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APUNTES PARA UN DEBATE (EN SERIO) SOBRE VENEZUELA

  • Alberto Soria
  • 3 jun 2025
  • 7 Min. de lectura

Por Alberto Soria


Este artículo es una contestación a la nota "VENEZUELA, LA CONTRARREVOLUCIÓN ES VITAL", escrita por Julián Ledesma y publicada el 2 de junio del 2025.


I. Sobriedad. Para dar un debate (en serio) sobre las condiciones de posibilidad de una redemocratización de Venezuela hace falta, primero, que nuestros posiciones puedan ser efectivamente racionales – como tanto se demanda –, y por ello, que puedan gozar de un poco de sobriedad y un poco de humildad. Insistir en términos como hambreador de un pueblo, sanguinario, fascista – como si esta fuese una palabra que un politólogo pudiese tirar tan a la ligera –, hacer apelaciones emocionales por los niños, por las vidas humanas; descripciones que rozan la hipérbole, etc., etc., etc., en vez de apostar a una política de debate, termina anulando toda posibilidad de debate genuino, porque es una apuesta a expulsar toda posibilidad de ciencia y teoría crítica, en búsquedas de producir no un espacio de dialogo e intercambio, sino de lamentos y lloriqueos colectivos, de gritos y acusaciones, de conmociones y pasionalidad hiperactuada. No apuesto a una ciencia desmotivada y desapasionada. Creo, genuinamente, que la ciencia debe tener compromiso y pasión política. Pero cuidémonos de hacer un descargo puramente pasional, sin producir ningún tipo de argumentación realmente científica. Si escribimos panfletos, por lo menos que contengan la altura del Manifiesto Comunista al momento de combinar pasión política y argumentación científico-filosófica.


II. Guardemos la ametralladora de conceptos. Parte de la sobriedad en un análisis verdaderamente científico – por más pasional que pueda ser –, es también ser humilde con los conceptos que utilizamos. Retomo el que ya mencioné. No se puede usar, por ejemplo, “Fascismo” para describir al gobierno de Maduro. La Argentina de los ’80 y ’90 tuvo largos y tendidos debates respecto a las dificultades de utilizar el concepto Fascismo para calificar a Videla. Hoy, en América Latina tenemos esos mismos debates para descifrar si amerita llamar Fascistas a Trump, Bolsonaro o Milei. Ser dictador no es ser fascista. Ser autoritario no es ser fascista. Ni si quiera ser un sanguinario, hambreador de pueblos, violador de derechos humanos, es ser fascista. De hecho, llamar fascista a Maduro es insultar a Benito Mussolini o Adolf Hitler, verdaderos fascistas. No posee el movimiento de masas, ni las interpelaciones ideológicas, ni un proyecto totalitario, como lo tuvieron los fenómenos efectivamente fascistas. ¿Podrá ser populista? Sí, pero eso no es fascismo. E inclusive, uno debería cuestionar si Maduro es efectivamente populista. Porque puede replicar palabra por palabra el discurso de Hugo Chávez, construir un ellos y un nosotros, establecer una cadena equivalencial de demandas, etc., etc., etc., y aún así, hoy no reproduce el lazo libidinal con la masa popular venezolana que construyó Chávez. ¿Un líder populista sin masa, sin pueblo, realmente es populista?


III. ¿Y si los fascistas somos nosotros? La política, ni la ciencia política, está para dar la discusión filosófica sobre la moralidad: no puede estar un cientistas político preguntándose cuán bajo ha caído moralmente la izquierda o la derecha, la oposición o el chavismo, la sociedad o el mundo. Porque eso implica arrogarse la superioridad moral revelada, subirse al pedestal con el cual uno se cree capacitado de juzgar a cualquier otro que no coincida con uno. Y esto conlleva dos consecuencias.


La primera, que desde el pedestal no se puede hacer política – porque la política implica tener que discutir, hablar, inclusive negociar, aunque no lo queramos, con quien consideremos el sujeto más indeseable de todos (y uno se pregunta, ¿no hubo así sea en algún grado, un mínimo de negociación entre la Multipartidaria y la Junta Militar argentina? ¿Madres y Abuelas de Plaza de Mayo no se entrevistaron tantísimas veces con los militares responsables de la desaparición de sus hijos y nietos, buscando conmoverlos de alguna forma para que los liberasen?).


La segunda es que mientras más moralicemos la política, más pronto nos acercamos al barranco del fascismo y del totalitarismo. Porque podemos clamar contra la ceguera ideológica, contra las prácticas políticas que construyen enemigos y traidores de la patria, que polarizan y abren grietas entre un ellos y un nosotros irreconciliables y tirando a la mutua aniquilación – todo esto anulatorio del pensamiento racional y de la objetividad científica –, pero si construimos nosotros mismos un adversario o un enemigo político que es un sanguinario, un hambreador de su pueblo, un fascista, es decir, un monstruo. ¿Qué hacemos después contra ese monstruo? Con el monstruo no se negocia, con el monstruo no se discute, con el monstruo no se puede hacer otra cosa que su aniquilación o exterminio. Capaz digamos “no, bueno, pero no queremos colgar de cabeza al fascista de Maduro, nos basta conque pague por sus crímenes”, pero la distancia política entre pedir que el monstruo pague por sus crímenes y terminar aceptando que ese pague por sus crímenes sea su fusilamiento es casi nula, o ya nula.

Luego, ¿quiénes tienen que pagar por los crímenes del chavismo? ¿La élite en el gobierno actual? ¿toda la dirigencia chavista, aunque no esté involucrada en la represión o en la corrupción? ¿la militancia chavista que genuinamente cree que está defendiendo a la patria de las fuerzas imperiales? ¿el votante chavista que quiere asegurarse que pueda seguir recibiendo el bono o la bolsa CLAP, o que vota a Maduro porque es aún leal a Chávez? ¿Todos los que alguna vez votaron a Chávez y a Maduro, porque por ellos llegamos acá? Y los opositores que negociaron con Maduro también, ¿no? ¿Quién, en la política, es juez para determinar quién es moralmente responsable de tan atroces crímenes que se denuncian? ¿Nosotros, los intelectuales? Pedir el cierre último de la política, sostener la interpretación final de la realidad, es lo verdaderamente fascista – y acá aclaramos: se puede ser fascista y no haber cometido una violación de derechos humanos (aún). Porque el fascismo tiene una dimensión ideológica, como una dimensión política, y tiene una historia económica y una historia institucional.


IV. Contrarrevolución. Se puede pedir la contrarrevolución (es decir, la revolución contra la revolución) democrática, más siendo consciente que la práctica revolucionaria implica la construcción del tirano fascista al cual se es inmoralmente aceptable no odiar y buscar derrocar. Pero no se puede pedir la contrarrevolución y al mismo tiempo pedir su expresa contradicción, que es la política del debate y la democracia genuina. O se está con Dios o con el Diablo. A menos que se crea que para producir la política democrática de debate debamos exterminar primero a los monstruos rojitos que habitan en Miraflores. Pero, de vuelta, un poco a fascismo hieden esas ideas.


V. Itinerarios de debate. La discusión sobre el régimen democrático o dictatorial, sobre las violaciones de derechos humanos, cuando traídos a la discusión de la Ciencia Política, terminan siendo sencillas redundancias, prácticas de denuncia y propaganda política escondidas en el velo de un falso academicismo, para tratar de conformar algún alma dolida de venezolano emigrado. Para dar debates (en serio) por la democracia venezolana capaz debamos empezar a discutir las agendas de las que nadie está hablando, o muy pocos. Por ejemplo, ¿por qué aceptamos tan fácilmente la idea de que Videla combina fascismo con neoliberalismo y Maduro, fascismo con populismo? Saquemos fascismo de la ecuación. También populismo porque ya descartamos este concepto. ¿Por qué no preguntarnos si Maduro, hoy por hoy, no es neoliberal?


¿No hay algo de neoliberal en sus zonas económicas especiales, y en usar el salario como ancla inflacionaria, y en desregular masivamente la megaminería, causando uno de los mayores desastres ecológicos? ¿Por qué no tenemos debates genuinos sobre el Modo de Producción actual de Venezuela, y qué significa esto para el régimen político? ¿Por qué hoy hay una simbiosis entre los capitales tradicionales de apellidos patricios o formados en la Cuarta, y los nuevos capitales boliburgueses? ¿Qué hacemos con el crecimiento de las mafias, grupos guerrilleros y fuerzas armadas irregulares que hoy vinculan sus intereses con los de las grandes empresas occidentales que han logrado infiltrarse en el Amazonas?


Capaz, si queremos moverle el avispero a la izquierda internacional, podríamos dejar de repetir las mismas palabrerías que confunden a cientistas sociales con falsos abanderados de los derechos humanos, como Luis Almagro, ex Secretario General de la OEA, y empezar a establecer discusiones que pongan en lugares nuevos de reflexión a esas Izquierdas Latinoamericanas. Además, capaz para poder empezar a debatir con esas izquierdas latinoamericanas, podamos buscar que nuestros compatriotas no los metan a todos en ese mismo saco demonizante en el que se mete al chavismo, cuando volcamos sobre estos la idea de una monstruosidad absoluta.


VI. Soluciones. En política, no hay soluciones, porque la política no es un problema. Más bien, cuando tendemos a pensar en soluciones, cierres definitivos a algo que es social, y por tanto, abierto en su constitución misma, un poco nos vamos, otra vez, acercando a cierto sueño de Solución Final – que ya sabemos de dónde viene y a dónde va. Venezuela no requiere soluciones, requiere política. Es decir, requiere aprender a convivir con la incomodidad que supone tener que intercambiar así sea una palabra con aquellos que “creemos” monstruos. Y esto no lo digo como un llamado a negociar con Maduro. Lo digo como un llamado a tener que bajarle dos cambios a la moralización de la política, y reconocer que la realidad es superior a nuestros ideales, que el pragmatismo (cuando está orientado a los fines correctos) es superior a un dogmatismo que nos hace sentir moralmente superiores y limpios – pero que nos convierte efectivamente en políticamente improductivos (¿o qué otra conquista ha logrado la pura denuncia excepto publicidad y confort moral?). La política no se trata de tener la razón, sino de transformar las cosas. Para tener la razón, sin transformar nada, podes vivir de intelectual crítico en un programa de radio. Solo los militantes producen transformaciones políticas, y eso implica incomodidad, humildad y sobriedad.



 
 
 

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