El acuerdo comercial Argentina - Estados Unidos: implicancias y lecciones históricas
- Luisana Raimondi

- 9 dic 2025
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por Luisana Raimondi
Argentina y Estados Unidos buscan firmar un acuerdo comercial que reabre el debate sobre la estrategia de inserción internacional argentina, y plantea interrogantes sobre su compatibilidad con el Mercosur.
El acuerdo se firmará en un contexto de redefinición de la política exterior bajo la administración de Javier Milei, quien impulsa una apertura económica más amplia y un alineamiento preferencial con Washington. Esto contrasta con la lógica del Mercosur basada en la negociación conjunta y en un Arancel Externo Común (AEC). El gobierno argentino explora vías bilaterales ya que el comercio intrabloque se encuentra estancado, y la política exterior estadounidense se caracteriza por impulsar acuerdos para facilitar el comercio e inversiones.
¿Qué tipo de acuerdo es?
El comercio internacional distingue entre los acuerdos comerciales tradicionales -centrados en preferencias arancelarias limitadas y cooperación técnica- y los Tratados de Libre Comercio (TLC) -implican compromisos regulatorios amplios en bienes, servicios, propiedad intelectual, inversiones y estándares laborales o ambientales-.
Si bien el texto oficial aún no está disponible, ambas administraciones difundieron sus ejes y alcance previsto.
Entre los compromisos previstos para Argentina se incluyen:
apertura a productos agroalimentarios sensibles y flexibilización de controles sanitarios;
aceptación de certificaciones estadounidenses en alimentos, medicamentos y automóviles;
incorporación de disciplinas sobre empresas estatales y subsidios;
adopción de estándares laborales y ambientales;
mecanismos para facilitar el acceso estadounidense a minerales críticos.
En cuanto a las concesiones estadounidenses, se prevé:
eliminación de aranceles a ciertos productos argentinos (principalmente primarios y agroindustriales);
mejoras del acceso para exportaciones de carne;
cooperación técnica y comercial en materia de minerales críticos.
El acuerdo presenta rasgos usualmente asociados a un esquema de integración profunda, aunque con un alcance más acotado que los TLC que Estados Unidos ha firmado con otros países de la región.
El acuerdo también es normativamente asimétrico. Estados Unidos concentra sus concesiones en reducciones arancelarias sectoriales y cooperación técnica, mientras que Argentina incorpora compromisos regulatorios de mayor alcance. Esto es frecuente en acuerdos entre economías con distintos niveles de productividad y capacidades, y es un patrón observado en otros acuerdos entre Estados Unidos y países de ingreso medio.
Cabe destacar el capítulo de minerales críticos: se busca fortalecer la presencia estadounidense en las cadenas de valor del litio en un contexto de competencia global. Esto ubica al acuerdo dentro de nuevas tendencias comerciales, que integran objetivos geopolíticos y de seguridad económica.
También son relevantes las disciplinas a la propiedad intelectual, estándares laborales y regulaciones a empresas estatales: el patrón comercial estadounidense pretende limitar prácticas consideradas ‘no mercantiles’ por parte de terceros países, especialmente China, para fortalecer su posición competitiva. Es decir, se reitera el alineamiento argentino con sus prioridades geopolíticas y económicas.
Estos compromisos se corresponden con los estándares de los TLC firmados por Estados Unidos en la última década. Se refuerza que el acuerdo trasciende el formato tradicional, pero continúa siendo más acotado que un TLC.
En los siguientes apartados será comparado con otros acuerdos comerciales históricos con el fin de identificar sus diferencias y evaluar su implicancia.
Roca-Runciman:
El acuerdo bilateral Roca-Runciman garantizó una cuota de exportación de carne argentina a Gran Bretaña siempre que su precio fuera inferior al de otros proveedores. A cambio, Argentina liberó impuestos sobre productos británicos y restringió la instalación de frigoríficos nacionales, de modo que el 85% de las exportaciones de carnes quedaba en manos británicas. Además, se comprometió a no aumentar aranceles aduaneros y a mantener compras de carbón y otros bienes.
El acuerdo se dio en el contexto de la crisis de 1929 y la Conferencia de Ottawa, que favorecía a la Commonwealth. Fue una manera de preservar el modelo agroexportador frente a la pérdida de su principal mercado. Con ello, se profundizó la dependencia de la potencia, se reforzó el carácter semicolonial y asimétrico y se perjudicó a pequeños productores.
Este pacto es comparable porque se busca asegurar el acceso a un mercado a costa de concesiones significativas, alineando la política económica y geopolítica con la potencia.
ALADI:
La ALALC (Asociación Latinoamericana de Libre Comercio) y luego la ALADI (Asociación Latinoamericana de Integración) evidenciaron la preferencia argentina por los marcos regionales en pos de evitar acuerdos bilaterales asimétricos.
La ALALC buscó crear una zona de libre comercio en un plazo de doce años pero fracasó por ser muy ambiciosa y no contar con instituciones fuertes ni mecanismos para compensar a las economías más pequeñas.
La ALADI es el marco jurídico vigente que habilita los Acuerdos de Complementación Económica (ACE) de la región. Se basa en criterios flexibles, graduales y el trato especial y diferenciado, lo cual permite acuerdos bi y/o plurilaterales, desgravaciones selectivas y distintos ritmos.
Se busca fomentar el comercio intrarregional, a diferencia del acuerdo bilateral con Estados Unidos, que pretende una reestructuración normativa profunda.
ACE 35:
El Acuerdo de Complementación Económica Nro. 35 (ACE 35) entre Chile y el Mercosur es uno de los instrumentos más representativos del regionalismo abierto latinoamericano. Buscó conformar un espacio económico ampliado mediante la eliminación progresiva de aranceles, reglas comerciales claras y la creación, en el mediano plazo, de un área de libre comercio entre economías con niveles de desarrollo relativamente comparables.
Había interés mutuo: Chile buscaba acercarse al Mercosur sin ser miembro pleno, mientras que el bloque lo veía como un socio comercial complementario. Su contenido fue acotado y estrictamente comercial: no implicó exigencias regulatorias profundas ni compromisos de política interna, y priorizó la desgravación arancelaria progresiva.
Produjo ganancias recíprocas porque fortaleció el comercio e impulsó la complementariedad productiva. Es una ejemplar negociación entre socios con capacidades relativamente simétricas y objetivos compartidos.
¿Qué pasa con el Mercosur?:
El Mercosur constituye el esquema de integración más relevante y estructurante en la trayectoria de la política comercial argentina.
Es un proceso de integración profunda cuyo fin es conformar un Mercado Común. Aunque esto no se ha alcanzado, funciona como una unión aduanera imperfecta, con libre circulación de bienes, la adopción de un Arancel Externo Común (AEC) y la exigencia de negociar acuerdos en conjunto.
Se basa en un modelo de integración progresiva y equilibrada, con desgravaciones arancelarias graduales, armonización parcial de políticas productivas y mecanismos institucionales de coordinación.
No incluye compromisos regulatorios porque promueve la preservación de la ‘soberanía regulatoria’ de los Estados miembros en pos de mantener un enfoque de integración centrado en el comercio de bienes, la producción regional y la complementariedad industrial.
El actual acuerdo con Estados Unidos tensiona con el Mercosur porque ningún miembro puede reducir unilateralmente aranceles a socios extrazona ni tomar compromisos comerciales profundos de manera individual. Sus reglas buscan evitar la negociación asimétrica en soledad.
Puede haber tensiones institucionales porque:
Se ve desafiado el principio de coordinación del bloque y se abre la puerta a que cada país avance por su cuenta, debilitando la posición negociadora conjunta.
Pueden profundizarse las asimetrías internas.
Se ve comprometida la consistencia del Arancel Externo Común (AEC) y del manejo común de la política comercial.
Argentina enfrenta riesgos económicos y políticos: puede quedar en desventaja si otro miembro accede a beneficios preferenciales con Estados Unidos y puede debilitar su incidencia en la agenda del bloque. Asimismo, puede haber observaciones formales o controversias dentro de los órganos del Mercosur, e incluso medidas compensatorias o de retorsión comercial por parte de los socios. Aunque no se prevé sanciones automáticas, estos costos ponen en riesgo su posición dentro del esquema regional.
Sobre el nivel de profundidad del acuerdo:
Mercosur-UE:
Firmado por el Mercosur como bloque, el acuerdo Mercosur-Unión Europea es clave para dimensionar los desafíos de negociar con actores de alto poder. Su alcance se refleja en la incorporación de capítulos regulatorios complejos -medio ambiente, propiedad intelectual, compras públicas, normas técnicas y desarrollo sostenible- que exigen compromisos similares a los del acuerdo bilateral entre Estados Unidos y Argentina.
Sus compromisos tienden a reforzar las dinámicas estructurales preexistentes: el Mercosur se consolida como exportador de productos primarios y agroindustriales; la UE mantiene su posición dominante en manufacturas de mayor complejidad tecnológica. Esa especialización asimétrica genera tensiones en sectores industriales sensibles y puede ampliar brechas de desarrollo.
Incluso negociando en bloque, se mantiene la asimetría regulatoria y de capacidades. Por eso, sin la protección institucional del Mercosur ni la negociación conjunta, las brechas de poder, compromisos e impactos pueden ser aún mayores. Negociar con una potencia siempre trae exigencias elevadas; hacerlo en soledad incrementa la exposición y reduce los márgenes de maniobra.
ALCA:
El Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), impulsado por Estados Unidos, pretendía conformar un mercado que abarcara desde Alaska hasta Tierra del Fuego, integrando comercio, inversiones y regulaciones internas, para reordenar el comercio hemisférico bajo su liderazgo.
No se limitaba a rebajas arancelarias, sino que incorporaba normas sobre propiedad intelectual, compras públicas, inversiones y servicios, con estándares más exigentes que los contemplados en la OMC.
En Argentina, inicialmente se inscribió dentro del lineamiento estratégico con Estados Unidos impulsado durante el menemismo ya que permitiría exhibir una nueva orientación internacional y obtener beneficios económicos potenciales, especialmente para sectores agroexportadores.
Esta postura se mantuvo con De La Rúa, pero el proyecto comenzó a diluirse por el estancamiento de las negociaciones, la falta de concesiones de Estados Unidos, los costos para sectores industriales argentinos y brasileros, y el surgimiento de alternativas regionales.
El ALCA ofrecía beneficios acotados: Estados Unidos no era -ni es- un mercado central para las exportaciones argentinas y mantiene una larga tradición de restricciones a productos agroindustriales competitivos. El agro podía obtener algunas ventajas, pero la industria enfrentaba riesgos, y el déficit comercial con Estados Unidos era difícil de revertir.
Comparado con el acuerdo actual, pueden identificarse continuidades que permiten comprender el tipo de relación que se configura cuando Argentina negocia con Estados Unidos en condiciones de asimetría:
El acuerdo actual comparte cierta amplitud regulatoria del ALCA, aunque reducida.
Estados Unidos obtiene compromisos sin ofrecer una apertura recíproca proporcional, en línea con la dinámica típica de negociación entre potencia y país de desarrollo medio.
Las obligaciones regulatorias tienen efectos geopolíticos, alineando áreas sensibles con los estándares estadounidenses.
Los beneficios para Argentina eran y son sectoriales, moderados y no se revierte el histórico déficit comercial con Estados Unidos.
Persisten las tensiones con el Mercosur y la implementación depende de compatibilizarlo.
Resulta útil leer el nuevo acuerdo como un “mini ALCA”. No por su escala, sino por la persistencia de un patrón histórico: Estados Unidos vuelve a impulsar una lógica regulatoria de amplio alcance, pero esta vez sin el marco institucional ni los equilibrios propios de un acuerdo hemisférico.
A esto se suma el contexto actual argentino: una matriz exportadora más primarizada y una industria más débil y de menor peso que cuando se intentó el ALCA, profundizan las asimetrías y reducen su capacidad de negociación.
Cabe destacar, además, la superposición de agendas asociada al nuevo préstamo negociado entre Argentina y el Tesoro de Estados Unidos. La coincidencia temporal es relevante ya que los instrumentos comerciales y financieros suelen complementarse para reforzar alineamientos estratégicos.
Conclusiones
El acuerdo bilateral entre Argentina y Estados Unidos combina una estrategia de política exterior orientada a un alineamiento preferencial con Washington, en un contexto de estancamiento del Mercosur y creciente competencia global por recursos estratégicos.
Es un instrumento más profundo que un acuerdo comercial tradicional porque incorpora disciplinas regulatorias asociadas a los Tratados de Libre Comercio. Pero su alcance es más acotado, de modo que se ubica en un nivel intermedio.
Los beneficios para Argentina existen, pero son sectoriales y limitados, reproduciéndose un patrón histórico de negociación asimétrica observable en experiencias previas como el ALCA y el acuerdo Roca-Runciman.
Las implicancias regionales son significativas porque el acuerdo tensiona con el Mercosur y debilita su principio de negociación conjunta. A largo plazo, se puede fragmentar la política comercial externa del bloque, exacerbar asimetrías internas y reducir su capacidad de incidencia en el comercio internacional. Mientras tanto, Argentina puede quedar aislada en decisiones estratégicas o sufrir costos derivados de la pérdida de coordinación con sus socios.
Finalmente, la estructura productiva actual argentina amplifica las asimetrías del acuerdo y reduce los márgenes de maniobra, al igual que negociar en soledad con una potencia.
El acuerdo marca un hito relevante en la trayectoria histórica argentina de inserción internacional, evidenciando continuidades y rupturas: se conservan patrones históricos de negociación asimétrica con potencias, se introducen nuevas disciplinas, se tensiona la coordinación regional y se enfrenta a la estructura productiva del país con nuevos desafíos.
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Luisina Raimondi es Licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Investiga temas de política exterior, instituciones y calidad democrática. Actualmente trabaja en moderación de redes sociales y es Analista de Coyuntura en la Fundación Politeia.



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