La guerra civil en Siria: la chispa que prendió el reordenamiento mundial
- Ramiro Iván Mendoza Blasi

- hace 2 días
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Por Ramiro Iván Mendoza Blasi
Empecemos con un simple ejercicio: imaginemos un grupo de jóvenes amigos, en un día tranquilo en la calle, pintando grafitis en la calle, quizás intentando demostrar un poco de hombría o quizás demostrar rebeldía a la autoridad, acto seguido son detenidos en el acto por las fuerzas de seguridad y retenidos. Esta situación tranquilamente podría ocurrir en cualquier parte del mundo, sin embargo, este pequeño hecho desencadenó uno de los acontecimientos más significativos del presente Siglo XXI. El 06 de Marzo del 2011, un grupo de aproximadamente 15 jóvenes fueron detenidos por las fuerzas de seguridad del régimen de Bashar Al Asad en Siria, ¿su crimen? pintar un grafiti en la vía pública clamando por la caída del régimen Baazista, ¿su castigo? la tortura y posterior asesinato en la clandestinidad. Este suceso ocurrido en la ciudad de Daraa provocó una ola de manifestaciones las cuales fueron contestadas con una brutal violencia, lo cual devino en más violencia y en el inicio de la Guerra Civil Siria, la cual tendría una duración de casi 15 años.
Ahora, ¿qué tiene de relevante este conflicto? No es la primera vez que una nación del mundo árabe se ve arrastrada a un conflicto civil, miremos sino el Líbano, Yemen, pero si fue aquel que logró reflejar de mejor manera el cierre de la unipolaridad estadounidense y el inicio de una nueva era multipolar, a la par que se dio un reajuste en el equilibrio de poderes en la región de Oriente Próximo, equilibrio que durante décadas ha ido cambiando y ajustándose, en mayor y menor medida.
Para pensar esta nueva época de multipolaridad trasladémonos un poco atrás en el tiempo, a principios del Siglo XXI, hace ya una década que occidente ganó la guerra fría contra el bloque comunista del Este y Estados Unidos (EE.UU.) se ha logrado consolidar como la gran potencia económica y militar a nivel mundial, el gran hegemon del mundo. Este rol se ve comprometido o vulnerado en cierta medida luego de los ataques del 11 de Septiembre (09/11) a las Torres Gemelas, el World Trade Center, dejando miles de víctimas fatales y heridos. En respuesta a este ataque perpetrado por el grupo yihadista Al Qaeda, al mando de Osama Bin Laden, Estados Unidos se embarca en lo que se conocerá como la guerra contra el terrorismo y de manera unilateral tomara la decisión de intervenir en Oriente Próximo con el apoyo de sus aliados (europeos principalmente).
Tengamos presente que durante esos años encontramos una región bastante distinta a la que conocemos actualmente. Irán, el gran enemigo de EE.UU. en la región se encontraba cercado al Este por los Talibanes afganos y al Oeste por el régimen de Sadam Husein en Irak, en Siria encontramos Bashar Al Asad en el poder luego de reemplazar a su padre, Israel y el pueblo palestino se encontraban enfrentados en lo que sería la segunda intifada (2000-2005) mientras que en Turquía llegaba al poder el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) partido que encuentra como principal referente a Recep Tayyip Erdoğan, por su parte la península arábiga mantiene sólidas relaciones con occidente, sobre todo Estados Unidos. Este “escenario” sin embargo se verá modificado radicalmente luego de la invasión primero a Afganistán (2001) y, posteriormente, a Irak (2003).
La caída de los talibanes y de Sadam Husein marcó una nueva etapa en la región, en la cual los EE.UU. intentaron establecer democracias liberales en ambos países intervenidos, proyectos políticos que en mayor o menor medida resultaron en fracasos debido a la resistencia de los locales frente a la intervención extranjera. A la resistencia de las milicias locales se le sumó la, ya sabida, presencia de grupos terroristas en la región que se nutrieron tanto del descontento local como (y sobre todo en Irak) de la experiencia de militares desplazados del poder.
Sin embargo, este hecho, por sí solo, no explica el contexto actual de la región, el acontecimiento clave que da pie al inicio a un nuevo tipo de equilibrio de poderes es lo que comúnmente se conoce como la “Primavera Árabe”. Esta es un conjunto de manifestaciones y revueltas políticas que se dieron a lo largo del mundo al árabe (desde Mauritania hasta Irak e Irán) en las cuales se reclamaba contra el autoritarismo de los regímenes, la corrupción, la falta de libertades políticas, la desigualdad social, el desempleo, la pobreza, así como el abuso de las fuerzas de seguridad y el exceso de represión estatal. A grandes rasgos se pedía cambios en los regímenes que gobernaban cada país. Estas manifestaciones tuvieron su epicentro y punto de origen en Túnez, luego de que un vendedor ambulante (Mohamed Bouazizi) se prendiera fuego frente a un edificio estatal tras haber sufrido el abuso y acoso de las mismas autoridades. Esta fue la chispa que encendió la llama, en cuestión de días las manifestaciones se extendieron a lo largo de todo el país, para luego extenderse en naciones vecinas como Egipto, Libia, Yemen, Bahréin y Siria, forzando en algunos casos cambios al interior de los regímenes o la caída de otros.
Tras las detenciones, expuestas a principios del artículo, y la posterior represión de manifestantes que pedían la liberación de los jóvenes, así como también un cambio en el régimen del partido Baaz, la frágil y débil estabilidad que había en el país terminó por implosionar. Frente al gobierno de Al Asad se constituyó el Ejército Libre Sirio (ELS), fuerzas heterogéneas que amalgamaban al grueso de la oposición y eran apoyados y financiados por occidente (principalmente EE.UU.). Los esfuerzos de estas fuerzas se concentraban al dictador y establecer un nuevo gobierno democrático que fuera capaz de dar respuestas a los reclamos del pueblo sirio (derechos políticos, fin de la corrupción, mejoras en la calidad de vida, entre otros). Frente al avance acelerado de la oposición Al Asad recurrió a 2 herramientas, por un lado se apoyó en sus fuerzas armadas y de seguridad, las cuales reprimieron y combatieron ferozmente a la oposición y al ELS, a la par que solicitó la ayuda de sus aliados Irán y Rusia, los cuales salieron al rescate proveyendo capital para el sostenimiento de un conflicto posiblemente prolongado, así como también material armamentístico, así como también apoyo logístico, por el otro lado Bashar Al Asad intentó acercar lo más posible a las minorías presentes en el país, principalmente a los Alawitas (quienes representaban el 12% de la población) pero también a los Kurdos (10% de la población) y a los cristianos (5%), esto es relevante ya que el país posee una enorme variedad étnico donde la mayor parte de la población es árabe sunita pero que desde los años setenta (1970) se encontraban bajo dominio Alauita (quienes son chiitas).
Iniciado el conflicto todo parecía indicar que el gobierno de la República Árabe de Siria tenia los días contados, al norte y al sur la población civil se sublevaba, las ciudades caían y Al Asad se encontraba cada vez más cercado, sin embargo, resistiría lo suficiente como para revertir la situación y contraatacar ¿cómo fue esto posible? ¿Cómo es que el ELS contando tanto con apoyo local como internacional, así como con el control de gran parte del territorio sirio, no logró vencer rápidamente? Dos cuestiones son claves para entender esto.
En primer lugar, el apoyo brindado por los EE.UU. dejó mucho que desear. Probablemente lo que los sirios esperaban es que EE.UU. y la OTAN lanzaran adelante una campaña militar como la que se vio en Libia, donde para poder derrocar Muamar el Gadafi no solo se financió y apoyó a los grupos rebeldes, sino que también se bombardeó el país y cerró su espacio aéreo. Esto fue posible ya que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, mediante la resolución 1973/2011, dio luz verde a dicha intervención militar. Lo que después ocurrió fue el colapso de Libia como nación y el inicio de la guerra civil libia, con este suceso como antecedente la administración del presidente Obama se mantuvo muy incierta sobre si intervenir de manera militarmente en Siria o no, a lo cual se sumó que la falta de apoyo de otros actores internacionales debido que el fiasco y desastre ocurrido en Libia, actores como Rusia y China (quienes, en un primer momento, no se opusieron al accionar de la OTAN en Libia).
A esta incapacidad de definir cómo actuar en Siria se sumó el apoyo que Rusia e Irán prestaron a Al Asad. En el caso de Irán el apoyo se vio fundamentado en sostener las proyecciones de poder que Teherán sostenía sobre la región representada en la de la “media luna chiita” conformada el gobierno de sirio y sus proxys (Hezbollah en el Líbano, organizaciones chiitas en Irak). La unión de estos territorios creaba una ruta terrestre directa a través de la cual Teherán podría abastecer a sus aliados del material necesario para sostener sus operaciones y así incrementar su poder en la región. Por su parte, los vínculos entre Damasco y Moscú datan de largo tiempo por lo que no fue de sorprender que el Kremlin apoyara a su aliado en la región pero no por mera caridad, a cambio Moscú logró establecer en el país una base aérea en la ciudad de Latakia y un muelle en la ciudad de Tartus, con ambas instalaciones Rusia lograba no solo hacerse presente en Oriente Próximo, sino también proyectarse sobre el área oriental del mar Mediterráneo a la par que media el accionar (o la inacción) de Washington en la región.
Es así que frente al pobre apoyo brindado por actores externos y el avance y contraataque del gobierno central y sus aliados, la oposición siria se fragmentó y vio atomizada, dando lugar a la creación de distintos grupos rebeldes entre los que destacaban las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) conformadas principalmente por los Kurdos y sus fuerzas. Este grupo contó con el apoyo de los EE.UU. así como también con el apoyo de varias naciones europeas, y el Ejército Nacional Sirio (ENS) quienes se hicieron presente al Noroeste del país y se encontraban conformados por una gran variedad de actores políticos pero que, a diferencia de las FDS, que presentaban componentes más liberales y moderados, el ENS se fue rodeando de árabes sunitas cada vez más radicalizados como es el caso del Hayat Tahir al-Sham (HTS) organización extremista nacida del seno de al Qaeda. Este sector más radicalizado dentro de la oposición siria fue apoyado y financiado principalmente por Türkiye, actor que en un principio intentó actuar como moderador en el conflicto, pero finalmente se volcó a apoyar a la oposición, así como también por Arabia Saudita y Qatar, quienes brindaron apoyo militar.
A todos estos actores debemos sumar el último y más controversial de todos, el Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS por sus siglas en inglés). El ISIS surge como un desprendimiento de al Qaeda y gana relevancia luego de que en el 2014 anuncia la creación de su propio califato, el cual abarcaba territorio sirio e iraquí, a la par que exigía lealtad de todos los musulmanes y anunciaba la intención de extender sus fronteras para abarcar todo el mundo musulmán. El ISIS fue muy fuertemente combatido por las FDS, quienes llegaron a convertirse en una de sus mayores pesadillas. Resulta llamativo esto ya que más allá de que el ENS y el gobierno central también combatieran contra el ISIS también se logró comprobar que estos pactaron treguas momentáneas y breves altos al fuego.
Estos altos al fuego, treguas y pactos son clave para entender el conflicto. La magnitud de la guerra se volvió enorme, la cantidad de actores presentes inmensa y por momentos era difícil definir quien luchaba contra quien y esto es debido a que cada bando (el gobierno central, ENS, FDS, ISIS) perseguía sus propios intereses que por momentos podían solaparse con los de otros y entrar en abierta contradicción. Así que durante casi 15 años Siria fue destruida y repartida entre diversos actores, tanto regionales como extrarregionales, dejando en evidencia la incapacidad estadounidense para resolver un conflicto que, en parte incentivo, así como también su declive en una región que no había perdido su valor estratégico.
Si bien tanto Irak como Libia supusieron un fracaso de la política y diplomacia estadounidense, en Siria quedó demostró que el poderío estadounidense ha dejado de ser incuestionable mientras otros actores y potencias comenzaron a proyectar poder y desafiar las políticas y estrategias de EE.UU., a la par que evidenció el peso que los actores regionales tienen, sean proxys o potencias regionales. El final del conflicto supuso un reordenamiento del mapa, Al Asad cayó y se vio forzado a exiliarse en Rusia, Irán vio destruida su zona de influencia a la par que sus proxys eran atacados brutalmente por Israel. El gran, e inesperado, beneficiado de este conflicto fue Türkiye, quien vio cómo su aliado, el ENS liderados por el HTS, se hacía con el poder en Siria, elevando el peso de que los turcos tenían en la región, mientras que Israel veía en esto una amenaza a seguridad nacional razón por la cual se adentrará en territorio sirio para crear una zona de amortiguamiento.
Si durante los años ‘70 Oriente Próximo ayudó a consolidar la posición de hegemon estadounidense mediante el petrodólar, hoy esta contribuye a destruir dicha posición. La región sigue siendo altamente inestable, en la cual los aliados de hoy pueden convertirse en los enemigos de mañana, donde los intereses que unen pueden generar discordia en el futuro, tal como ocurrió en Siria, y donde un simple hecho puede desencadenar una guerra que arrastre a las grandes potencias del mundo y a potencias regionales.
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Ramiro Iván Mendoza Blasi es licenciado en Ciencia Política.



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