“Buenas Noches y Buena Suerte”, o el hecho de que no pensamos lo suficiente en el periodismo
- Mariano Rodriguez
- 12 sept 2025
- 6 Min. de lectura
Por Mariano Rodriguez
El periodismo conforma un centro gravitante al interior de nuestras democracias modernas. Representa la encarnación de uno de los principios más trascendentales del constitucionalismo occidental y es la herramienta que, con la masifiación de la comunicación social, muchos usamos para informarnos y ponernos al tanto de lo que acontece en la cotidianidad. Como actor protagónico de nuestras polarizadas sociedades y comunidades no es extraño, para nadie debería serlo, que su existencia, realidad y capacidad cuente con una trascendencia fundamental al interior del debate público que nos rodea.
Discusiones acerca del periodismo, no obstante, existieron desde que nuestros proyectos de nación se inauguraron como experimentos intrínsecamente relacionados con los valores de la modernidad. El reflejo de estos debates y cómo ellos se podrían dar, estructurar y llevar a cabo pueden verse reflejados en la obra de teatro “Buenas noches y buena suerte”. Basada en la película homónima, fue estrenada hace algunos meses en Broadway de la mano de George Clooney y sigue el recorrido del periodista norteamericano Edward R. Murrow quien, desde su programa en la cadena CBS, se enfrentó abiertamente al todopoderoso senador Joseph McCarthy durante el auge y primacía del macartismo.
La Guerra Fría, adentro y afuera
Es importante recordar el contexto, popularizado por distintas obras de ficción en distintos momentos de la historia reciente. El macartismo fue la mayor expresión del terror que el comunismo supo generar en la sociedad norteamericana durante el auge de la Guerra Fría. Fue una movida de persecución estatal orquestas por aquel joven senador del Estado de Wisconsin que alcanzó a artistas, científicos y distintas personas del mundo de las ideas que, más antes que después, tenían que enfrentarse a las reuniones del celebre Comité de Actividades Antiestadounidenses.
Personajes como el guionista de cine Dalton Trumbo y el científico Robert Oppenheimer fueron citados a declarar en procesos recordados por su opacidad y considerables violaciones a los fundamentos del estado de derecho. Los acusados debían presentarse ante el comité con el objetivo de demostrar su inocencia frente a una corte completamente informal conformada a voluntad de políticos inescrupulosos que solían tener la condena escrita y firmada de antemano.
Con esta lógica, la presunción de inocencia desaparecía a manos de un temor que parecía justificar la idea de que, antes que nada, somos culpable de pensar y expresarnos en libertad.
Aunque las decisiones del comité no fuesen vinculantes, el impacto social y cultural de las citaciones llevaba a los acusados a ser incluidos en distintas listas negras que limitaban sus perspectivas de desarrollo personal y profesional. Muchos tuvieron que recurrir a la clandestinidad (escribiendo películas bajo seudónimos, por ejemplo) y otros directamente dedicaron la totalidad de sus vidas a demostrar su inocencia.
La pelea
Pocos en la década de 1950 criticaban al tiránico legislador abiertamente. Existía un terror latente que hacía que algunos justificaran las medidas y otros directamente miraran para un costado. Es justamente este hecho el que hace que el accionar de Murrow sea tan recordado y recuperado hoy en día. Un periodista, de los más destacados y respetados de su época, decidió levantarse en contra de los abusos de un Estado que actuaba completamente por fuera de su propia legalidad.
Al interior de este conflicto entre un reconocido y popular periodista y un joven y poderoso senador se encuentran, también, muchas de las cuestiones que preocupan acerca del debate y la comunicación públicas hoy en día. Los intereses de los ejecutivos de su canal de televisión, el temor de sus colegas y compañeros al momento de enfrentarse al Estado y denunciarlo, el compromiso por revelar la realidad y la lucha en contra del fanatismo que invadía una sociedad desarrollándose durante el momento álgido de un conflicto verdaderamente existencial, son algunos de los factores que condimentan una historia plagada de particularidades que nos son demasiado cercanas.
En este sentido, e insistiendo con la coyuntura, la obra está atravesada por la estética de la guerra fría, del conflicto entre los polos, de la polarización ideológica y social, al interior de una sociedad norteamericana que, aun en conflicto, estaba empezando a reconocerse como un actor extraordinariamente privilegiado en el concierto de las naciones. Sin embargo, la historia construye y expone constantemente los paralelismos entre la época y nuestra actualidad. No solo desde el anticomunismo y la intolerancia que parecen transpolarse entre décadas sin reconocer el rastro de la historia, sino también desde la comunicación social, pública y cómo ella se expresa y demuestra en la cotidianidad. Los conflictos de los 50 ya no existen, pero las profundas causas que los supieron motorizar y dar sentido siguen muy presentes. Con un agregado: la comunicación hoy en día es mucho más accesible que hace 70 años. Somos bombardeados, constantemente, por información que no siempre respeta los lineamientos de la veracidad o las exigencias que históricamente planteó la profesión del periodista.
A su vez, otro elemento que le da a la obra un sentido particular y casi ficticio para personas que nacimos en la época de las telecomunicaciones y el internet es la autoridad que posee el personaje de Murrow. Siguiendo la biografía del mismo periodista, el programa “See It Now” era uno de los más vistos de la televisión. Las familias se juntaban a escuchar al periodista hablar de actualidad y recibían el contenido como un reflejo fiel de la realidad que acontecía a sus alrededores. Existía esa confianza fundamental en el comunicador, en la persona con el micrófono. En la persona que con autoridad se posicionaba en frente de unacámara buscando alcanzar multitudes con un mensaje que íntimamente iba a impactar sobre el conjunto.
Es cierto que hoy en día ese nivel de consenso es imposible. Las redes sociales y la proliferación de canales de televisión y de creadores de contenido hacen imposible que un solo comunicador acumule una audiencia así de masiva y cuente con semejante autoridad. Sin embargo, dicha autoridad emanaba de un gran profesional de su rubro, que con su ejemplo buscaba respetar los lineamientos de una sociedad fundada en el respeto de las libertades individuales y del pluralismo. Ese profesionalismo, que lo caracterizó incluso cuando su carrera y vida privada se vieron puestas en jaque por este conflicto con un senador tan poderoso, ponía a Murrow en búsqueda de aquellos ideales universales que antes mencionábamos. Y esa lucha por la universalidad, por lo absoluto de las ideas más nobles, lo convirtió en una figura recuperada incluso décadas después de su muerte.
En la actualidad, la lógica de lo que entretiene no siempre respeta los compromisos necesarios que demanda la verdad para que pueda ser expresada con convencimiento y autoridad. El fanatismo, potenciado por un innegable afán de lucro corporativo, funciona como una herramienta capaz de entretener y llamar. No importa si el fanático es un militante comprometido con la causa, un periodista exagerado, un presidente irresponsable o un magnate tratando de ganar popularidad. El objetivo es mantener a la audiencia al borde de sus asientos, atentos a lo que se está diciendo por encima de todo lo demás.
La historia de Murrow, de esta forma, se presenta como un reflejo claro de la realidad política de hoy en día. La libertad de expresión en el mundo, y particularmente en la Argentina, es rehén de las presiones provenientes de los dueños de medios, que negociando con las estructuras de la política establecida, imponen líneas editoriales y periodísticas y de los mismos dirigentes políticos que amenazan con la autoridad y el poder que concede el Estado y la institucionalidad a aquellos que buscan expresarse libremente.
La forma como él recuperó ideales universales fundamentales introducidos en los mismos documentos que fundaron su país llamó a que la ciudadanía prestara atención. Por encima de las luchas coyunturales, de los conflictos del día a día, él buscó la verdad y la justicia. En un sentido extraordinariamente acabado, logró exponer a uno de los políticos más relevantes de su época y lo hizo apelando a ideas que inspiraron a montones a construir sociedades basadas en la libertad, la igualdad y el pluralismo. Y, por si fuera poco, venció en la batalla por el sentido y el espíritu de la historia.
No somos extraños, en nuestra época, a los llamados al absoluto aislacionismo. Al abandono de aquellos ideales que nos hacen pensar y concebir un mundo por encima de las fronteras que limitan nuestra imaginación. No obstante, ejemplos como el de Murrow nos hacen entender que la verdad es una meta por la que vale la pena enfrentarse a lo establecido. Historias como la de Murrow nos remiten a un mundo que, tal vez, se pensaba por encima de su inmediatez.
Hoy en día, observando cómo multitudes celebran el extremismo político y el poder descontrolado de los más pudientes cabe preguntarnos qué rol debe cumplir el periodismo en nuestras sociedades. No necesariamente los multimedios de comunicación, sino los periodistas como individuos. Más específicamente, como ciudadanos. En tanto agente y protagonista del mundo político moderno, el periodista, como figura central de nuestra realidad contemporánea, tiene el deber de actuar como aquellos que, hace tantos años, se levantaron en contra del autoritarismo y la violencia política. Ejercer esos derechos, prácticamente como una obligación que no es posible ignorar, es algo que tiene que llevarse a cabo por encima de las limitaciones que imponen las contingencias de la época que nos caracteriza.
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Mariano Rodriguez es estudiante avanzado de Ciencia Politica de la Universidad de Buenos Aires. Es fundador de la revista El Soberano.



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