top of page

Por qué pensar el poder

  • Foto del escritor: Francisco Escolar
    Francisco Escolar
  • hace 14 horas
  • 5 Min. de lectura

Por Francisco Escolar

El objetivo de este artículo, además de responder a la invitación de participar en Ágora: un espacio de producción y debate generacional -algo que nuestra carrera necesita sin lugar a dudas-, es el de plantear una discusión que considero absolutamente central para abordar los procesos políticos de profundo cambio e inestabilidad en los que nos toca crecer y formarnos: la discusión sobre qué es y cómo funciona el poder.


Capaz parezca inutil a primera vista, en una época que nos propone más interrogantes que respuestas -donde las únicas certezas compartidas con respecto al futuro son la incertidumbre y el pesimismo-; en un mundo que se muestra cada vez más complejo e inabarcable y que nos incentiva constantemente a la especialización y a la alienación, retomar discusiones aparentemente más filosóficas o del plano de lo académico. Pero ocurre que el orden que dió lugar al mundo capitalista tal y cual lo conocemos atraviesa una crisis de legitimidad; que EEUU ya no es la capital cultural e industrial de un imperio en auge, sino una potencia mediocre y en decadencia pero dispuesta a llevarse al mundo por delante antes que verse fracasar. Y es justamente este proceso de crisis institucional en occidente, encabezado por Donald Trump, el que desestabiliza lo que parecía pétreo y plantea preguntas que podían parecer ridículas hace algunos años: aparecen discusiones con respecto a qué elementos eran fundantes y centrales del andamiaje diplomático occidental y cuáles no, sobre si el abandono de las reglas conocidas implican el abandono de las reglas en general y el avance hacia un estado más puro de anarquía o la transición hacia un conjunto nuevo de normas que regulen la convivencia, o acerca de cuáles son los actores con capacidad de determinar qué es lo que va a pasar y cuáles no.


En definitiva, la crisis invita a pensar el poder que se esconde detrás de un orden o un país -qué fundamenta ese poder, cómo funciona-, para tratar de entender por qué las cosas eran como eran, por qué dejaron de serlo, y cómo pueden llegar a ser. Los crecientes conflictos internacionales dejan en evidencia que la política internacional y las disputas entre naciones ocurren siempre en un marco profundamente anárquico, donde las unidades de análisis no son las personas sino los estados y las relaciones entre los estados no están mediadas por normas o convenciones sino únicamente por las relaciones de poder que se establecen entre ellos. El derecho internacional, las instituciones creadas para regular la convivencia entre estados, los organismos de cooperación, etc. operan bajo las máximas de un orden anárquico donde su consistencia depende siempre de la voluntad de los actores -o asociación de actores- que logran constituir la suficiente potencia como para imponerse dentro de la discusión.


Es por eso que en un momento como este, de ruptura con el orden que reguló la convivencia entre los estados occidentales durante las últimas décadas, la discusión sobre el poder toma el centro de la escena ya que resulta fundamental para entender los límites y las posibilidades que tiene cada actor. El primer ministro de Canadá Mark Carney afirmaba, en el World Economic Forum del 2026, que:


“In a world of great power rivalry, the countries in-between have a choice: compete with each other for favour, or combine to create a third path with impact. We shouldn’t allow the rise of hard power to blind us to the fact that the power of legitimacy, integrity, and rules will remain strong if we choose to wield it together.

Which brings me back to Havel. What does it mean for middle powers to live the truth?

First, it means naming reality. Stop invoking rules-based international order as though it still functions as advertised. Call it what it is: a system of intensifying great power rivalry where the most powerful pursue their interests using economic integration as coercion.”


Para Carney, la disputa con el nuevo orden que quiere imponer EEUU en el mundo occidental necesita una concepción del poder, una teoría que ayude a separar la paja del trigo y que funcione como hoja de ruta. Y es siguiendo esa teoría que asume que el primer paso es el de nombrar -o renombrar- la realidad: el de dejar de invocar al “orden internacional basado en normas” como si el orden siguiera funcionando tal como se anuncia. Puede parecer aniñado, academicista o demasiado abstracto el planteo, pero lo cierto es que es bajo esta misma lógica -de nombrar, significar y valorizar- que en las últimas décadas el sistema se dedicó a deconstruir la conciencia de clase, y a consolidar una concepción del poder funcional a un status quo, inundada de teorías conspiranoicas, descreimiento de la política y veneración del dinero.


Desde ya que no es el objeto de este artículo entrar a fondo en una discusión sobre el poder, pero sí interesa plantear la necesidad de que las ciencias sociales -especialmente la ciencia política- vuelvan a preguntarse sobre el poder; ya no desde una búsqueda normativa o institucional sino más bien filosófica. Estando como estamos, al borde de la incertidumbre y la crisis de muchas de las instituciones que regularon la convivencia durante las últimas 5 décadas, la pregunta por el poder no puede ser autocomplaciente: la ciencia política no puede seguir dedicándose a hacer un refrito de las máximas que ordenaron el siglo pasado con concepciones del poder limitadas para abordar la complejidad del mundo que se viene sino que, creo yo, tiene que asumir el desafío de repensar las premisas conceptuales sobre las que construye conocimiento empezando por rediscutir -en una ciencia dedicada a estudiar las relaciones de poder- qué es el poder.


Y pienso que esa tarea, además de poner el foco en los nuevos actores, instituciones y tecnologías que regulan cada vez más nuestra vida y modifican constantemente al orden -político, social y cultural- en el que vivimos, tiene que tener por objeto ir más allá preguntándose acerca de los fundamentos del poder (qué es), por qué se mueve de unos actores a otros y quienes efectivamente tienen la capacidad de construir algo nuevo, incluso algo mejor; en definitiva, tiene que tener la valentía de acompañar el clima de época cuestionando todo lo dado para poder generar un campo de conocimiento que resulte funcional al abordaje de los nuevos desafíos que se le plantean a la política y a la sociedad en su conjunto.


En un momento donde todo se relativiza, donde la construcción de posverdades se volvió más importante que la tarea de desenmascarar verdades ocultas, en el que la ultraderecha entendió la importancia de disputar el sentido común y se abocó a dar la batalla cultural, y en el que las grandes murallas de autocontrol y contención social que creó el orden occidental se ven ignoradas y cuestionadas constantemente -o son directamente derribadas-, hay que animarse a relativizar también -evitando caer en el sinsentido y la ridiculez- las nociones más clásicas de poder: preguntarse por sus dimensiones simbólicas y culturales más que por las materiales, y tratar de develar sus fundamentos antes que entender sus efectos. Si no lo intentamos, tengo la sensación, vamos a ver la historia pasarnos por al lado.



____________________________________________________________________________________________


Francisco Escolar es estudiante avanzado de Ciencia Política en la UBA y militante de La Efervescente.


 
 
 

Comentarios


Suscribite a nuestro newsletter

  • Instagram
  • Twitter
  • TikTok
bottom of page