top of page

La opresión en lo innombrado: las mujeres y el trabajo doméstico

  • Foto del escritor: Lila Rodriguez
    Lila Rodriguez
  • 9 nov 2025
  • 6 Min. de lectura

por Lila Rodriguez


La cocinita rosa que nos regalaron cuando cumplimos cinco años, el bebé de juguete que llevábamos para todas partes, la palita, la escobita, la planchita, y muchos otros elementos de limpieza terminados en “-ita” que las niñas usábamos para jugar a ser mujeres. Históricamente las tareas domésticas y de cuidado recayeron sobre las mujeres (no nos sorprende que también lo hagan sobre otras disidencias) en algunas ocasiones con el título de “obligaciones”, en otras, a nombre de “vocación”, siempre como algo incuestionable para la sociedad. Incluso si tenemos otros empleos o no hemos sido madres, las tareas domésticas y de cuidado siempre están al acecho, y es posible que muchas de nosotras no tengamos las herramientas necesarias para precisar e interpretar esa sensación de molestia que tenemos cuando nos mandan a lavar los platos mientras los hombres se quedan charlando en la mesa, cuando tenemos que salir de nuestros trabajos para ir a una reunión del colegio a la que el padre no va a asistir, cuando debemos encargarnos casi por completo de la enfermedad de algún familiar cercano. 


Miranda Fricker llama a esta dificultad interpretativa injusticia hermenéutica. En su libro “Injusticia epistémica”, acuña dos términos: injusticia hermenéutica e injusticia testimonial. La primera podría definirse brevemente como una deficiencia en las herramientas interpretativas de una determinada sociedad que deja a un individuo o grupo de individuos en estado de injusticia por no contar con los medios necesarios para comprender sus propias experiencias. La segunda, se da “al otorgar a las palabras de un hablante un grado de credibilidad disminuido”  por parte de un oyente que se ve condicionado por una serie de prejuicios. 


Fricker también desarrolla el concepto de poder social como la capacidad de controlar los actos y conductas de los demás. El poder identitario, por su parte, es aquel que aparece cuando obran estereotipos sociales que condicionan la apreciación y credibilidad que destinamos a otras personas. 


Las tareas domésticas y de cuidado realizadas dentro de la propia unidad de vivienda no son reconocidas como trabajo formal, y no reciben remuneración económica alguna. Estas tareas engloban tanto los quehaceres de mantenimiento del hogar como las actividades necesarias para asistir a personas dependientes de cuidados por parte de terceros (niños, adultos mayores, personas con discapacidad o enfermedades, etc.), y recaen en su mayoría sobre las mujeres. 


Según estadísticas recuperadas por la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC del año 2019, 9 de cada 10 mujeres realizan tareas domésticas, dedicando a ellas un promedio de 6,4hs. diarias, 3hs. más que los varones. Incluso, muchas mujeres con empleos de jornada completa siguen destinando a estas tareas más tiempo que hombres que no se encuentran trabajando. Me parece más que relevante poner sobre la mesa el hecho de que la mayor parte de las tareas domésticas y de cuidado remuneradas (trabajos de limpieza y mantenimiento en otros hogares, cuidado de niños y adultos mayores, etc.) también están a cargo de mujeres. 


Ahora bien, ¿Cómo las mujeres interpretan esta desigualdad?¿Cómo la interpretaron a lo largo de los años?¿Y cuáles son las herramientas que podrían ayudarlas en la formulación de una interpretación más cercana a sus realidades y vivencias? 


Si realizamos un recorrido intuitivo por la historia, podremos observar que a menudo las mujeres se han topado con “baches” a la hora de explicar sus propias experiencias. No hace falta volver muy atrás en el tiempo para encontrarnos con niñas que no fueron al colegio o que no terminaron la primaria, con jóvenes privadas de ingresar a una universidad u obligadas a casarse por conveniencia (a menudo con hombres que las superan en edad). En gran medida el discurso y la ideología detrás de estas decisiones pueden resumirse en una idea que a día de hoy sigue, más o menos, vigente: “el lugar de las mujeres es el hogar, y sus principales tareas deben ser atender y cuidar de los miembros de su familia”. La crianza, la socialización, comienza incluso antes del nacimiento de las niñas. En épocas anteriores, la llegada al mundo de una niña implicaba la proyección de un plan de vida: debía casarse, tener hijos y cuidarlos, y en gran parte de los casos, ocuparse también del bienestar de los adultos mayores de la familia. Las mujeres crecidas en estos ambientes cumplieron muchas veces con los roles que les fueron asignados, y sin embargo más de una fue capaz de cuestionarse por qué debía contentarse con un lugar privado dentro de la sociedad, que limitara su desarrollo personal, pero sobre todo, que fuera impuesto. A pesar de ello, no contaban con un gran abanico de herramientas hermenéuticas que les permitiera interpretar ese malestar. 


Durante buena parte de la historia no contamos con términos e ideas socialmente aceptadas y difundidas que hicieran posible una reconstrucción comunitaria de la situación opresiva en la que estaban sumidas las mujeres, puede que incluso hoy en día aún no dispongamos de ellas con la precisión adecuada. Nos encontramos entonces frente a un escenario injusto: las mujeres estamos en desventaja en comparación con otros actores sociales que poseen mayor poder identitario que nosotras. La construcción de un entramado hermenéutico lleno de falencias se basa, en gran medida, en esta desigualdad. 


No vivimos en un cuento feminista ideal, es natural encontrarnos a nosotras mismas repitiendo aquellos aspectos injustos. Pero pensemos en el siglo pasado, tal vez en nuestras abuelas o bisabuelas (incluso en nuestras madres), muchas veces las hemos visto aceptar el papel de amas de casa sin ayuda alguna y sin embargo, a menudo se han esforzado por no replicar esos roles en las generaciones siguientes. Fueron ellas mismas las que buscaron, con mayor o menor conciencia, terminar con lo que frecuentemente tuvieron que cargar muy a su pesar. Y si hoy en día tenemos la capacidad de construir conceptos dentro del lenguaje que permiten dar cuenta de las condiciones desiguales en las que nos encontramos las mujeres en relación con los hombres, conceptos que luego se replican en conductas sociales, es gracias a ellas. En fin, es gracias a nosotras. 


El trabajo doméstico y de cuidados no remunerado: un pilar en la economía mundial 


Lise Vogel desarrolla en “El marxismo y la opresión de las mujeres” (1983), la teoría de la reproducción social. La tesis principal sostiene que detrás del sistema capitalista se encuentra todo un entramado de tareas y sujetos invisibilizados que se ocupan de mantener en pie la economía. Estas tareas son las realizadas de forma no remunerada dentro del hogar, y los sujetos invisibilizados son, nada más ni nada menos, que las mujeres. 

La reproducción social incluye actividades como la alimentación, el cuidado, la limpieza, el descanso, etc. de los trabajadores y futuros trabajadores; así como también su reproducción literal a través de la descendencia. El sistema capitalista, entonces, se desarrolla sobre pilares de tareas no remuneradas realizadas por un grupo oprimido dentro de la sociedad: las mujeres.


¿Cómo se relacionan la teoría de la reproducción social y la injusticia hermenéutica? Podríamos decir en pocas palabras, que se retroalimentan mutuamente: la reproducción social, despreciada, invisibiliza la experiencia de las mujeres encargadas de llevarla a cabo, desembocando en la injusticia hermenéutica, la imposibilidad para la comprensión de las propias vivencias por parte de las mujeres. Al mismo tiempo, esta opacidad en el entendimiento sostiene la marginación de las tareas domésticas y de sus actrices principales. 


Salir de la caverna 


El camino que permita echar luz sobre el asunto debe ser, en mi opinión, nada más ni nada menos que colectivo. Miranda Fricker plantea que uno de los elementos centrales en la construcción de una sociedad más igualitaria es la virtud de la justicia hermenéutica: debe realizarse una introspección que permita reconocer cuándo se está frente a una persona incapaz de interpretar y expresar sus propias vivencias de forma inteligible por no contar con las herramientas necesarias para hacerlo positivamente, y que tenga como objetivo reparar los “huecos” que se han abierto entre las personas con mayor y menor poder identitario. 


Se ha interpretado la solución de Fricker como algo individualista, sin embargo, debo decir que me resulta difícil imaginar algo siquiera similar a un estado de justicia que no se logre en sociedad. La introspección debe ser individual frente a cada situación particular, pero el cambio, los horizontes, deben ser comunitarios. 


Requerimos con urgencia nuevas políticas que den cuenta de las desigualdades y tomen cartas en el asunto: necesitamos propuestas educativas sólidas que busquen erradicar los roles de género, espacios accesibles que colaboren con las tareas de crianza y cuidados, igualdad de condiciones y oportunidades laborales, necesitamos actitudes genuinas de compromiso por parte de los hombres… necesitamos dejar de ser tratadas como meras máquinas complacientes de limpieza y cuidados. 


Podemos observar que las teorías de Fricker y Vogel se tocan, la solución no sólo se basa en la reflexión particular de cada individuo, debe tener una superficie social y comunitaria sobre la cual asentarse y a la cual alimentar. Tal vez, entonces, podamos algún día acercarnos a una sociedad más justa, en la que cada vez menos personas se encuentren sumidas en una niebla de experiencias propias sin nombre, y puedan, no sólo comprender sus propias vivencias, sino también formar parte activamente de la comunidad a la que pertenecen.


Lila Rodriguez cursa el tercer año de la Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Participa activamente en un grupo de investigación dedicado a la Filosofía Feminista.



_______________________


Lila Rodriguez cursa el tercer año de la Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Participa activamente en un grupo de investigación dedicado a la Filosofía Feminista.


1 Fricker, M. (2017). Injusticia epistémica, Introducción, p. 12. (R. G. Pérez, Trad.). Herder. (Obra original publicada en 2007)

 
 
 

Comentarios


Suscribite a nuestro newsletter

  • Instagram
  • Twitter
  • TikTok
bottom of page