Donald, ¿Qué somos?: La política exterior de Javier Milei y la relación con Estados Unidos
- Uriel Grillo

- hace 5 horas
- 12 min de lectura
por Uriel Alexander Grillo
Tiempo atrás, el presidente Javier Milei asistió al Shield of America Summit en Miami; la cumbre fue organizada por Estados Unidos, presidida por Donald Trump, donde asistieron presidentes de derecha de todo el continente americano. Esto último permite señalar ausencias llamativas: México, Colombia y Brasil. Cosa extraña (si se obvia el campo ideologico y geopolitico) debido a que la misma pretendia tratar como tema principal el llamado “narco-terrorismo”.
Este episodio sirve como punto de partida para desarrollar los ejes de esta nota: la política exterior del gobierno de Javier Milei y la relación especial que se tiene con Estados Unidos. Para abordarlos, propongo una comparación, para el lector informado, evidente con el gobierno de Carlos Saúl Menem, período de las llamadas “relaciones carnales” con la potencia del norte. En ambos casos el alineamiento aparece de forma explícita, aunque con una diferencia clave: el sistema internacional de los años noventa era muy distinto al actual.
Si el análisis parte de la política exterior argentina de aquella década, y si se pretende hacerlo con cierto rigor politológico (del cual no siempre estoy seguro ser poseedor) resulta inevitable revisar la obra de Carlos Escudé y su teoría del Realismo periférico. Ese enfoque no solo interpretó la política exterior argentina de aquellos años, sino que también, años más tarde, se entiende como uno de sus principales marcos teóricos. En particular, interesa recuperar el concepto de bandwagon with y la noción de alineamiento, términos que hoy vuelven a aparecer en discursos oficiales, noticieros y en el debate público, incluido el de las redes sociales.
Pero conviene retroceder un poco. Si queremos discutir si volvimos a tener “relaciones carnales”, si el alineamiento fue incluso más allá y la relación es aún más profunda, o si, en realidad, el vínculo es menos profundo de lo que parece (ya les adelanto que no). Para ello, resulta útil empezar por el Board of Peace. La organización, en su forma actual, surgió a partir del encuentro de World Economic Forum celebrado este año en Davos. A partir de entonces se consolidó como una estructura bajo el auspicio de Estados Unidos y bajo el control directo de Donald Trump como figura individual. Trump es director vitalicio de la organización: puede invitar a líderes de diferentes naciones a discreción y excluirlos y, además, será él quien designe a su sucesor en el cargo.
Es interesante notar cómo la mesa directiva del organismo está formada por líderes y ex líderes del Norte Global (Tony Blair, Jared Kushner y Marc Rubio). En contraste con la gran mayoría de líderes de países miembros, pertenecientes al Sur Global; Argentina, Paraguay, El Salvador, Marruecos, Jordania, Bahrein, Kazajistán, Uzbekistán, Azerbaiyán, Mongolia, Vietnam y Camboya entre otros. Es importante aclarar que esta membresía devenida de la invitación del presidente de EEUU solo es válida por tres años. Si uno quiere ser miembro permanente de esta mesa de líderes mundiales que buscan la paz global, defender valores compartidos y hacer negocios raros en el medio; en forma de estipendio, va a necesitar pagar la suma de mil millones de dólares (¡¡¡$1.000.000.000 USD!!!).
Para un país como el nuestro; con fuga de dólares, dos acuerdos swap y una deuda con el FMI, la tarifa se vuelve impagable. Más aún si se observan los beneficios concretos que ofrecería la membresía permanente… casi ninguno. No implica poder de veto, ni garantiza acceso privilegiado a financiamiento internacional, y tampoco constituye un ámbito multilateral con capacidad real de producir ventajas estratégicas. En la práctica, se asemeja más a un costoso club de networking (sino sabremos de esto los politólogos) que a una institución internacional con poder efectivo.
Lo interesante de esta historia es que medios locales e incluso legisladores de la oposición instalaron en la agenda el conflicto en torno al Puerto de Ushuaia. Este, bajo pretexto de falta de inversión, desvío de fondos, fallas estructurales y de seguridad fue intervenido federalmente a través de una resolución ANPyN (organismo bajo la órbita del Ministerio de Economía) el 20 de enero. El meollo de la cuestión fue una visita de una delegación estadounidense el 27 del mismo mes, lo que abrió a la especulación sobre la intención del gobierno nacional, específicamente del presidente, de entregar el puerto como forma de pago para poder tener un asiento permanente en la mesa que les vengo mencionado.
La cuestión no es menor. La región austral argentina es clave para la proyección hacia la Antártida, especialmente en un contexto en el que se aproxima la revisión del régimen que limita la explotación de sus recursos. Argentina tiene reclamos soberanos sobre el continente blanco: permitir que la potencia regional use (comercial y militarmente) un puerto por el que pasa el 96% del tráfico marítimo hacia la Antártida a cambio de una silla sin valor a corto plazo es una animalada geopolítica, incluso si solo especulamos.
¿Por qué traer esto a colación? Porque mientras tomaba forma esta nota empecé a preguntarme no solo por los costos del alineamiento con Estados Unidos, sino también por sus posibles beneficios. Después de todo, esa es justamente la lógica del Realismo periférico desarrollado por Carlos Escudé: evaluar de manera pragmática el cálculo costo-beneficio de la política exterior de un país periférico. Desde esa perspectiva pretende interpretar el autor la política exterior del gobierno de Menem. El Board of Peace y la controversia en torno al Puerto de Ushuaia podría ser un ejemplo extremo de un cálculo costo beneficio mal hecho, o directamente nunca efectuado. Sin embargo, si se observan otros movimientos de política exterior vinculados a la relación con Washington, aparecen elementos que permiten especular y/o pensar sobre potenciales beneficios, incluso alguno que otro tangible.
Un ejemplo de esto último es el acuerdo de swap anunciado en octubre de 2025. En ese contexto, Donald Trump declaró que Javier Milei tenía “la filosofía correcta”, y decidió respaldarlo electoralmente en un momento de fuerte fragilidad financiera, que según el presidente norteamericano llevaría a una derrota electoral. La economía argentina atravesaba entonces una aguda escasez de divisas y crecían las dificultades para afrontar compromisos con el FMI.
El respaldo político se tradujo en un acuerdo financiero negociado con rapidez entre el ministro de Economía Luis 'Toto' Caputo y el funcionario estadounidense Scott Bessent. En ese marco fue que se produjo la victoria legislativa de La Libertad Avanza en las elecciones del 26 de octubre, que reforzó la capacidad política del oficialismo y aseguró su supervivencia. Una Argentina con Javier Milei de presidente y el Congreso más reformista de la historia, demostró que a entender de la administración Trump es vital para los intereses nacionales de Estados Unidos.
Existen incluso ejemplos más recientes (que me veo obligado a agregar en correcciones antes de la publicación) como el fallo favorable a la Argentina respecto a la expropiación de YPF. El canciller Pablo Quirno y miembros del gobierno sostuvieron que el cambio en la decisión de los tribunales en Nueva York se debió a la buena relación que mantienen Trump y Milei basada en el alineamiento que les vengo mencionando. Otros en la oposición argumentan que este fallo finalmente prueba que la (mediáticamente bastardeada) decisión de Axel Kicillof en 2012 fue correcta y que el fallo anterior era una aberración jurídica. Nunca sabremos realmente que torció la balanza de nuestro lado esta vez, estaríamos entrando en contrafácticos y conspiraciones, lo que sabemos es que este es otro caso de fortuna financiera resuelto a nuestro favor por el Tio Sam.
Un ejemplo de potencialidad está en el momento en que se desarrolla este acercamiento tan intenso; mientras nosotros nos acercamos, Brasilia parece alejarse progresivamente de Washington. La mala relación entre Lula y Trump, sumada a la cercanía ideológica entre Milei y el presidente norteamericano, puede dar lugar a poner llantas en la rueda a la relación que definió el juego de poder sudamericano desde los 40s tardíos hasta hoy. Brasil es el principal socio comercial de Argentina en Sudamérica, pero también su principal rival (no enemigos, acuerdense de Luis Saenz Peña). La posición dominante de Brasil entre sus vecinos se debe, en parte, a su relación especial con el hegemón continental que data desde la americanización de la política exterior brasileña en el S. XIX. La posibilidad a mediano/largo plazo de que Argentina ocupe ese lugar sería un logro geopolitico y diplomático paradigmático que re-estructuraría la arquitectura de poder subregional a nuestro beneficio.
La contracara de este acercamiento aparece en otros frentes de la política exterior. Uno de ellos es el alineamiento automático en votaciones de la ONU, donde la Argentina ha acompañado posiciones de Estados Unidos e Israel incluso en resoluciones que contaban con amplio apoyo internacional y no se condicen con posiciones históricas previas.
A esto se suma que, aunque el gobierno de Javier Milei mantiene formalmente el reclamo histórico de soberanía sobre Malvinas en foros internacionales, se volvió a tener un enfoque más pragmático y flexible en la relación con Reino Unido respecto de la cuestión. Volvimos a ponernos debajo del “paraguas de soberanía”. Esto lo mantengo más allá de los rumores (que surgen mientras hago más correcciones hasta que se publique el artículo) de un apoyo estadounidense a la devolución de nuestras islas. Entiendo la declaración de Marc Zell como una carta para presionar a Londres a cooperar en medio oriente antes que un quiebre, de nuevo, paradigmático de la alianza atlántica anglosajona.
Otro aspecto clave es la cooperación, esta vez en materia de seguridad se enmarca en la narrativa de la lucha contra el llamado “narco-terrorismo” que ya les mecione. Un concepto que ha comenzado a ganar centralidad en la agenda regional y que sirve como justificación política para distintas intervenciones o alineamientos estratégicos.
Si se observa el panorama de manera rápida y medio de costado resulta tentador concluir, como muchos vienen sugiriendo desde 2023, que Argentina volvió a los años noventa: metan la pizza al horno, preparen el hielo para el champagne y aprovechen el dólar barato. Es más, el escenario podría parecer inclusive más oportuno debido a el, aparente, resquebrajamiento de la alianza subregional que marcó la jerarquía de poder y desarrollo del Cono Sur.
No obstante en vez de champagne hay sidra. Este alineamiento no se da en el mismo contexto internacional y tampoco se da sin resistencias o matices. La decisión en los noventa era sencilla; caído el muro de Berlín comenzó la pax americana y el sistema internacional se volvió unipolar. El mundo dominado por Estados Unidos no daba lugar a una acción de pivot o equidistancia, menos estando en el patio trasero del Tio Sam con un Estado Nacional quebrado. Había consenso de que la buena voluntad de la potencia regional era necesaria para sacar adelante la situación. La continuación de esta política exterior (matizada) de un gobierno de oposición como De la Rúa que incluía el apoyo y precedente (como el desmantelamiento del Cóndor II) del ex-presidente Alfonsin es un ejemplo de este consenso.
Hoy día vivimos en un mundo multipolar (pero no uno de zonas de influencias, no digamos pavadas) en donde el orden internacional se encuentra en un momento de transición, ya no estamos en la pax americana y Estados Unidos no es el centro gravitatorio indiscutido del sistema internacional. En Asia la República Popular China pisa fuerte como alternativa, Carlos Escudé allá por 2012 ya lo estaba planteando en una revisión de su teoría en vistas del nuevo contexto de relaciones sino-argentinas iniciadas en 2004. También volvieron al tema en 2021 Ignacion Villagran y Nicolas Damín (Respectivamente politólogo y sociólogo UBA, fundadores del Centro de estudios Argentina-China). A diferencia de las estructuras económicas competitivas y la tensa relación diplomática que tuvo Argentina con el país del norte, el gigante asiático presenta una economía altamente complementaria y una relación basada en el pragmatismo comercial. Incluso, a pesar de los embates discursivos del presidente hacia China y el partido comunista, las relaciones diplomáticas se siguen desarrollando a nivel legislativo. En 2024 se logró renegociar el acuerdo swap para evitar una obligación de pagos que habría destrozado el plan de superávit fiscal del gobierno libertario.
Por otro lado, internamente, no hay un consenso claro respecto al alineamiento indiscutido con Estados Unidos, el peronismo siempre es reacio (irónico, ¿no?) al vínculo cercano con el hegemón regional, más aún en su variante kirchnerista. Además las Fuerzas Armadas han puesto resistencia en algunas cuestiones de la agenda de seguridad; primeramente el Jefe de la Armada Carlos Allievi fue destituido después de negarse (bajo un pretexto lógico desde lo militar) a unir una fragata argentina a la Operación Lanza del Sur, dirigida por el Secretario de Guerra de EEUU. En hechos más recientes, ante el rumor (y solo es un rumor) de la intención del ejecutivo de enviar tropas a Irán (esto si muy noventero) aumentó el malestar en la burocracia militar que está en contra de este tipo de decisiones basadas únicamente en la ideología y el alineamiento con Estados Unidos.
Pero todo esto lo pueden saber si leen el diario y miran el noticiero, prometí un análisis propio y pretendo cumplir, no soy practicante del TACO (Trump always chickens out). Lo que venimos viendo de la política exterior de este gobierno es que, siendo un poquito generosos, podemos decir que existen aciertos. No es necesariamente malo un alineamiento con Estados Unidos, China (para Argentina la única opción alternativa viable) demostró no una sino dos veces que no se va a sobre extender para defender a “aliados” como Irán o Venezuela. Estados Unidos sigue siendo la potencia regional nos guste o no, y eso no va a cambiar en un buen tiempo si no sucede nada catastrófico.
Sin embargo, este alineamiento debe matizarse con al menos dos cuestiones. La primera remite al costo del bandwagon with con una potencia regional que, además, atraviesa un momento de retroceso en su hegemonía global. Aquí resulta útil retomar las preguntas que formulaba Carlos Escudé desde el Realismo periférico. La primera pregunta es si existe competencia con otra potencia en la región. En ese sentido, la presencia creciente de China introduce una variable que no estaba presente en los años noventa. A diferencia de lo que ocurre en Asia, donde las declaraciones de los ejecutivos condicionan el vínculo con la RPCh, Beijing parece prestar menos atención a las posiciones públicas de los gobiernos latinoamericanos y concentrarse más en la continuidad de los vínculos económicos (va a ser importante prestar atención a la visita del presidente Javier Milei a China en el futuro, ahora sí, próximo). La segunda pregunta es si el alineamiento puede evitarse sin costos significativos. Esta cuestión es más difícil de responder. pero viendo el salvataje de octubre de 2025 uno podría llegar a pensar que no mientras sigan los problemas fiscales. La tercera pregunta es si el alineamiento genera beneficios que superen sus costos. Y aquí aparece el núcleo del problema. Es posible identificar ventajas potenciales en la relación con Estados Unidos: acceso a financiamiento internacional, mayor cercanía con capitales occidentales e incluso una hipotética apertura del mercado estadounidense. Pero los costos también son visibles: un puerto con proyección antártica, el envío de tropas a un conflicto en medio oriente con lo que eso conlleva para nuestra historia reciente, la flexibilización del reclamo legítimo de soberanía sobre las Islas Malvinas y la oxidación de las relaciones ejecutivo-ejecutivo con la RPCh.
Escudé y su teoría ofrece herramientas para ser críticos de esta política exterior, sobre todo porque ya no son los noventas. Milei no es Menem, y aunque estamos ante un momento lleno de oportunidades, la fortuna necesita de la virtud, en vez de relaciones carnales estaríamos teniendo un sadomasoquismo entreguista. Esto lleva a la segunda cuestión: las posibilidades de volver este alineamiento (de forma templada) una política de estado, de no ser esto sería un sinsentido total este viraje. Demostrar que esto no es sólo fortuna requiere de la virtud para perpetuar de manera sostenida y, especialmente, sostenible una relación positiva y beneficiosa con Estados Unidos. No solo en el plano interno, sino también lograr una relación entre Estados que continúe después de Trump, que ya no puede ser electo presidente nuevamente o siquiera ocupar algún cargo. Para estar en el lugar ocupado por Brasil es necesario tiempo, la americanización de la política exterior brasileña es un fenómeno de los primeros años de la nación vecina. La paciencia y la estabilidad son las mejores herramientas de política exterior y Argentina hace mucho demuestra no saber usarlas.
Para poder responder a la pregunta ¿qué somos con Estados Unidos? sin tener que utilizar términos como vasallaje, sumisión o sadomasoquismo (lenguaje de época no me culpen a mi) Argentina tiene que tener una política exterior que pueda calcular fríamente los costos y beneficios de este Bandwagon with. La oportunidad existe, algún beneficio llegó, pero por ahora el país parece estar pagando mucho para lo que estamos recibiendo. De seguir así estaríamos construyendo una relación tóxica (sali de ahi amiga).
Carlos Escudé sostenía que con los valores y la ideología no se come: el desarrollo de un país se logra sabiendo aprovechar las oportunidades. En ese punto aparece una diferencia entre quien les escribe y el planteo del autor; la elección del alineamiento es una oportunidad para la obtener más autónoma, no un medio para obtenerla. Una agenda definida y sostenida, donde el alineamiento o la cercanía se den sobre sobre ejes temáticos es, a mi consideración, una buena forma de matizar la política exterior del gobierno hasta hoy. Han sabido tener aciertos que se fundamentan en “cosas atadas con alambre” y un esfuerzo humano real con nombres y apellidos que no salen en la tapa de La Nación, Clarín o Página 12 (esta es mi humilde forma de hacerles homenaje).
Esta situación, a mi parecer, no es sostenible, no son logros basados en la virtud y la Argentina necesita mucha virtud para salir adelante. Virtud para construir relaciones sanas con el mundo, basadas en cálculos costo-beneficio centrados en maximizar las oportunidades que ofrece el orden mundial en transición. De forma que se pueda lograr un desarrollo sostenido y salir del estancamiento económico actual.
____________________________________________________________________________________________
Uriel Alexandro Grillo es estudiante de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires (UBA), con profundo interés en las relaciones internacionales. Es parte del centro de estudios Argentina-China en el Instituto de Investigación Gino Germani, y del centro de investigaciones SNF Agora Institute de la John Hopkins University.



Comentarios