La Ola: totalitarismo como riesgo latente
- Jazmín Martínez Pereyra

- 10 jul
- 8 min de lectura
por Jazmín Martínez Pereyra
“El fascismo no es algo que hagan otros. Está aquí, entre nosotros. Es real”
Sin lugar a dudas, esta fue una de las frases que más me resonó a la hora de leer la novela La Ola de Todd Strasser, originalmente publicada bajo un pseudónimo. Es una obra sencilla, breve y concisa, pero logra hacer llegar su mensaje: no nos encontramos exentos de repetir el pasado.
Se retrata una escuela secundaria en Estados Unidos, más específicamente un aula en la que el profesor Ben Ross, a pesar del descarado desinterés de sus alumnos, intenta enseñarles sobre la Segunda Guerra Mundial. La apatía estudiantil cesó cuando el profesor proyectó un documental sobre el nazismo y el Holocausto, por primera vez demostraron algún sentimiento, angustia, indignación, pero sobre todo confusión: “(...) ¿por qué nadie intentó detenerlos?”, “¿Cómo pudieron hacerse los tontos, decir que ellos no sabían nada? ¿Cómo pudieron mentir tan descaradamente?” A pesar del intento del docente de explicar la complejidad de la organización burocrática del partido nacionalsocialista obrero alemán, el malestar de sus alumnos no pudo aplacarse. La pregunta sobre cómo alguien podría ser cómplice, unirse o permitir el ascenso de uno de los momentos más oscuros de la historia no podía saciarse.
En palabras de Hannah Arendt: “El régimen totalitario no puede comprenderse como una variante extrema de formas políticas conocidas, sino que constituye una forma completamente inédita de gobierno, bajo una lógica de dominación total y transformación radical de la capacidad humana para la creatividad, libertad y dignidad humana”.
Las preguntas llenaban cada rincón del aula y Ben se cuestionaba a sí mismo por qué era incapaz de contestar debidamente, ¿dónde se encontraba la respuesta?
De esta forma, Ben inicia un experimento sociológico. Para la siguiente clase escribió en la pizarra “La disciplina hace la fuerza”. Inició por darle un lema al alumnado, un valor y una justificación a su deber. Continuó aplicándolo en juegos que pronto se convirtieron en rutina: pronto la participación en el aula aumentó, el respeto hacia el profesor Ross y la conducta de los estudiantes era intachable. Con el pasar de las clases se agregaron nuevos lemas, se aprendieron conceptos, se agregaron costumbres (incluso un saludo propio) y se culminó la construcción identitaria al bautizar la comunidad: La Ola.
La disciplina hace la fuerza
La comunidad hace la fuerza
La acción hace a la fuerza
La difusión fue imparable, no solo el ambiente áulico se transformó sino que estudiantes de diversos cursos y edades querían colarse a las clases del profesor Ross. Se volvió atractivo pertenecer. Aquellos outsiders, apartados del resto encontraron un espacio común, un espacio en el que cooperaban junto a otros; un identificador que lograba trazar la línea entre “ellos” y “nosotros”. Una diferencia que no tardó en generar grietas dentro de la escuela, lo que inevitablemente llevó a la violencia: aquellos desertores que no comprendían que La Ola buscaba el bien para todos, que osaban a no sentirse orgullosos de su comunidad, que incumplían las normas del sistema. Ellos fueron los nuevos outsiders, que no acompañaban lo nuevo.
Los padres y demás docentes se encontraban divididos, mientras algunos cuestionaban los métodos y la manipulación de Ross ejercía, otros apoyaban cualquier cosa que “consiga captar la atención de estos jóvenes hoy en día”. La defensa de una causa compartida por sobre su fondo: una moda pasajera que mientras durara mantendría a los jóvenes pendientes, interesados, apasionados.
Sin embargo, el ascenso se detuvo abruptamente, la tolerancia hacia lo distinto mermó, el periódico escolar recibió amenazas, el reclutamiento perdió su calidez voluntaria, amistades se dividieron e inició una campaña publicitaria. Se repartieron folletos sobre por qué debían unirse a La Ola, y la necesidad por diferenciarse se plasmaba en broches característicos, repetir los lemas sagrados y el saludo para identificarse mutuamente.
La sociedad utópica no podría mantenerse y prosperar si los jóvenes no cooperaban, lo que culminó con la persecución de quienes criticaban o se resistían a La Ola, la discriminación alcanzó la violencia fisica y el ataque a un estudiante judío.
¿Lo más sorprendente de esta historia? Es que sucedió. En California en 1969. Fue un evento reconocido, sin embargo, la idea de que las atrocidades de la guerra y los totalitarismos pudieran colarse en una sociedad libre y democrática, llevó a desterrar esta historia del dominio público durante muchos años.
Si tomamos como referencia a Hannah Arendt y los mecanismos que considera clave para la consolidación y estabilidad de los regímenes totalitarios encontramos: la propaganda, el terror como esencia del sistema, la ideología total y lógica ficticia; y la burocracia totalitaria. Dichos elementos no distan de la reconstrucción realizada por Ben Ross y nos demuestran su tangibilidad, su retorno no es mera paranoia, sino una clara señal para mantenernos alerta.
La filósofa destaca causas que allanan el camino hacia la ruptura del régimen político y la posibilidad de surgimiento de totalitarismos, englobando así el antisemitismo, el imperialismo y la mutación de clases en masas. Un escenario crítico donde el odio se traduce en ideologías modernas con agentes canalizadores; una agravada crisis socioeconómica que decanta en una frenética búsqueda por el poder ante un colapso sin precedentes de las estructuras tradicionales; la transformación de la población, carente de referencias políticas, expuestas y vulnerables a nuevas formas de dominación. Surge ante el vacío de autoridad y orden, la incapacidad del sistema para resolver los problemas de la modernidad, presentándose como una alternativa completamente innovadora de organización que promete orden, significado y avance.
La proliferación de actores que se sienten ajenos a lo público, que entienden lo político como una maraña de planes fallidos, toman la forma de caudillos vencidos y mentiras, que encuentran el orden ideal para la propaganda totalitaria. Entendiéndose como un componente esencial mediante el cual se construye una sociedad que aprehende una ideología totalizante que explica la realidad, o más bien, que construye a su alrededor un mundo ficticio que sustituye la realidad.
El terror conforma la esencia del sistema totalitario apuntando a desterrar la naturaleza humana para suplantar por miedo, transformando a los ciudadanos en un “pueblo de siervos espirituales” quienes deben subordinarse a la nueva lógica. Busca intimidar y transformar, eliminando la esfera privada y hallando su justificación lógica en la ideología. El terror es condición para la continua dominación.
Otra característica esencial es la aspiración global del movimiento e ideología, buscando redefinir completamente la humanidad. La recomposición del hombre se logra mediante la construcción de un mundo ficticio creado y mantenido por la propaganda, un recurso que George Orwell utilizó en su célebre obra 1984 tras haberlo vivido como corresponsal de guerra y cronista: “Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”
La fantasía del totalitarismo se escribe y reescribe acorde a las necesidades del régimen en pos de mantener las lealtades, el miedo y el aislamiento de los individuos, procurando el control de los átomos desconectados y solitarios que son. Se apela directamente a un pueblo supuestamente homogéneo, proponiendo una misión histórica determinada y la disposición a transformar completamente el orden existente. La distinción de un enemigo es fundamental, su carácter irreconciliable yace en la lógica ideológica y admite el ascenso de una estructura que permite al movimiento colonizar el mundo privado de los individuos.
Distingue a su vez, que aquellos atraídos por la propaganda son el populacho, los sin poder y marginalizados, y la élite intelectual, quienes buscan significado en una causa suprahumana.
Admitir que los tiempos que corren poseen similitudes aterradoras con las condiciones óptimas para el desarrollo de un movimiento totalitario no es sinónimo de condenar el status quo a una decadencia fatalista, sino al contrario, implica añadir un rótulo de advertencia…puede contener tendencias totalitarias (no consumir si su democracia se encuentra debilitada).
La abulia y la indolencia de la ciudadanía, producto de desidia administrativa permiten un retroceso autoritario que reconfiguran los regímenes parciales consolidados durante la tercera ola de democratización. Bajo este contexto no podemos permitirnos ser ajenos, sino estar más atentos que nunca.
Arendt advierte que el totalitarismo no es un fenómeno del pasado sino una posibilidad permanente de la modernidad. Las condiciones que permitieron su surgimiento durante el siglo XX, crisis de autoridad, masas sin referencias políticas, ideologías omnicomprensivas, siguen presentes. Sin embargo la comprensión del pasado es condición necesaria, mas no suficiente, para evitar la repetición del horror: “La comprensión no significa negar lo que resulta afrentoso (...). Significa más bien, examinar y soportar conscientemente la carga que nuestro siglo ha colocado sobre nosotros (y no negar su existencia ni someterse mansamente a su peso). La comprensión, en suma, significa un atento e impremeditado enfrentamiento a la realidad, un apoyo a esta, sea como fuere”
Las tendencias autoritarias y totalitarias conviven junto a la herencia democrática. El alto grado de fragmentación, la erosión de liderazgos y confianza (no solo en gobernantes sino también en el régimen) complejizan su legitimidad. La falta de preferencias normativas, la presencia de actores y discursos radicales; la subversión constitucional; la hostilidad institucional; el adoctrinamiento y la polarización son habilitadores a la normalización de un orden antidemocrático que podemos percibir.
Especialistas y organizaciones documentan un proceso de autocratización en ascenso. El Democracy Report 2026 de V-Dem concluye que la democracia para la persona promedio en el mundo ha retrocedido al nivel de 1978, y que las ganancias de la tercera ola de democratización desde mediados de los años 70 están casi borradas. Freedom House advierte que hoy solo el 21% de la población mundial vive en países calificados como "libres", frente al 46% de hace dos décadas. Nos lo dicen los números y estadísticas, pero se siente en las calles: no es necesaria una ruptura estridente del orden constitucional, sino una captura gradual y “legal” de las instituciones de control hasta vaciar la forma democrática de contenido. Los totalitarismos no son impuestos “desde arriba” sino que se encuentran como posibilidad en la atomización social previa.
En América Latina se muestra un patrón mixto de autoritarismo competitivo, con un desmantelamiento gradual desde dentro del propio sistema democrático, tal como se ha vivido en Venezuela y Nicaragua. A su vez, figuras como Donald Trump se inclinan a una erosión de normas informales antes de la ruptura formal: la deslegitimación de resultados electorales, la polarización afectiva creciente y la presión sobre instituciones de control. Dentro del mismo patrón encontramos Nayib Bukele quien combina legalidad formal con vaciamiento sustantivo al modificar la constitución y eliminar los límites a la reelección presidencial, incluyendo la destitución de magistrados de la Sala Constitucional para reinterpretar la prohibición constitucional de reelección.
El totalitarismo no interrumpe, logra colarse. Y cuando el título democrático se mantiene pero el contenido se pierde, ya es demasiado tarde.
Ben Ross detuvo su experimento cuando comprendió hacia dónde conducía. Tuvo esa posibilidad porque se encontraba afuera, observando lo que él mismo había desatado. La pregunta incómoda que deja La Ola, y que Arendt nos obliga a sostener, es si somos capaces de detectar, reconocer e impedir el desarrollo de una sociedad fascista en nuestro presente. Reflexionando que no pertenece al pasado, no es una patología ajena a las democracias liberales: es un riesgo latente cuya gravedad aminoramos o agudizamos en nuestra participación o misma ausencia. Aquellas sociedades que desestiman la fuerza de la razón pública abren las puertas a formas de poder menos transparentes, responsables y democráticas. Comprender este fenómeno no nos librará per se del horror, pero es el acto de resistencia inicial fundamental para no repetir la historia.
“Jamás ha sido tan imprevisible nuestro futuro, jamás hemos dependido tanto de las fuerzas políticas, fuerzas que parecen pura insania y en las que no puede confiarse si se atiene uno al sentido común y al propio interés.”
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Jazmín Martínez Pereyra cursa la Licenciatura en Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Cuenta con un fuerte interés por las relaciones internacionales y el debate público. Conforma y participa activamente en espacios como Ágora, el Centro de Debate Multidisciplinario Argentino (CEDEMA) y la Asociación Civil Simulacros Educativos Río de La Plata (ACSERP).



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