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Para recuperar al PRO, la gestión como bandera.

  • Foto del escritor: Franco Turroja
    Franco Turroja
  • 30 nov 2025
  • 8 Min. de lectura

Actualizado: 2 dic 2025

Por Franco Turroja


La Argentina atraviesa, nuevamente, una compleja crisis de representación. La baja en la participación electoral, sumado a los votos emitidos en blanco o nulos son la clara manifestación del hartazgo social con la clase política. 


El sistema político en su conjunto está en deuda hace muchísimo tiempo con la ciudadanía, que en cada ciclo electoral reafirma su disconformidad. Claramente, las mayorías eligen entre no ir a votar, votar en blanco, anular el voto o votar a favor de la opción “menos mala”. ¿Cuánta legitimidad tiene el ganador de unas elecciones en este contexto? En 1983, después de los años más oscuros de la historia política argentina, la democracia nos prometía comer, curar y educar, hoy, a 42 años de esa promesa, la situación deja bastante que desear. Es por esto, que los desencantados de la política, desilusionados con falsos mesías y promesas rotas asumen que el sistema no los representa y que la política no habla ni resuelve sus problemas cotidianos, sumado a los mensajes de ciertos sectores que avivan la llama de la bronca e instalan el mensaje de que el Estado es el generador de todos los problemas sociales. 


El escenario político de los últimos años, visto desde la oferta electoral, parece ser binario, donde La Libertad Avanza y el Peronismo/Kirchnerismo representan alrededor del 80% del padrón (según los resultados de las últimas elecciones), sin embargo la mayor fuerza actual es el desencanto. Hoy, en Argentina, son más quienes ven a la política como una máquina que no solo no resuelve los problemas del día a día, sino que los potencia. 


Es en este contexto de crisis de representación donde se encuentra la encrucijada del PRO. Tras haber sido el árbitro que definió el balotaje del 2023 entre el Peronista Sergio Massa y el Libertario Javier Milei, al sugerir a su electorado que acompañe al “representante del cambio”, el partido amarillo se encuentra hoy ante una disyuntiva existencial entre la conveniencia tactica a corto plazo o la supervivencia identitaria y la construcción de un proyecto a largo plazo. La estrategia de estos dos años de apoyar al gobierno en pos de derrotar al kirchnerismo tuvo como costo la pérdida de una cuota importante de identidad, tanto puertas para adentro como para con el electorado. 


En este tiempo, el PRO ha sufrido una fuga de dirigentes propios, justamente como consecuencia de esta alianza. De hecho, resulta paradójico que sus dos candidatos a presidente del 2023 hayan migrado. Por un lado, Patricia Bullrich que se convirtió rápidamente en Ministra Nacional; por el otro lado, Horacio Rodriguez Larreta, quien se escindió del partido que co-fundó y armó su propio espacio dentro de CABA. Sin embargo, la lista no se termina ahí. En esta pérdida de identidad son varios los referentes que migraron en alguna de estas dos direcciones, entre intendentes, diputados, etc. Entonces, puede observarse que aliarse a La Libertad Avanza le puede ser útil en términos electorales, pero tiene consecuencias complejas, como la pérdida de referentes y representación. En las últimas instancias de la contienda electoral y en el inicio de la gestión libertaria, el PRO se convirtió en una fuerza secundaria, un vehículo de apoyo, y no en un polo político diferenciado. El electorado, al ver a figuras históricas del partido sumarse sin matices a una boleta o un gabinete dominado por LLA, recibió un mensaje claro: el PRO ya no tiene un proyecto propio de poder, sino que funciona como satélite o proveedor de cuadros técnicos. 


En este escenario, la supervivencia estratégica del PRO pasa necesariamente por la diferenciación y la recuperación de su identidad, y la mejor herramienta que tiene para esto no son ni los discursos eufóricos, ni las manifestaciones en redes sociales, sino que tiene que salir a demostrar su principal virtud. La Gestión. Es imperioso que el partido que nació en un distrito, llegó a la presidencia y gobierna CABA hace casi 20 años se despegue de la narrativa oficialista anti Estado y antiPolítica, para volver a hablarle al desencantado. El PRO puede y debe seguir transformando los territorios donde gobierna demostrando que un Estado eficiente y presente, que garantice derechos, como la salud, la educación y la seguridad, sin abandonar el equilibrio fiscal, es posible.  


El partido se enfrenta a un riesgo grave como es la absorción. LLA como fuerza joven carece de la territorialidad y de cuadros técnicos con experiencia, por eso intenta captar uno a uno a los dirigentes del PRO, que en esta relación, al prestar sus “recursos”, va diluyendo su propia forma de ser. Si la gente ve a los funcionarios del PRO gestionando bajo la bandera de Milei, ¿Por qué votarían al PRO y no a directamente a LLA?. 


Es cierto que el estilo político de LLA, enfocado en el ajuste fiscal extremo, la confrontación ideológica constante y la deslegitimación de otras fuerzas políticas choca bastante con la esencia fundacional del PRO. Al aliarse sin una definición clara, sin una estrategia nacional compartida en los 24 distritos, el partido se expuso a ser identificado con una postura extrema que no tiene, ni representa a un número importante de sus militantes ni votantes de base más moderada, que valoran la estabilidad, el orden y la transparencia. 


Este costo estratégico se ve en la confusión del votante moderado (histórico núcleo duro del PRO). Si el partido quiere volver a seducir a ese sector que está desencantado con el kirchnerismo, pero que tampoco comparte los modos del gobierno de LLA, debe demostrar que tiene una agenda propia. Probablemente, la colaboración para la sanción de leyes que el país necesita sea un deber institucional, pero la fusión de identidades es un suicidio político. 


El costo de la absorción no es solo interno, sino que genera un vacío peligroso en el sistema de partidos nacional. Al fusionarse con el estilo rupturista de LLA (aunque el contexto actual invita a los extremos), el PRO abandonaría su posición histórica de ser un espacio de centro, moderno, sensato y previsible. Ese espacio (el centro) representa a millones de argentinos, que desean un Estado austero y eficiente, pero presente. 


El PRO, históricamente ha sido un partido que abraza las ideas del libre mercado, desde el pragmatismo. Sus banderas más fuertes son la gestión eficiente, el orden y la estabilidad, no le importa generar una revolución ideológica. Ahí debe radicar el punto de diferenciación con el gobierno. Mientras LLA se enfoca en la “Batalla Cultural”, y la confrontación, el PRO debe dedicarse a la batalla por la eficiencia y los resultados de la gestión. 


El PRO tiene la oportunidad de volver a convertirse en el faro de la certeza. Un partido de centro, pro mercado, que no grita, ni insulta, ni descalifica, sino que administra y planifica. Este es el perfil ideal para ir en búsqueda del votante desencantado, un partido que entienda la importancia del metro cuadrado donde reside cada vecino y trabaje para mejorarle la vida a cada uno de los vecinos. Si el PRO no logra marcar esa diferencia, será percibido como una versión light de La Libertad Avanza, y perderá apoyo de la clase media, los profesionales, empresarios y técnicos que valoran el orden institucional y la estabilidad económica por encima del debate ideológico, y que quedarían sin representación genuina, ampliando aún más el número de los desencantados. 


Si la crisis identitaria del PRO es resultado de su apoyo casi incondicional a LLA, la solución no puede ser retórica ni de confrontación mediática. La única vía posible para salir del laberinto al que entró, y de volver a enamorar al sector desencantado, es demostrando su principal cualidad, su capacidad de gestión. Su principal bandera se ve reflejada en la obra pública, en la seguridad, la educación de calidad, en el equilibrio de las cuentas fiscales, en fin, en la transformación de la realidad y en la mejora de la calidad de vida de millones de personas. El partido amarillo tiene la ventaja de contar con ejemplos exitosos de gestión a lo largo y lo ancho del país. Ejemplos que demuestran que una gestión ordenada y eficiente puede transformar la realidad. Estos tienen que ser la muestra clara que existe un camino de centro que tiene sus amplias diferencias con el populismo clientelista del kirchnerismo, y con la destrucción abrupta que propone el libertarismo. 


Mientras el gobierno nacional se enfoca solamente en las variables macroeconómicas, sin importarle los medios, realizando un ajuste drástico en detrimento de los sectores más vulnerables, el PRO debe enfocarse en la micro gestión que le mejora la vida al vecino, sin descuidar las cuentas públicas. La Ciudad de Buenos Aires es un ejemplo clarísimo de este modelo de gestión, donde lleva varios años consecutivos manteniendo el equilibrio fiscal sin desfinanciar áreas claves, en contraposicion al kirchnerismo (que se caracterizó por su irresponsabilidad fiscal) y al gobierno nacional (que desfinancia jubilaciones, salud y educación). Por otra parte, el PRO se caracteriza por la inversión en infraestructura a largo plazo. La modernización y planificación urbana, las mejoras en la red de transporte, la urbanización de barrios populares en CABA, los famosos entubamientos de los arroyos que evitaron nuevas inundaciones, las mejoras edilicias en escuelas y hospitales son muestra de un modelo de gestión donde el Estado eficiente es aquel que planifica y ejecuta con responsabilidad y no el que recorta. 


Por último, pero no menos importante, es crucial que el PRO se diferencie de la agenda simbólica de la Libertad Avanza, que enarbola (como ya mencionamos) la bandera de la batalla cultural, manteniendo una confrontación constante en medios y redes sociales. Si bien esto le resulta exitoso al oficialismo, ya que gran parte del electorado se siente identificado, también aleja a una gran porción del electorado que tampoco se ve representado por el kirchnerismo, y que no necesita de memes ni tweets violentos, sino que necesita respuestas concretas a problemas concretos. 


Por ende, el PRO debe mostrar que su bandera es la gestión. El ciudadano que ve que la plaza está linda, la calle está limpia, que sus hijos tienen clases, que los semáforos funcionan, que hay policía en la calle, que el subte y el colectivo funcionan bien, en fin, el ciudadano que ve que la política no le complica la vida, valora la buena gestión independientemente de la ideología. Este es el camino que se debe tomar, son estos pequeños actos de gestión diaria los que le van a devolver al ciudadano la confianza en la política. No el show mediático que se ve en televisión, o los cruces “picantes” en redes sociales de personas de un espacio versús otros, eso se termina en un momento, y lo que importa, siempre pero siempre es la calle. 


Para el PRO, la gestión tiene que volver a ser su carta de presentación. Tiene que dejar de especular y recuperar su visión de Estado moderno, eficiente y presente que garantice derechos de manera responsable. Es la única alternativa que tiene para distanciarse de un gobierno que no representa para nada su principal bandera. Levantando la gestión, el partido no sólo recupera su identidad, sino que también vuelve a ocupar el espacio de centro dejando atrás la imagen de partido satélite, y reposicionarse como una opción viable de gobierno para el futuro.


El PRO tiene la obligación de elegir la supervivencia identitaria por encima de la conveniencia táctica. Y la única herramienta que posee para trazar esta línea divisoria, para frenar la absorción y para reconquistar al votante moderado, es su experiencia de gestión. Es gracias a los éxitos de gobierno que tuvo durante estos años que pudo mantenerse como gobierno en CABA, y lo que permitió alcanzar la presidencia en 2015. La transformación de la Ciudad que logró Macri como jefe de gobierno, le valió para posicionarse en el plano nacional y triunfar en la elección presidencial. Se puede pensar que la victoria fue un premio, que la sociedad le otorgó, para reconocerle el trabajo realizad. 


Mientras el debate nacional se concentra en la macroeconomía y la batalla cultural, el PRO tiene que demostrar que sabe resolver el problema del metro cuadrado: La limpieza, la seguridad, las obras públicas, etc. Esta demostración de capacidad ejecutiva que logra con equilibrio fiscal, pero sin abandonar áreas sociales, es su mayor capital político que lo distingue radicalmente del populismo, tanto kirchnerista como libertario. 


El futuro político del partido pasa por la decisión de sus líderes de abrazar nuevamente su vocación fundacional. Para recuperar al PRO, ese partido que ganó hasta 2023 todas las elecciones en CABA, que llegó a la presidencia en 2015, que cuenta con gobernadores, intendentes, diputados, senadores y concejales, es obligatorio abrazar nuevamente la bandera de la gestión, aquella que le permitirá dejar atrás la imagen de segunda marca de La Libertad Avanza y posicionarse como alternativa viable, moderna y seria que le permita ser competitivo en las elecciones del 2027. 





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Franco Turroja es politólogo y militante del PRO hace 10 años. Actualmente, ocupa el Rol de Secretario de Juventud del partido en la Comuna 8.


 
 
 

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