Crónica Del 23 De Marzo: A 50 Años Del Golpe
- Valentina Martinez

- hace 2 días
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Por Valentina Martinez
Me levanto a las 10 de la mañana, sin alarma. Pienso: menos mal que es feriado, necesitaba descansar.Pero no es un feriado cualquiera. Mañana se cumplen 50 años del golpe cívico-militar.
Con el transcurrir del día, me encuentro marchando por la diagonal 74. En La Plata solemos marchar el 23 para al día siguiente poder ir a CABA. Estoy encolumnada con la agrupación Identidad Pincharrata; a nuestra derecha, los hinchas de Gimnasia. Pienso que hay cosas más grandes que una misma, incluso más grandes que un club de fútbol al que una le tiene sentido de pertenencia. Hay algo que nos ordena distinto hoy.
Marcho con mi mamá y con mi hermana. En un momento, mi mamá me dice:—Hija, te había perdido en la columna, no sabía dónde estabas. Pienso en todas esas madres que perdieron a sus hijos y que, a diferencia de ella, todavía no saben dónde están. Pienso en el terror de no poder volver a encontrarlos nunca más. Pienso en mi mamá, en su adolescencia y en su juventud atravesadas por la dictadura. Tiene 64 años. Pasaron 50 años del golpe y, sin embargo, su vida también está hecha de esa historia.
Pienso en Pedro “Peter” Horacio Vojkovic, su compañero de colegio y su ex novio, al que mandaron a pelear a Malvinas y nunca volvió. Y siento una gratitud profunda, casi física, de tenerla hoy caminando al lado mío.
Tengo en la mano un cartel que dice: “Horacio Ungaro. Tenía 17 años el 16 de septiembre, el día que desapareció en la Noche de los Lápices.” Lo sostengo y pienso en mi ciudad. En La Plata, profundamente atravesada por la política y por la memoria. Acá la historia no es abstracta: tiene nombres, edades, calles. Horacio tiene 17 años para siempre.
Hace unos días le pregunté a mi sobrina Lupe, que tiene 8 años, si sabía por qué el 24 de marzo es feriado y me dijo que no. Me invade la duda de cómo explicarle, en cómo hacer que le importe, en cómo transmitirle algo que no vivió.
Hace tres días murió María Takara de Oshiro, Madre de Plaza de Mayo, a sus 95 años. Y entonces me pregunto: cuando ellas no estén, ¿cómo vamos a seguir transmitiendo la memoria para que esta lucha no quede trunca?
Todavía hay un pacto de silencio. Hay genocidas y responsables que no dicen la verdad. Hay historias que siguen incompletas, cuerpos que no aparecen, familias que no pueden cerrar.
Y si a los negacionistas les molesta tanto el número de los 30.000, entonces que digan cuántos son. Que digan dónde están.
Pienso en mi amiga y colega, Regina Gianasi, que el viernes publicó una nota sobre cómo la memoria se construye desde abajo. Sobre cómo, mientras el Estado desaparecía, perseguía y torturaba, con la complicidad de sectores de la Iglesia, del empresariado y de parte de la sociedad civil, un grupo de madres específicamente: Azucena Villaflor De Vincenti, Esther Ballestrino, Mary Ponce de Bianco, entre otras, empezó a circular por el centro de la Plaza de Mayo con sus pañuelos blancos.
“Las locas de la Plaza”, como les decían, inventaron una forma de resistencia que hoy es ritual. Un ritual que se repite de manera incansable hace 50 años.
Siento la responsabilidad en no dejar que esa memoria se apague. En que dentro de 50 años no sea solo un recuerdo, sino una práctica viva. Un poco mareada estoy de tanto pensar, pero no puedo parar porque dentro de 50 años voy a tener 76. Y deseo —con una mezcla de esperanza y obligación— que para ese entonces Lupe, Olivia y Theo, mis sobrinos, también estén caminando. Que sigan preguntando. Que sigan exigiendo Memoria, Verdad y Justicia.
Que entiendan el valor de la democracia.Y que, con la misma convicción que hoy, puedan decir: Nunca Más.



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