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No estaba muerto, andaba de parranda. ¿Se puede pensar una democracia sin partidos?

  • Foto del escritor: Santiago Nicolas Cainzos
    Santiago Nicolas Cainzos
  • 2 dic 2025
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 23 dic 2025

por Santiago Nicolás Caínzos


Primero, me gustaría aclarar la poca precisión conceptual que utilizaré en esta nota. Advierto a mis lectores que la misma será un divague intelectual.


Entiendo, sin embargo, este divague necesario para pensar una democracia que se adecue a los nuevos factores productivos y a las nuevas formas de relaciones sociales que tienen por consecuencia. Y para ello, más que Ciencia Política, precisamos nutrirnos de algunos autores de la misma, en pos de desarrollar posibles escenarios alternativos. Dicho carácter prospectivo poco tiene que ver con la ciencia como tal.


Creo fervientemente en el hecho de que hoy, la comunidad de politólogos y politólogas precisa generar teorías de mayor amplitud y que permitan dar cuenta de nuevas formas de ejercer el poder público. Los métodos cuantitativos seguramente permitan de manera más fehaciente (o sea, digamos) medir la opinión pública, pero precisamos de un pensamiento más intelectual y menos científico para pensar nuevas formas de discutir y tomar decisiones en cuanto a los asuntos públicos. No en cuanto a politólogos, sino en cuanto a ciudadanos que tienen un saber profesionalizado sobre la política.


Vivimos una crisis narrativa, y es necesario crear nuevos horizontes. Y para ello nutrirnos de herramientas de otras disciplinas, como las artes, la literatura, la filosofía es necesario. En este sentido rescato al ensayo. Es en el mismo ensayo en donde los argumentos se contraponen, se confrontan, entran en tensión, se derrumban, y surgen nuevas formas argumentativas. Es un diálogo con uno mismo, una forma de entenderse y reflejarse, pero al mismo tiempo entender las propias contradicciones del pensamiento. En consecuencia, el ensayo puede ser una herramienta para pensar nuevas formas de democracia.


Es prolífica la literatura que se refiere al declive de los partidos políticos, mientras que igual de prolífica es aquella literatura que da cuenta de los signos de revitalización de los mismos. ¿Es posible pensar a nuestra amada (y siempre vulnerada) democracia sin partidos políticos? En primer lugar, tomaré en cuenta una definición procedimental de democracia. Consideraré la democracia como “elecciones libres, periódicas y competitivas, con sus respectivos derechos concomitantes, en la cual puede participar la mayoría de la población adulta”. En segundo lugar, entiendo a los partidos políticos tal como lo hace Sartori, considerando a los mismos como “organizaciones que participan en elecciones con el fin de obtener cargos públicos”. Al contrastar dichas definiciones mínimas, ya resulta notorio que mientras haya democracia, habrá partidos políticos.


Sin embargo, es imposible negar que dichas organizaciones se encuentran en transformación. La cuestión es que si bien no están muriendo, como dicen algunos, sí se encuentran dejando de tener las funciones que poseían en el pasado. Durante el siglo XX, eran los partidos políticos quienes poseían la función de reclutamiento de militantes, formación de dirigentes políticos, elaboración de programas ideológicos y de gobierno, y articulación y agregación de demandas sociales. Es decir, los partidos políticos eran los principales intermediarios entre la ciudadanía y el Estado. En la actualidad, los partidos políticos perdieron su función de representación pero aún mantienen su función de gobierno. Esto desemboca en un vaciamiento narrativo y programático. El resultado de dicho proceso es la famosa crisis de representación que vivimos, el “todos son iguales” o, en el peor de los casos, “la casta”.


¿Y quien representa entonces? Mientras que durante la segunda mitad del siglo XX los partidos políticos eran actores que acaparaban la gran mayoría de las demandas ciudadanas, al igual que la arena política institucional el único ámbito legitimado para dirimir los conflictos sociales, en el siglo que vivimos esto no acontece. No digo que durante el siglo XX los partidos políticos eran los únicos actores políticos: sin lugar a dudas los sindicatos también supieron ser poderosos actores políticos. Sin embargo, agrupaban trabajadores en carácter de trabajadores, y no de ciudadanos. Es decir, la representación de los sindicatos ante el Estado y los empresarios suponía trasladar las demandas de los trabajadores en carácter de trabajadores y no en tanto ciudadanos. La vía predominante legitimada en pos de la canalización de demandas ciudadanas eran los partidos. En la actualidad, es a través de los movimientos sociales y las redes sociales que los ciudadanos movilizan sus demandas.


¿Significa esto un problema? Bueno, depende desde donde abordemos la problematica en cuestión. En primer lugar, para que no sea un problema, ya es hora de olvidarnos de los partidos políticos como los hemos conocido. Ya no existen ni existirán. Y esto es fundamental para separar la democracia de la crisis de representación. Si se continúa diciendo que es la muerte de los partidos políticos y que es imposible pensar la democracia sin partidos políticos, ergo, se está vaticinando la muerte del sistema democrático. Esto es un error. En todo casi, están muriendo los partidos políticos como los conocemos. Alejarnos de estos fantasmas, sin lugar a dudas, también contribuirá a fortalecer la confianza en el régimen.


Y dichos partidos políticos ya no existirán como los conocemos, porque parten de un supuesto de disposición de las fuerzas productivas de épocas pasadas. Las personas hacen home office, y dejaron de habitar el espacio público físico. La gente prefiere ver TikTok en vez de invertir su tiempo y ganas en ir a un comité o unidad básica. Ya no existen las carreras políticas profesionales, por el simple hecho de que ya nadie se mantiene, laboralmente, en un mismo lugar durante más de cinco años. Es decir, la reestructuración de las fuerzas productivas y de las formas de comunicarnos entre nosotros tiene por consecuencia, no solo la transformación de los partidos políticos, sino de las viejas formas de organización burocráticas existentes. Y los partidos políticos no quedan exceptuados de ello. El capitalismo digital produce un nuevo sujeto atomizado, individualizado, con un bajo nivel de participación en los asuntos públicos. De esta manera, es necesario repensar a los partidos políticos de forma tal que su transformación no hunda al sistema democrático en su conjunto.


Los partidos políticos continuarán existiendo mientras lo siga haciendo la democracia, sin embargo alejados estarán del modelo actual. No podemos dejar de lado el creciente fenómeno de los partidos políticos como reclutadores de personalidades destacadas del ámbito de la sociedad civil, de académicos, del periodismo y hasta del mundo del espectáculo. Sin embargo, ¿esto sería necesariamente malo para la democracia?


Mi respuesta es: no necesariamente. En primer lugar, los funcionarios públicos estarían profesionalizados en las funciones a partir de las cuales se desempeñarían. Cabe preguntarse quién sería un mejor legislador: ¿una persona que sabe hacer política partidaria o una persona que dedicó toda su vida al involucramiento en una determinada temática y luego legisla en base a ello? En segundo lugar, se lucharía en contra de la oligarquización que deviene de las estructuras burocráticas propias de los partidos políticos, así promoviendo una mayor democratización. Esto a su vez terminaría con el sentimiento ciudadano de una clase política que se oligarquiza, fortaleciéndose a su vez el régimen democrático. En tercer lugar, la intromisión en la vida política durará unos años, y luego de eso, podrán volver a desempeñarse en el sector académico, sociedad civil o sector privado. La política podría volver a ser un ámbito en el que los ciudadanos deciden entrometerse en los asuntos públicos en pos de lograr determinados objetivos. Se encontrarán menos esfuerzos enfocados en invertir recursos organizativos en la supervivencia de la estructura partidaria y más enfocados en resolver los problemas de la ciudadanía. Esto haría, a su vez, que no se volviera necesario para los partidos políticos cartelizarse ni hacerse con recursos estatales en pos de su supervivencia, dado que las campañas electorales se volverían menos costosas. En cuarto lugar, seguramente bajen los niveles de desafección política de la ciudadanía.


Sin lugar a dudas, también se encuentran riesgos. La alta tasa de recambio, por ejemplo, puede ser uno de ellos, al igual que la existencia de personalidades públicas reconocidas pero no idóneas para ocupar cargos públicos. El riesgo de la espectacularización de la política a su máxima expresión también es uno de los factores a los cuales nos enfrentamos ante estas nuevas formas. Es decir, al “quitar” el elemento republicano del liberalismo político, no se garantiza del todo la existencia de que los más virtuosos sean quienes gobiernen. ¿Pero acaso el sistema político actual lo garantiza?


A su vez, estas nuevas formas de representación abren nuevos interrogantes. ¿Cuáles serían los mecanismos de accountability para controlar a dichos funcionarios públicos en sus funciones? ¿Cómo es posible evitar el elitismo tecnocrático? ¿Cómo garantizar la profesionalización de los legisladores? ¿Nuestro sistema electoral es apropiado para estas nuevas relaciones entre la clase política y la ciudadanía? ¿Aumentarían los costos de transacción en el legislativo? Preguntas que tenemos que pensar con el fin de dar con su respuesta.


En conclusión, la nueva disposición de fuerzas productivas nos obliga a pensar en nuevas formas de representación en pos de detener la erosión democrática. El problema para la democracia no es la muerte de los partidos políticos como los conocemos, sino la baja participación y los niveles de desafección política. La base de una democracia sana es una ciudadanía activa. De esta manera, los partidos políticos tal como los conocemos, y el creciente proceso de cartelización producen el efecto contrario. La pregunta es cómo salvar a la democracia de esta tensión. Porque, al mismo tiempo, se encuentran otros proyectos que se adaptan mejor a la disposición de las fuerzas productivas actuales. Y si los que optamos por la democracia no pensamos en proyectos políticos alternativos puede ser que sea demasiado tarde.


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Santiago Nicolás Caínzos es estudiante avanzado de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires. Milita activamente en la Coalición Cívica y actualmente se encuentra realizando una pasantía en investigación. Es cofundador de Ágora Argentina.

 
 
 

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