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Una nación en espejo: lo que revelan nuestras crisis recurrentes

  • Foto del escritor: María Belén Benito Mugnolo
    María Belén Benito Mugnolo
  • 14 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

por María Belén Benito Mugnolo


René Girault (1998): “Estamos condicionados por nuestro propio tiempo. El presente, prisión ineludible pero también plataforma necesaria para la observación del pasado, es el que impone, con su urgencia en la resolución de los problemas que vivimos, las preguntas que nos hacemos.”


El presente argentino, atravesado por tensiones económicas y sociales profundas, nos obliga a mirar más allá de la coyuntura: detrás del clima actual late una cultura política marcada por décadas, e incluso siglos de confrontación, violencia simbólica y desconfianza. Lo que hoy interpretamos como un fenómeno nuevo tiene raíces históricas mucho más extensas, que moldearon la forma en que construimos poder, adversarios y pertenencias políticas.


Las elecciones de octubre simplemente expusieron con crudeza esa herida. No solo por su resultado, sino porque revelaron un país cansado, fragmentado y sin un horizonte compartido. En ese clima de agotamiento y desconfianza, se fortaleció la figura de Javier Milei, cuya llegada al poder en medio de una crisis de representación persistente actualizó una lógica que no es nueva: la del antagonismo como identidad política. Su discurso de la casta contra el pueblo no inventó el odio; lo resignificó dentro de esa tradición de divisiones que atraviesan nuestra historia.


La Argentina se consolidó sobre una violencia fundante: la expansión territorial impulsada por Roca, llevada a cabo a costa de la vida de miles de pueblos originarios; el dominio de las élites agroexportadoras, que concentraban el poder político y económico y gobernaban en función de sus propios intereses, sin permitir la participación efectiva de otros sectores; y los golpes de Estado que, aun bajo la apariencia de restaurar la democracia, terminaron profundizando la exclusión y el autoritarismo.


Con el paso del tiempo, esa lógica de poder se transformó, pero no desapareció. La política argentina se construyó más en la confrontación con el adversario que en la búsqueda de consensos. Con la aparición de una de las figuras más trascendentes de nuestra historia, Juan Domingo Perón, quien gobernó entre 1943 y 1955, se configuró un nuevo antagonismo que marcaría profundamente la vida política: el peronismo y el antiperonismo.


En ese contexto de tensiones crecientes, los golpes de Estado se convirtieron en un mecanismo recurrente para intervenir en la vida institucional. Desde 1955 en adelante, las Fuerzas Armadas asumieron un papel tutelar y, en su mayoría alineadas con los sectores de la derecha antiperonista, recurrieron a la interrupción del orden constitucional, la proscripción y la represión como formas de resolver conflictos que deberían haberse tramitado por canales democráticos.


La proscripción del peronismo, que se extendió desde 1955 hasta 1973, dejó a gran parte de la población sin representación política efectiva. Durante esos años, los partidos se enfrentaron a lo que Guillermo O’Donnell denominó el juego imposible: ningún partido podía ganar elecciones sin el apoyo de la mayoría peronista, pero si lo hacía, era derrocado por las Fuerzas Armadas. 


Entre 1955 y 1983 (vuelta de la democracia), la Argentina tuvo 16 presidentes: 9 fueron militares y 7 elegidos democráticamente. De estos últimos, solo 2 asumieron mediante elecciones libres: Juan Domingo Perón, en 1973, cuyo mandato quedó inconcluso por su muerte al año siguiente, y Raúl Alfonsín, que logró completar la mayor parte de su gobierno, aunque debió entregar el poder antes de tiempo. En menos de tres décadas, el país atravesó cuatro golpes de Estado y una sucesión constante de gobiernos interrumpidos que impidieron la consolidación de la democracia, y una idea de Nación compartida. 


Esa herencia tuvo un efecto visible en las democracias del siglo XXI, donde la lógica de la confrontación persistió. La irrupción del kirchnerismo reeditó la división del país entre dos proyectos antagónicos sobre el rumbo de la nación, influyendo en la manera en que las nuevas generaciones concebían la política.


En continuidad con ese recorrido histórico, emerge la figura de Javier Milei, que no es mejor ni peor que aquellos líderes, pero que representa algo distinto: la combinación entre una crisis de representación persistente y una tendencia global de avance de las derechas radicales.


Con el paso del tiempo cambiaron los nombres, los rostros y los discursos, pero no la manera en que nos vinculamos. La economía, hoy la mayor preocupación de la sociedad, no es más que el reflejo de una herida más profunda: la incapacidad de convivir, de confiar y de imaginar un futuro compartido. Nuestra generación hereda ese cansancio y tiene ante sí el desafío de quebrar ese ciclo.


No es una acción fácil de realizar. Las generaciones que siguieron crecimos en ese eco. Heredamos una cultura política atravesada por la confrontación, por la necesidad de tener enemigos antes que acuerdos. Y, frente a ese pasado que se repite, surge una pregunta inevitable: ¿Qué nos falta para empezar a construir un país donde el desacuerdo no sea sinónimo de enemigo, y el diálogo vuelva a ser una herramienta de cambio?


Todo nuevo comienzo requiere de un acuerdo común, un punto de encuentro donde todos seamos parte. La exclusión de algunos sectores ante nuevos proyectos solo genera resentimiento. Este primer paso es fundamental: no se puede construir un nuevo proyecto de Nación si no están representadas todas las voces. Cuando alguien queda fuera, nacen las divisiones, las guerras y el odio.


Hoy vivimos inmersos en un clima de agresión y desconfianza, donde la palabra del odio se impone sobre la escucha. Sin diálogo no hay futuro posible ni esperanza colectiva.


Refundar la Argentina significa ir a contramano de la cultura política que heredamos, pero también es el único camino para sanar nuestro pasado. Solo a partir de un nuevo acuerdo moral que reemplace la confrontación por la cooperación y el desprecio por el respeto podremos dejar atrás la historia que venimos repitiendo generación tras generación. Y solo desde ese nuevo comienzo podremos sentar las bases de un país con justicia social, desarrollo económico y una esperanza verdaderamente común.




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María Belén Benito Mugnolo es licenciada en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires. Trabaja como asesora legislativa en la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. Militante de la Coalición Cívica desde los 17 años.



 
 
 

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