos son capaces de alcanzar logros significativos. Cuando la escuela flexibiliza en exceso normas y expectativas, y atraviesa una crisis de autoridad, empieza a diluirse el sentido: da lo mismo estar o no, estudiar o no, egresar o abandonar. En el intento por incluir y acompañar, aparece el riesgo de vaciar de valor aquello que se quiere ofrecer. Se delega en los estudiantes una autonomía que muchas veces no fue previamente formada.
Suelo ser nostálgica, pero no creo que haya que volver al modelo de la maestra Oliviero ni al de las escuelas de principios del siglo XX. Ese mundo también era excluyente. La sociedad cambió y es más compleja.
Sin embargo, hay algo de esa escuela de principios del siglo XX que vale la pena recuperar: cierta claridad en su propósito, el respeto por la autoridad, la centralidad del esfuerzo, el valor de la exigencia. No como rigidez, sino como marco. Normas que orientan, que ponen límites, que forman. Normas que, bien entendidas, no excluyen, sino que permiten que todos —no solo algunos— puedan convertirse en personas capaces y, por qué no, en estudiantes estupendos.
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Juana de Urquiza es politóloga por la Universidad Austral. Actualmente trabaja en el Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, se desempeña como profesora universitaria y es Secretaria General de Fundación Politeia.



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