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José de San Martín y la construcción de una coalición revolucionaria (1812-1813)

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    Mariano Roque Narvaja
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Ejército, sociabilidad política y reorganización del poder en los orígenes de la Asamblea del Año XIII


 Mariano Roque Narvaja

Licenciado en Historia 

Universidad Pedagógica Nacional

Palabras clave: José de San Martín; Revolución de Mayo; Logia Lautaro; Redes Políticas; Sociedad Patriótica; Asamblea del Año XIII. 



Resumen

Este artículo analiza la actuación de José de San Martín en el Río de la Plata entre 1812 y 1813, atendiendo especialmente a su participación en la reorganización política y militar de la Revolución. Frente a las interpretaciones que han privilegiado su trayectoria como conductor militar, se propone una perspectiva relacional orientada a reconstruir las conexiones entre oficiales, dirigentes políticos, publicistas y funcionarios que contribuyeron a modificar el equilibrio de poder revolucionario. Se sostiene que la llegada de San Martín a Buenos Aires favoreció la articulación entre redes militares vinculadas con oficiales americanos formados en Europa y redes políticas previamente existentes en la ciudad. La creación del Regimiento de Granaderos a Caballo, la conformación de la Logia Lautaro y la actuación pública de la Sociedad Patriótica son analizadas como espacios diferenciados de construcción de capacidades militares, coordinación política y legitimidad pública. La revolución del 8 de octubre de 1812 constituye, desde esta perspectiva, el momento en que estos recursos convergieron y permitieron desplazar al Primer Triunvirato, mientras que la convocatoria y posterior instalación de la Asamblea del Año XIII expresaron la proyección institucional de esa nueva correlación de fuerzas. A partir del análisis de correspondencia, documentación oficial, escritos políticos y bibliografía especializada, el trabajo propone comprender a San Martín no como un actor aislado ni como único responsable de la transformación revolucionaria, sino como uno de sus principales articuladores.


Introducción


La historiografía argentina ha consagrado a José de San Martín como uno de los principales conductores militares de la emancipación sudamericana. Desde las primeras biografías decimonónicas hasta las investigaciones más recientes, su figura ha sido asociada principalmente con la organización del Ejército de los Andes, el cruce de la cordillera y las campañas libertadoras de Chile y Perú (Mitre, 1887; Lynch, 2009; Bragoni, 2019). Sin embargo, esta centralidad otorgada a la dimensión militar ha tendido a relegar un aspecto igualmente significativo de su actuación pública: la construcción política de las condiciones que hicieron posible su proyecto emancipador.

Cuando San Martín desembarcó en Buenos Aires el 9 de marzo de 1812, la Revolución atravesaba uno de sus momentos más complejos. El Primer Triunvirato enfrentaba tensiones derivadas de las dificultades militares, económicas e institucionales y de las disputas acerca del rumbo de la Revolución. El problema no consistía únicamente en sostener la guerra contra las fuerzas realistas, sino también en determinar quién debía conducirla, con qué recursos y bajo qué proyecto político. La caída del Primer Triunvirato, la formación del Segundo Triunvirato y la convocatoria de la Asamblea General Constituyente constituyeron, por lo tanto, momentos de una disputa más amplia por la reorganización del poder revolucionario.


La historiografía ha estudiado estos procesos desde perspectivas diversas. La interpretación liberal de Bartolomé Mitre presentó a San Martín fundamentalmente como conductor militar y vinculó la Logia Lautaro con la organización política de la Revolución (Mitre, 1887). La historiografía revisionista, por su parte, recuperó el carácter político y americano del proyecto sanmartiniano y otorgó mayor importancia a sus conflictos con determinados sectores de la dirigencia porteña (Rosa, 1964; Galasso, 2009). Posteriormente, la renovación de la historia política desplazó la atención hacia los lenguajes políticos, las prácticas de representación, las instituciones y los mecanismos de construcción de legitimidad (Halperín Donghi, 1972; Goldman, 2008; Ternavasio, 2007, 2009). En esta línea, los trabajos de Beatriz Bragoni permitieron profundizar la dimensión política de la trayectoria de San Martín, mostrando su inserción en relaciones de negociación con gobiernos, cabildos, comerciantes, diputados y oficiales del ejército (Bragoni, 2019).


Estos aportes permiten superar la imagen de San Martín como un actor aislado y exclusivamente militar. Sin embargo, distintos componentes del proceso continúan siendo estudiados de manera relativamente separada: la creación del Regimiento de Granaderos a Caballo, la actuación de la Sociedad Patriótica, la conformación de la Logia Lautaro, la revolución del 8 de octubre de 1812 y la posterior Asamblea del Año XIII. El problema que plantea este artículo surge precisamente de esa fragmentación. Más que considerar estos acontecimientos como episodios independientes, resulta necesario preguntarse por las relaciones que los conectaron y por los recursos políticos, militares e institucionales que hicieron posible su articulación.


Desde esta perspectiva, el artículo propone analizar la reorganización del poder revolucionario entre 1812 y 1813 a partir de una perspectiva relacional. El objetivo no es reconstruir una nueva biografía de San Martín ni determinar el grado exacto de control ejercido por la Logia Lautaro sobre los acontecimientos políticos, sino reconstruir las conexiones entre militares, dirigentes políticos, publicistas y funcionarios, atendiendo a los vínculos de confianza, sociabilidad, cooperación y circulación de recursos que favorecieron la coordinación de estrategias.


La hipótesis sostiene que la llegada de San Martín a Buenos Aires en marzo de 1812 contribuyó a conectar distintos entramados políticos y militares que hasta entonces habían desarrollado sus actividades en espacios relativamente diferenciados. Por un lado, se encontraban oficiales americanos como Carlos María de Alvear y José Matías Zapiola, quienes habían desarrollado experiencias profesionales y establecido vínculos durante su permanencia en España; por otro, las redes políticas existentes en Buenos Aires, vinculadas con el antiguo morenismo, la Sociedad Patriótica y distintos espacios de decisión gubernamental. La interacción entre estos actores favoreció la formación de una coalición revolucionaria capaz de articular recursos militares, políticos y simbólicos. Esta articulación contribuyó a modificar el equilibrio de poder en 1812 y a generar las condiciones para la caída del Primer Triunvirato, la formación del Segundo Triunvirato y la posterior convocatoria de la Asamblea del Año XIII.


El concepto de coalición revolucionaria no supone aquí la existencia de una organización formal, una jerarquía única ni una completa uniformidad ideológica entre sus integrantes. Se refiere a una articulación entre actores procedentes de distintos espacios que, sin abandonar sus intereses particulares, coordinaron recursos y estrategias alrededor de objetivos políticos convergentes. En este entramado, la Logia Lautaro constituye uno de los espacios de coordinación; el Regimiento de Granaderos a Caballo, una fuente de capacidad militar y disciplina; mientras que la Sociedad Patriótica y la prensa contribuyeron a construir legitimidad y movilizar la opinión pública. La revolución del 8 de octubre de 1812 puede ser interpretada, desde esta perspectiva, como el momento en que estos recursos adquirieron capacidad para modificar el equilibrio institucional, mientras que la Asamblea del Año XIII constituyó una de sus primeras expresiones institucionales.


La investigación se sustenta en el análisis de fuentes primarias y secundarias. Entre las primeras ocupan un lugar central la correspondencia de San Martín reunida en los Documentos para la Historia del Libertador General San Martín, la documentación relativa al Regimiento de Granaderos a Caballo, los escritos de Bernardo de Monteagudo y las actas de la Asamblea General Constituyente. Estas fuentes son contrastadas con la historiografía sobre la Revolución rioplatense y sobre la trayectoria política y militar de San Martín. El análisis combina herramientas de la historia política renovada, los estudios sobre sociabilidad y las aproximaciones relacionales a las redes de poder, procurando distinguir entre hechos documentados, interpretaciones historiográficas e inferencias analíticas.



Desarrollo


La llegada de José de San Martín a Buenos Aires se produjo, por lo tanto, en un escenario de crisis que no era exclusivamente militar. El problema central que enfrentaba la Revolución era la dificultad del Primer Triunvirato para transformar la ruptura con el orden colonial en una autoridad política capaz de conducir la guerra y definir un nuevo marco institucional. Las derrotas militares, las tensiones entre las distintas facciones revolucionarias y la postergación de una instancia representativa más amplia habían generado un espacio creciente de disputa por la conducción del proceso revolucionario.


En ese contexto, durante 1812 comenzaron a converger actores que, aunque procedían de ámbitos diferentes, compartían el diagnóstico de que era necesario modificar el rumbo político del gobierno. La Sociedad Patriótica ofrecía un espacio público para formular esa crítica; los oficiales americanos recientemente llegados de Europa aportaban experiencia militar y vínculos políticos construidos durante su trayectoria en España; y distintos dirigentes porteños conservaban redes de sociabilidad y experiencia adquiridas durante los primeros años de la Revolución. La cuestión que se planteaba no era solamente quién debía reemplazar al Primer Triunvirato, sino qué recursos podían reunirse para hacerlo.


Es en este punto donde la llegada de San Martín adquiere una importancia que excede su incorporación al ejército revolucionario. Su inserción en el escenario porteño permitió poner en contacto una experiencia militar desarrollada en Europa con redes políticas que ya actuaban en Buenos Aires. Sin embargo, esa convergencia no produjo inmediatamente una coalición organizada. El primer espacio institucional en el que esa convergencia comenzó a adquirir una capacidad de acción propia fue el Regimiento de Granaderos a Caballo.


San Martín y la construcción de un instrumento político-militar


La creación del Regimiento de Granaderos a Caballo constituye uno de los episodios más conocidos de la trayectoria de José de San Martín. Tradicionalmente, la historiografía ha interpretado esta decisión como una respuesta a las necesidades militares del gobierno revolucionario, interesado en reorganizar unas fuerzas armadas debilitadas tras las derrotas sufridas en el Alto Perú. Desde esta perspectiva, el decreto del 16 de marzo de 1812 mediante el cual el Primer Triunvirato autorizó la formación del nuevo cuerpo aparece como el punto de partida de un proceso de profesionalización militar que alcanzaría su máxima expresión años más tarde con la organización del Ejército de los Andes (Mitre, 1887; Lynch, 2009).


Sin embargo, una lectura centrada exclusivamente en la dimensión militar resulta insuficiente para comprender el lugar que el Regimiento ocupó dentro del proceso político iniciado en 1812. La rapidez con la que San Martín organizó la nueva unidad, la selección de sus oficiales, las relaciones personales que comenzaron a establecerse en su interior y la posterior participación del cuerpo en los acontecimientos de octubre permiten sostener que el Regimiento constituyó también un espacio de construcción de confianza, disciplina y lealtades.

Resulta significativo que el Primer Triunvirato confiara a un oficial recientemente llegado de Europa la organización de un cuerpo completamente nuevo. San Martín había desembarcado en Buenos Aires el 9 de marzo de 1812 y apenas una semana después recibía esta responsabilidad. La rapidez del nombramiento evidencia el prestigio profesional que acompañaba al militar formado en el ejército español y la necesidad del gobierno de incorporar cuadros experimentados capaces de reorganizar unas fuerzas armadas debilitadas por las campañas anteriores (Bragoni, 2019).


La importancia del Regimiento, sin embargo, no residió únicamente en la introducción de nuevas técnicas militares. San Martín procuró trasladar a Buenos Aires una concepción del ejército basada en la disciplina, el mérito y la subordinación al mando (Lynch, 2009). El Reglamento para el Regimiento de Granaderos a Caballo, con su enumeración de los comportamientos incompatibles con el honor militar, refleja esta intención de construir una nueva cultura profesional. Entre sus disposiciones establecía, por ejemplo: “Todo oficial que por cobardía vuelva la cara al enemigo será irremisiblemente separado del cuerpo” y sancionaba la divulgación de “las disposiciones internas de los oficiales en sus juntas secretas”.


Más allá de su función normativa, el reglamento constituye un documento significativo para comprender el tipo de autoridad que San Martín buscaba construir. La regulación de conductas como la cobardía, el abuso de autoridad, la embriaguez o el uso indebido de recursos no apuntaba solamente a mejorar el desempeño militar, sino también a establecer una ética profesional fundada en la disciplina y el honor. La autoridad del nuevo cuerpo debía descansar, de este modo, tanto en la capacidad militar como en la conducta de sus integrantes.


Desde esta perspectiva, el Regimiento comenzó a funcionar también como un ámbito de sociabilidad en el que se consolidaron relaciones personales que posteriormente adquirirían relevancia política. Oficiales como Carlos María de Alvear y José Matías Zapiola, junto con otros militares vinculados posteriormente a la Logia Lautaro, compartían un espacio profesional en el que se entrecruzaban experiencias militares, vínculos personales y proyectos políticos. Como observa Beatriz Bragoni (2019), las trayectorias de estos actores muestran una permanente superposición entre funciones militares, responsabilidades políticas y relaciones personales.


Esta circunstancia permite matizar la interpretación según la cual la Logia Lautaro habría constituido el punto de origen de las relaciones políticas del grupo sanmartiniano. Sin desconocer su importancia como organización reservada, resulta posible considerar que algunas relaciones de confianza se habían desarrollado previamente en otros espacios, entre ellos el propio ámbito militar. En este sentido, la Logia puede ser entendida no necesariamente como el origen de esas relaciones, sino como uno de los espacios en los que posteriormente adquirieron una forma de coordinación política más estable.


Desde una perspectiva relacional, el Regimiento puede ser interpretado como uno de los primeros espacios institucionales estables en los que comenzaron a concentrarse recursos relevantes para la coalición revolucionaria: autoridad profesional, vínculos de confianza y capacidad coercitiva. La posterior participación de los Granaderos en la revolución del 8 de octubre de 1812 muestra que esos recursos podían ser movilizados no sólo en el campo militar, sino también en la disputa por la conducción política de la Revolución.


La creación del Regimiento de Granaderos a Caballo no debe interpretarse, por lo tanto, únicamente como una innovación militar. La profesionalización del cuerpo permitió construir una fuerza cuya obediencia descansaba en normas, jerarquías y vínculos de confianza, y proporcionó a San Martín una base institucional desde la cual pudo relacionarse con otros espacios del poder revolucionario. El Regimiento no explica por sí solo la posterior reorganización política, pero constituyó uno de los ámbitos desde los cuales esa articulación comenzó a adquirir capacidad militar y organizativa.


La Logia Lautaro: la articulación de una coalición revolucionaria


La Logia Lautaro ocupa un lugar destacado en la historiografía sobre la Revolución rioplatense. Desde las primeras interpretaciones de Bartolomé Mitre (1887), fue presentada como una organización secreta inspirada en las logias masónicas europeas, destinada a conducir el proceso revolucionario mediante la acción coordinada de sus miembros. Parte de la historiografía reciente ha relativizado esta interpretación al señalar que el carácter reservado de la organización y la escasez de documentación conservada dificultan reconstruir con precisión su estructura interna, sus mecanismos de decisión y el alcance efectivo de su influencia política (Bragoni, 2019).


Más que resolver este debate en torno al grado de formalización de la Logia, este trabajo propone desplazar la mirada hacia las relaciones políticas que hicieron posible la coordinación entre actores provenientes de distintos ámbitos. Desde esta perspectiva, la importancia histórica de la Logia Lautaro no reside tanto en determinar si constituyó el verdadero centro del poder revolucionario como en analizar su función dentro de una red más amplia de vínculos militares, políticos e intelectuales.


La llegada de José de San Martín al Río de la Plata en marzo de 1812 puede interpretarse, en este sentido, como un punto de encuentro entre distintos entramados previamente existentes. Por un lado, se encontraban oficiales americanos como Carlos María de Alvear y José Matías Zapiola, que habían desarrollado experiencias profesionales y establecido vínculos durante su permanencia en España. Por otro, las redes políticas existentes en Buenos Aires, vinculadas con el antiguo morenismo, la Sociedad Patriótica y distintos espacios de decisión gubernamental, en las que participaban dirigentes como Nicolás Rodríguez Peña, Juan José Paso, Bernardo de Monteagudo e Hipólito Vieytes.


La documentación disponible no permite reconstruir con precisión el momento ni los mecanismos mediante los cuales estas redes comenzaron a vincularse. Sin embargo, los acontecimientos posteriores al arribo de San Martín permiten observar una progresiva convergencia entre ellas. La organización del Regimiento de Granaderos a Caballo, la actividad de la Sociedad Patriótica, la conformación de la Logia Lautaro y la revolución del 8 de octubre de 1812 muestran la creciente articulación entre militares, dirigentes políticos, publicistas y funcionarios. Estos actores conservaron intereses y trayectorias propias, pero comenzaron a poner en común recursos y capacidades alrededor de la necesidad de modificar el rumbo de la Revolución.


Desde esta perspectiva, la Logia Lautaro puede ser interpretada como uno de los espacios que favorecieron la coordinación de esa red. Su importancia no residió exclusivamente en el carácter reservado de sus deliberaciones, sino en la posibilidad de reunir actores que ocupaban posiciones diferentes dentro de la estructura política y militar de las Provincias Unidas. La eficacia de esa articulación dependía menos de una jerarquía rígida que de la complementariedad de los recursos aportados por sus integrantes.


San Martín incorporaba prestigio militar, experiencia profesional y el control de un cuerpo disciplinado como el Regimiento de Granaderos a Caballo. Bernardo de Monteagudo contribuía a la construcción de legitimidad mediante la Sociedad Patriótica y la prensa revolucionaria. Juan José Paso aportaba una importante inserción institucional, mientras que Nicolás Rodríguez Peña contaba con vínculos dentro de sectores influyentes de la élite porteña. Tomás Guido, por su parte, desarrollaría un papel relevante como intermediario entre los ámbitos político y militar. La importancia de estas relaciones no radicaba en que todos los actores ocuparan una misma posición, sino precisamente en que podían movilizar recursos diferentes.


En consecuencia, la Logia Lautaro puede comprenderse como uno de los ámbitos en los que esas relaciones adquirieron una forma de coordinación más estable. No resulta necesario concebirla como un centro único de decisiones ni como una organización omnipotente. Su importancia puede situarse en una escala intermedia: funcionó como un espacio reservado para construir confianza, intercambiar información y coordinar estrategias entre actores que posteriormente actuarían desde instituciones diferentes. Esta interpretación permite superar tanto las lecturas que atribuyen a la Logia un control absoluto sobre la Revolución como aquellas que reducen su importancia a una simple asociación de sociabilidad política.


La correspondencia posterior de José de San Martín permite observar la persistencia de una concepción política en la que la acción militar aparece estrechamente vinculada con la construcción de autoridad y legitimidad. Las cartas conservadas no permiten reconstruir exhaustivamente las actividades de la Logia, pero sí muestran una intensa comunicación con dirigentes vinculados con distintos espacios del poder revolucionario. En ellas aparecen de manera recurrente cuestiones militares, institucionales y diplomáticas, lo que permite advertir que la organización de la guerra era pensada en estrecha relación con la construcción de autoridad política.


Una muestra particularmente significativa aparece en la carta dirigida a Tomás Godoy Cruz el 12 de abril de 1816, en la que San Martín expresaba:


¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra Independencia! ¿No le parece a V. una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional, y por último hacer la guerra al Soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender cuando estamos a pupilo? Los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes (San Martín, 1816/1954, t. III, doc. 514, p. 318).


Aunque esta carta fue escrita cuatro años después de la conformación de la Logia Lautaro y no constituye una prueba directa sobre su funcionamiento, resulta reveladora de una concepción política que atraviesa la actuación de San Martín: la guerra no podía sostenerse exclusivamente mediante recursos militares, sino que requería una autoridad política capaz de otorgarle legitimidad y coherencia. La independencia aparecía así vinculada con cuestiones jurídicas, diplomáticas y militares que excedían el campo de batalla.


Desde esta perspectiva, la importancia de la Logia Lautaro no reside en haber constituido necesariamente el centro único de la Revolución, sino en haber favorecido la articulación entre actores y recursos que hasta entonces se encontraban distribuidos en distintos espacios. La convergencia entre una red militar formada por oficiales con experiencia europea y redes políticas previamente consolidadas en Buenos Aires contribuyó a generar una coalición capaz de intervenir en la disputa por la conducción de la Revolución. La Logia fue, en este proceso, uno de los mecanismos de coordinación, pero su eficacia dependió de una trama de relaciones mucho más amplia que la propia organización.


La Sociedad Patriótica: la construcción pública de la legitimidad revolucionaria


La Revolución de Mayo no supuso únicamente una transformación de las autoridades y las instituciones, sino también una modificación de los lenguajes mediante los cuales se discutía y legitimaba el ejercicio del poder. Como ha señalado Noemí Goldman (2008), la crisis de la monarquía y la revolución abrieron un nuevo espacio de discusión en torno a conceptos como soberanía, representación, libertad y pueblo, cuya significación fue objeto de disputa entre los distintos actores políticos. En ese escenario, la política revolucionaria no podía limitarse a las decisiones de un grupo reducido de dirigentes: también debía construir argumentos capaces de generar adhesiones en sectores más amplios de la sociedad.


Si la Logia Lautaro proporcionó un ámbito reservado para la coordinación entre dirigentes, la Sociedad Patriótica contribuyó a construir públicamente la legitimidad de la transformación revolucionaria. Desde su reorganización en 1812, se convirtió en uno de los principales espacios de discusión política de Buenos Aires. Bajo la conducción de Bernardo de Monteagudo, reunió a militares, abogados, funcionarios, periodistas y otros actores vinculados con la radicalización del proceso revolucionario. En este ámbito, cuestiones como la independencia, la soberanía y la reorganización del poder adquirieron una dimensión pública que excedía los espacios reservados de deliberación política.


Esta dimensión resulta fundamental para comprender su función dentro de la coalición revolucionaria. La transformación del orden político no podía sostenerse únicamente mediante acuerdos entre dirigentes; también requería formular y difundir argumentos que permitieran presentar las alternativas defendidas como respuestas legítimas a las necesidades de la Revolución. La Sociedad Patriótica funcionó, en este sentido, como un espacio de producción y circulación de lenguajes políticos desde el cual conceptos como patria, libertad, soberanía e independencia podían convertirse en recursos para construir adhesiones.


La relación entre política, guerra y opinión pública aparece también en la correspondencia de los principales dirigentes revolucionarios. En enero de 1814, Manuel Belgrano recomendaba a San Martín la elaboración de un diario de las operaciones militares, cuyo objetivo no era solamente informar sobre los acontecimientos del frente, sino también “encender el fuego del patriotismo” (San Martín, 1814/1954, t. II, doc. 152, p. 109). La observación permite advertir que la circulación de información sobre la guerra era concebida como un instrumento político capaz de producir entusiasmo, fortalecer identificaciones y sostener la adhesión a la causa revolucionaria.


Esta relación entre guerra y opinión adquiría, además, una dimensión moral. En una carta dirigida a San Martín en abril de 1814, Belgrano sostenía que la acción militar debía apoyarse también en determinadas virtudes morales, cristianas y religiosas (San Martín, 1814/1954, t. II, doc. 163, pp. 123-124). La victoria no era pensada exclusivamente como resultado de la fuerza militar, sino también como consecuencia de la capacidad de conquistar adhesiones y presentar la causa revolucionaria como legítima. El campo de batalla y el campo de la opinión constituían, de este modo, dimensiones estrechamente relacionadas.


Esta concepción aparece formulada de manera particularmente explícita en los escritos de Bernardo de Monteagudo. En el primer número de Mártir o Libre, publicado el 29 de marzo de 1812, afirmaba:


“No dudo que el suceso de las armas fijará nuestro destino; pero también sé que los progresos de este ramo dependen esencialmente del sistema político que adopte el pueblo para la administración del gobierno” (Monteagudo, 1812, 29 de marzo).


La afirmación resulta significativa porque vincula directamente la cuestión militar con la organización del poder. Para Monteagudo, la guerra no podía garantizar por sí misma el triunfo revolucionario: necesitaba un sistema político capaz de orientar y sostener el esfuerzo militar. La Sociedad Patriótica constituía uno de los espacios desde los cuales esa relación podía ser formulada y difundida públicamente.


En este sentido, la Sociedad Patriótica ocupaba un lugar diferente al de la Logia Lautaro. Mientras esta última podía constituir un espacio de coordinación reservada, la Sociedad contribuía a trasladar determinadas posiciones al terreno de la discusión y la legitimación pública. No se trataba de estructuras completamente separadas, sino de espacios capaces de cumplir funciones diferentes dentro de una misma dinámica política.


La revolución del 8 de octubre de 1812 permite observar la importancia de esta complementariedad. La intervención militar de los Granaderos proporcionaba a la coalición revolucionaria una capacidad concreta de presión sobre el gobierno, mientras que los espacios políticos vinculados con la Sociedad Patriótica contribuían a formular públicamente las razones que justificaban la transformación del poder. La movilización militar podía así acompañarse de una operación de legitimación destinada a presentar el desplazamiento del Primer Triunvirato como una respuesta a las necesidades de la Revolución.


Desde esta perspectiva, la Sociedad Patriótica no debe ser presentada simplemente como el espacio público de la Logia, porque ello reduciría su especificidad. Resulta más productivo comprenderla como uno de los ámbitos mediante los cuales la coalición revolucionaria convirtió sus objetivos políticos en discursos capaces de circular socialmente. Su importancia residió precisamente en conectar la acción de los dirigentes con la construcción pública de una legitimidad revolucionaria.


El 8 de octubre de 1812: la conquista del gobierno revolucionario


Para comprender el desenlace del 8 de octubre, es necesario observar qué gobierno estaba siendo desplazado y qué alternativas políticas se encontraban en disputa. El Primer Triunvirato había sido creado en septiembre de 1811 e inicialmente estuvo integrado por Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea y Juan José Paso. En abril de 1812, Paso fue reemplazado por Juan Martín de Pueyrredón, mientras Bernardino Rivadavia adquiría una creciente influencia sobre la política del Ejecutivo como secretario de Gobierno y Guerra.


El conflicto no consistía, por lo tanto, en una simple oposición entre revolucionarios y realistas. Los integrantes del gobierno formaban parte del proceso revolucionario, pero existían diferencias cada vez más marcadas acerca de su orientación. Mientras sectores vinculados al antiguo morenismo, la Sociedad Patriótica y los oficiales recientemente llegados de Europa reclamaban una profundización de la Revolución y una instancia representativa capaz de definir su rumbo, el Primer Triunvirato tendió a preservar una conducción centralizada del Ejecutivo y a postergar la convocatoria de una instancia representativa general. La disolución de la Junta Grande y de las juntas provinciales había concentrado la conducción política en Buenos Aires, mientras permanecían sin resolver cuestiones fundamentales relativas a la independencia y la organización política.


En ese contexto, la llegada de San Martín y Alvear introdujo un nuevo elemento en la disputa. Los oficiales que regresaban de Europa no se incorporaron simplemente a las fuerzas existentes: comenzaron a organizar un nuevo cuerpo militar bajo el mando de San Martín y, simultáneamente, a vincularse con sectores políticos que cuestionaban el rumbo del gobierno. Durante los meses siguientes, la organización de los Granaderos, la actividad de la Sociedad Patriótica y la conformación de la Logia Lautaro contribuyeron a generar recursos militares y políticos que podían ser movilizados frente al Ejecutivo.


El conflicto llegó a su punto decisivo en octubre. El día 8, las fuerzas militares vinculadas al movimiento revolucionario —entre ellas los Granaderos a Caballo— ocuparon posiciones estratégicas en torno a la Plaza de la Victoria, mientras la movilización política acompañaba las demandas de renovación del gobierno. La presión ejercida sobre el Ejecutivo obligó a los integrantes del Primer Triunvirato a abandonar sus cargos y abrió la posibilidad de constituir una nueva autoridad. El reemplazo no fue, por lo tanto, el resultado de una sucesión institucional ordinaria, sino de una intervención política en la que la capacidad militar y la movilización de dirigentes actuaron de manera convergente.


El nuevo gobierno quedó integrado por Juan José Paso, Nicolás Rodríguez Peña y Antonio Álvarez Jonte, figuras vinculadas con el sector que había impulsado la transformación política. Su instalación modificó el equilibrio de fuerzas existente y asumió como una de sus primeras tareas la convocatoria de una Asamblea General Constituyente. El 24 de octubre de 1812, el Segundo Triunvirato convocó a elecciones para diputados de esa Asamblea, dando así una respuesta institucional a una de las principales demandas que habían acompañado la oposición al gobierno anterior.


El pasaje del Primer al Segundo Triunvirato permite observar, de este modo, el momento en que los vínculos y recursos construidos durante los meses anteriores adquirieron capacidad efectiva para modificar las instituciones. El 8 de octubre no fue el inicio de la coalición, sino el momento en que una articulación política y militar previamente construida pudo traducirse en una nueva relación de fuerzas dentro del gobierno revolucionario.


La Asamblea del Año XIII como resultado de la reorganización del poder revolucionario


La revolución del 8 de octubre de 1812 no constituyó el punto final del proceso de reorganización política iniciado durante los meses anteriores. La caída del Primer Triunvirato y la formación de un nuevo gobierno abrieron la posibilidad de trasladar al plano institucional la nueva correlación de fuerzas construida durante 1812. La convocatoria de la Asamblea General Constituyente y su instalación el 31 de enero de 1813 constituyeron, en este sentido, uno de los primeros resultados institucionales de ese proceso.


La Asamblea no surgió en un vacío político. Su convocatoria respondía a una demanda que distintos sectores revolucionarios venían sosteniendo desde los primeros años de la Revolución: establecer una instancia representativa capaz de definir el fundamento de la autoridad y el rumbo político de las Provincias Unidas. Como ha señalado Ternavasio (2009, pp. 64-69), desde 1810 coexistieron diferentes concepciones acerca de la soberanía y de las formas legítimas de representación. La disputa no se reducía, por lo tanto, a determinar quién debía ocupar el gobierno, sino que involucraba una cuestión más profunda: quién estaba legitimado para ejercer el poder en nombre de la Revolución y mediante qué mecanismos debía hacerlo.


En este punto puede observarse una diferencia significativa respecto del Primer Triunvirato. Mientras el gobierno anterior había concentrado la conducción política y postergado la reunión de una instancia representativa de alcance general, el Segundo Triunvirato convirtió esa demanda en una de sus primeras decisiones. La convocatoria de octubre de 1812 permitió transformar una reivindicación sostenida desde espacios de oposición política en una política institucional del nuevo gobierno. El cambio resulta significativo porque muestra cómo la movilización política de los meses anteriores comenzó a traducirse en mecanismos formales de representación.


La Asamblea, instalada el 31 de enero de 1813, asumió una doble función. Por un lado, debía organizar el funcionamiento político de las Provincias Unidas en un contexto marcado por la guerra y por la ausencia de una autoridad monárquica reconocida. Por otro, debía definir fundamentos simbólicos y jurídicos de la nueva comunidad política. Sus decisiones sobre la libertad de vientres, la supresión de los títulos de nobleza, la eliminación de determinados instrumentos de tortura y la adopción de símbolos propios muestran que el proceso revolucionario comenzaba a intervenir sobre aspectos centrales del orden heredado.


La composición de la Asamblea permite observar, además, la dimensión territorial de este nuevo orden político. Los diputados representaban a distintas jurisdicciones de las Provincias Unidas, lo que implicaba ampliar la base de legitimidad del proceso revolucionario y trasladar la discusión sobre su futuro desde el reducido ámbito del Ejecutivo hacia un espacio de representación más amplio.


Sin embargo, la Asamblea estuvo lejos de resolver todas las tensiones que atravesaban la Revolución. No declaró formalmente la independencia ni logró sancionar una constitución, mientras que las disputas entre Buenos Aires y las provincias, las dificultades militares y las transformaciones de la situación internacional limitaron su capacidad para establecer un nuevo orden político definitivo. Esta limitación no disminuye su importancia: muestra que la reorganización del poder revolucionario seguía siendo un proceso abierto y sujeto a conflictos.


Desde la perspectiva propuesta en este trabajo, la importancia de la Asamblea radica precisamente en que permitió trasladar al plano institucional una transformación política que había comenzado a gestarse durante 1812. El 8 de octubre había modificado la composición del gobierno; la Asamblea permitió ampliar los mecanismos de representación y producir nuevas formas de legitimidad institucional, junto con símbolos y normas que expresaban la creciente autonomía del poder revolucionario.


La trayectoria posterior de San Martín demuestra, además, que la relación entre acción militar y construcción política no terminó con la instalación de la Asamblea. Su correspondencia de los años siguientes revela una preocupación constante por obtener recursos, construir alianzas con las autoridades y garantizar las condiciones políticas necesarias para sostener la guerra. La insistencia dirigida a Tomás Godoy Cruz en 1816 acerca de la necesidad de declarar la independencia constituye una expresión posterior de esta concepción: la acción militar debía apoyarse en una autoridad política capaz de dotarla de legitimidad y recursos.


La Asamblea del Año XIII constituye, por lo tanto, el punto de cierre del período analizado, no porque haya resuelto definitivamente el problema revolucionario, sino porque permite observar cómo la articulación política construida durante 1812 comenzó a proyectarse sobre nuevas instituciones. La llegada de San Martín, la organización de los Granaderos, la articulación de redes políticas, la intervención de la Sociedad Patriótica y la revolución del 8 de octubre habían modificado el escenario de la Revolución; la Asamblea convirtió parte de esa transformación en instituciones, normas y símbolos.


Conclusiones


La imagen de José de San Martín consolidada por la historiografía y la memoria pública argentina ha privilegiado, con razón, su condición de conductor militar de la emancipación sudamericana. Sin embargo, el análisis desarrollado permite sostener que su trayectoria resulta incompleta si se desvincula la organización de la guerra de la construcción política que hizo posible llevarla adelante.


La hipótesis central de este trabajo sostuvo que, entre marzo de 1812 y comienzos de 1813, San Martín contribuyó a articular una coalición revolucionaria integrada por militares, dirigentes políticos, publicistas y funcionarios. Su importancia no residió únicamente en la conducción militar, sino también en su capacidad para conectar espacios y recursos diferentes mediante relaciones de confianza, cooperación y coordinación política.


La creación del Regimiento de Granaderos a Caballo permitió consolidar una fuerza profesional y disciplinada, al mismo tiempo que generó vínculos personales relevantes para la reorganización política posterior. La Logia Lautaro constituyó uno de los espacios de coordinación de esas relaciones, mientras que la Sociedad Patriótica y la prensa contribuyeron a construir públicamente los argumentos y adhesiones necesarios para profundizar la Revolución. La revolución del 8 de octubre de 1812 expresó la convergencia de estos recursos y permitió modificar el equilibrio de poder existente, mientras que la convocatoria de la Asamblea del Año XIII trasladó esa nueva correlación de fuerzas al plano institucional.


El principal aporte de este trabajo consiste, por lo tanto, en proponer una lectura relacional del período 1812-1813. En lugar de explicar estos acontecimientos a partir de instituciones aisladas o de voluntades individuales, se procuró reconstruir las conexiones entre actores y espacios de sociabilidad que permitieron articular capacidades militares, políticas y simbólicas. Esta perspectiva no atribuye a San Martín la totalidad de las transformaciones producidas por la Revolución, pero sí permite comprenderlo como uno de sus principales articuladores.


Desde esta mirada, la posterior organización del proyecto continental no puede desvincularse de la reorganización política iniciada en Buenos Aires en 1812. La llegada de San Martín al Río de la Plata no significó solamente la incorporación de un nuevo jefe militar a la Revolución: contribuyó a conectar redes, construir capacidades y generar condiciones políticas que permitieron proyectar la guerra hacia un proyecto emancipador de alcance continental.



Bibliografía

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Ternavasio, M. (2009). Historia de la Argentina, 1806–1852. Siglo XXI.

Fuentes primarias

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Monteagudo, B. (1812–1813). Mártir o Libre. Buenos Aires: Imprenta de los Niños Expósitos.

San Martín, J. de. (1954). Documentos para la Historia del Libertador General San Martín (14 vols.). Instituto Nacional Sanmartiniano.

San Martín, J. de. (1812). Reglamento para el Regimiento de Granaderos a Caballo. Buenos Aires.

Triunvirato de las Provincias Unidas del Río de la Plata. (1812). Registro Oficial de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Buenos Aires.

 
 
 

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