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De herramientas a agentes: la Inteligencia Artificial y la Gestión de Datos en las Relaciones Internacionales

  • Foto del escritor: Paula Verna
    Paula Verna
  • 20 mar
  • 7 Min. de lectura

por Paula Verna


La diplomacia, históricamente entendida como el arte de gestionar la alteridad y la incertidumbre, enfrenta hoy una amenaza silenciosa: la homogeneización de la razón estratégica, es decir, la delegación del pensamiento prospectivo a Modelos de Lenguaje que operan bajo una lógica probabilística cada vez más centralizada. No estamos solo ante una nueva herramienta de asistencia, sino ante un escenario donde la diversidad de culturas estratégicas es aplanada por un consenso algorítmico. Si todos los diplomáticos consultan la misma fuente para redactar sus hojas de ruta, corremos el riesgo de habitar un sistema internacional donde la negociación ya no sea un encuentro entre visiones del mundo distintas, sino una repetición estandarizada de tokens predecibles.


El avance de la Diplomacia de Datos por sobre los medios tradicionales de debate político internacional es evidente. Ya muchos artículos y otras obras académicas han sido escritas sobre este asunto. Sin embargo, seguir investigando y encontrando nuevas ramas de análisis sobre la temática es fundamental para nuestro futuro. No solamente para nuestro futuro académico, sino también nuestro futuro “físico” o “real” en el mundo. 


Preguntas tales como las siguientes han orientado el análisis y reflexión que siguen en estos párrafos: ¿cómo debemos actuar frente a la aparición de grandes corporaciones cuyas decisiones influyen mucho más que un Estado?, ¿puede la Inteligencia Artificial (IA) recopilar mis datos y utilizarlos para alguna acción internacional incluso de algún país del que yo no tenga nacionalidad o no resida?, ¿a quién le corresponde cada dato considerando que puede originarse en un país pero procesarse en otro?, ¿cómo determinamos la soberanía estatal si ahora ésta puede sobreponerse por sobre la territorial?, y principalmente ¿la IA está generando y resolviendo nuestros propios conflictos a nivel internacional?

Desde ya hace mucho tiempo, el sector privado ha sido un actor extremadamente relevante en las relaciones internacionales. Ahora bien, el hecho de que éstos posean mayor poder e influencia sobre la sociedad que un Estado-Nación tradicional, es un factor digno de análisis principalmente porque son aquellas corporaciones que actúan en el área de datos las que han tomado protagonismo. Los datos se han convertido en el nuevo diamante en bruto por el cual las potencias internacionales debaten diariamente. Tener la capacidad de procesarlos y utilizarlos a favor, es lo que está permitiéndole a los Estados convertirse en potencias.


Con el crecimiento repentino de la IA, estos datos no son solo procesados, sino que pueden ser utilizados para la generación de políticas públicas, acciones estratégicas internacionales, o incluso para la creación de falsos escenarios o realidades. La IA desarrollada por corporaciones de carácter privado está rompiendo ya en gran medida con el monopolio de la gobernanza de los Estados por sobre sus ciudadanos, debido a que las inmensas infraestructuras computacionales transnacionales están ahora en la cima de la pirámide del poder. 


Para poder entender el escenario internacional que se plantea aquí, resulta interesante tomar en consideración la noción que Benjamin Bratton tiene sobre la “nueva arquitectura” de nuestro mundo. Según él, el mundo de los datos se puede imaginar como una “pila” de seis “capas” interconectadas: Earth (recursos), Cloud (servidumbre de datos), City (urbanismo inteligente), Address (identidad digital), Interface (cómo interactuamos) y User (nosotros). 

Ahora bien, las capas tienen la capacidad de exceder los límites de la soberanía territorial tradicional. Se extienden pasando los límites de los Estados-Nación, sujetos claves para la división geopolítica del mapa mundial. Con esto intento decir que la soberanía actual ya no se establece por el mapa en el que cada Estado-Nación posee un color y a partir de ello se dividen las jurisdicciones. Lo que sucede actualmente es que, y tomando como referencia la visión de Bratton, una persona puede ubicarse en Argentina (capa Earth), pero sus datos pueden pertenecer a la nube estadounidense (capa Cloud). Por lo tanto, la soberanía ya no es “plana” u horizontal, sino que es vertical, y es justamente por eso que traspasa los límites físicos tradicionales mencionados. Aquí aparece el interrogante de a quién le pertenece qué, o si nadie es propietario de estos datos. 


Con respecto a dicha confusión sobre a quién le pertenecen los datos, o los modelos de Inteligencia Artificial, surge ahora la siguiente cuestión. Consideremos el escenario que mencioné en el párrafo anterior, en el que una persona se ubica físicamente en Argentina, y sus datos son procesados por un modelo en Estados Unidos, ¿se ha generado una nueva división internacional del trabajo por el hecho de que en Argentina está la “materia prima” pero en Estados Unidos el “valor agregado”? Esta es una gran pregunta, hecha en primer lugar por autores como Nick Couldry y Ulises Mejias, la cual dejaremos abierta, ya que considero que es digna de un artículo por separado. Sin embargo, y como se menciona al inicio de este artículo, es relevante elaborar estos interrogantes que nos permiten cuestionar los sistemas de los cuales hacemos uso. En este caso, esta nueva división del trabajo nos permite adentrarnos en la cuestión de la pérdida de soberanía tradicional desde otro punto de vista. 


Ahora continuemos el análisis volviendo al escenario internacional actual planteado al principio, donde las propiedades son confusas, y los datos aumentan cada vez en mayor volumen y a mayor velocidad. Los actores internacionales buscan acaparar la mayor cantidad posible de ellos, dado que son los elementos que mayor poder dan en la actualidad. La cuestión importante aquí es que los datos no solo “están ahí” o “flotan”, sino que sirven para alimentar y crear los Modelos de Lenguaje que terminan siendo los tomadores de decisiones cuando todas las Cancillerías comienzan a utilizarlos para elaborar sus planes de acción. Siguiendo la línea de pensamiento de Louis Amoore, aquí surgen dos aspectos en los que pensar. En primer lugar, la Inteligencia Artificial se vuelve un agente con capacidad de tomar decisiones: basándose en la lógica algorítmica con la cual ha sido “entrenada”, elabora pronósticos y otros análisis, los cuales luego son tomados como modelo o incluso se les sigue al pie de la letra al momento de actuar, hecho que dificulta más adelante la rendición de cuentas al averiguar quién tomó qué decisión o a quién hacer responsable en el caso de que alguna acción haya sido desastrosa. En segundo lugar, pero también en relación con el primer punto, ocurre que la soberanía tradicional de los Estados es socavada y desplazada por la “Soberanía Algorítmica” (que hace referencia a estos datos cuya propiedad es confusa): si un canciller toma decisiones basadas en un análisis predictivo de una IA extranjera, ¿sigue siendo ese Estado soberano o es un "usuario" más del sistema?


Históricamente, la diplomacia ha funcionado con la llamada Cultura Estratégica, concepto descrito por Alastair Iain Johnston como el conjunto de creencias, actitudes y normas compartidas por un Estado que determinan cómo responde ante amenazas internacionales. Si los servicios exteriores consultan estos modelos estandarizados y no elaboran su cultura estratégica en la actualidad, ésta se pierde. Es por eso por lo que pareciera que la diplomacia tradicional, la acción política deliberativa y la negociación característicos de la cultura estratégica están siendo desplazadas por un mero procesamiento y análisis de datos. 


A pesar de que pareciera que las relaciones internacionales son extremadamente objetivas y transparentes, éstas ahora se basan en modelos creados y entrenados por determinados Estados: aquellos datos que la Inteligencia Artificial recopila son procesados según la configuración que sus creadores le han dado, más allá de que estos modelos de lenguaje sean consultados por todo el mundo. Es aquí donde la nueva división del trabajo internacional ya mencionada empieza a cobrar mayor sentido. 


  Además, en este momento surge la pregunta de si las relaciones internacionales siguen siendo un encuentro de negociación entre visiones diferentes, en las cuales los diplomáticos deben ponerse de acuerdo, o si se han transformado en las decisiones y planificaciones estratégicas de cuatro o cinco Modelos de Lenguaje compartidos en todo el mundo, haciéndonos a todos usuarios de un mismo sistema que en realidad decide por sí mismo. Si esto continuara de dicha manera indefinidamente, ¿no estaríamos todos siendo simples actores controlados por modelos que deciden por nosotros en base a su algoritmo y datos procesados?


Hasta ahora se conoce que la Inteligencia Artificial funciona a partir del pasado, es decir, utilizando lo que ya le ha sido cargado y manejándose como ha sido entrenada. Entonces, si la diplomacia del futuro se convierte en una competencia por quién procesa más datos, y no se considera relevante quién logra mantener la agencia humana en un sistema que empuja hacia la automatización, estaremos “atrapados” como mero usuarios de este sistema, repitiendo acciones que no han funcionado en el pasado. 


Si bien puede sonar catastrófico o excesivo el escenario que se plantea en este escrito, el objetivo no es sostener que la Inteligencia Artificial no es útil, o que es “peligrosa”. Por supuesto que deben tomarse los recaudos que ya están siendo considerados por los expertos al momento de utilizar los Modelos de Lenguaje, pero más allá de esto, la IA es una herramienta muy útil al momento de tener que actuar dentro del sistema internacional en el que vivimos. 


Lo que se quiere hacer notar en el presente texto, es que el desafío para la ciencia política y los servicios exteriores no es solo aprender a usar la Inteligencia Artificial, sino también aprender a cuestionarla e innovar cuando ésta amenaza con convertir la política internacional en una repetición estandarizada de un pasado que ya no nos sirve. La verdadera soberanía, entonces, reside en el derecho a la incertidumbre y en la valentía de tomar decisiones que ningún algoritmo podría haber predicho.



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Paula Verna es licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires. Se encuentra realizando una maestría en Política y Economía Internacionales en la Universidad de San Andrés. A su vez, es coordinadora Operativa del Programa de Formación en Política Internacional de la Carrera de Ciencia Política.



1. Bratton, B. H. (2016). The Stack: On Software and Sovereignty. MIT Press.

2. Couldry, N., & Mejias, U. A. (2019). The Costs of Connection: How Data Is Colonizing Human Life and Appropriating It for Capitalism. Stanford University Press.

3. Amoore, L. (2020). Cloud Ethics: Algorithms and the Attributes of Sovereignty and Politics. Duke University Press.

4. Johnston, A. I. (1995). Thinking about Strategic Culture. International Security, 19(4), 32–64. https://doi.org/10.2307/2539119 


 
 
 

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