Discutiendo cómo muere la discusión: la degradación del logos político
- Uriel Grillo

- hace 1 día
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Por Uriel Grillo
Yo siempre ando con ganas de discutir y en parte es por eso que estudié Ciencia Política. Con el correr de las materias entendí que me metí por las razones equivocadas, pero también puedo decir que me quedé por las razones correctas. En mi casa de estudio uno aprende mucho sobre instituciones; se estudian sus diferentes formas, como moldean el comportamiento de los actores; y fundamentalmente, se aprende a respetarlas. La preocupación está en que se respeten, se mantengan y funcionen como deberían funcionar (¿Quién define qué instituciones funcionan bien y cuáles no?). Se dice: “El congreso va a impedir las políticas más radicales” o a “pesar de las formas no se está haciendo nada inconstitucional”. Y uno con honestidad científica debe decir que en cierta medida mucho de eso ha pasado, las instituciones funcionan; el congreso legisla y el ejecutivo propone y ejecuta (no me olvido del judicial, pero esa es una discusión más amplia para gente más capaz que yo). Desde la vuelta de la democracia, con modificaciones, rasguños y algún que otro golpazo, las instituciones se mantuvieron, a grandes rasgos, firmes. Los defensores de la república han tenido éxito. Sin embargo, como les conté tenía ganas de discutir. Así que me hice, y aun me hago, estas preguntas ¿Importan solo las instituciones para medir la salud de la política?. Si las instituciones funcionan bien (según indicadores ideados en el extranjero) pero la política parece funcionar mal. ¿Qué más hace a la política? ¿Qué está fallando? y después, porque creo tener la respuesta, me atrevo a preguntarme ¿Por qué falla esto que está fallando?.
Para responder a la primera pregunta; No, no solo importan las instituciones para medir la salud de la política, incluso si el mainstream de la disciplina parece olvidarlo (¿omisión o intención?). La política va mucho más allá de las instituciones, yo me atrevo a decir que la política viene antes que las instituciones. Es en esa línea que, para terminar con tanto misterio, respondo a la segunda pregunta; Es el logos lo que hace a la política, es parte intrínseca de ella, incluso me atrevo a afirmar que la precede. Ustedes brillantes lectores ya saben lo que es, pero creo necesario definir el terreno común en el que se van a desarrollar las ideas que pienso presentarles. Esta palabrita simpática proviene del griego antiguo, se puede traducir como conocimiento, sabiduría o pensamiento. A efectos de este texto (y por mi obsesión personal) la vamos a entender simplemente cómo hablar o discutir. Esta capacidad de hablar es la base fundamental de la política, es el lenguaje lo que da sustancia y sustento a los proyectos políticos. El logos constituye las partes y a la vez construye el todo de una sociedad. Conforma no solo la base para toda forma de conocimiento, sino también el vínculo entre animales políticos.
La condición mínima de la política es entonces la capacidad de hablar, porque en ella, en este logos, se constituye una igualdad, el poder entender al otro (con el reconocimiento mutuo intrínseco de ser dos seres que se entienden) que da lugar a una desigualdad y/o discusión, el entender el mensaje pero no el razonamiento. La política es un desacuerdo de partes, pero en su base, iguala el campo donde existe la desigualdad. La acción política sin discurso no tiene sujetos, la acción sin discurso es mera violencia, es poder desnudo sin igualación o entendimiento, solamente someter o ser sometido. El logos articula un discurso que razona, afirma y/o niega. Es este proceso lingüístico el que da forma y hace, políticamente, posible lo imposible, propone y transforma la realidad. El discurso es necesario para articular a la muchedumbre de sujetos que actúan en la historia. Degradar el discurso es degradar a los sujetos políticos y con ello los proyectos políticos; y la política sin proyectos se vuelve mera administración.
La Ciencia Política, en su afán empirista, hoy día está obsesionada con las reglas de juego (sino sigan en twitter a Malamud) pero sin un logos no hay reglas que valgan, directamente no habría juego. Se está perdiendo cierta tradición de pensar la política teóricamente, la cual pongo en valor. La política antes de llegar a ser una medida pública transcurre en una plano intangible no medible. La política se constituye en el espacio común y litigioso de ideas, conceptos y proyectos que no viven para ser medidos empíricamente, sino discutidos en espacios comunicacionales que escapan a los índices, a las reglas y a los softwares de análisis de datos. Allí, el discurso, como articulador es la clave y la base que fundamenta una sociedad, que por ser sociedad, es política. Se da a sí misma reglas de juego en el marco de lo común a todas las partes, más mi discusión pasa por plantear que además de medir podamos mirar que hace posible que exista algo donde poner la cinta métrica.
Ya planteado entonces como la discusión hace y precede a la política y como la Ciencia Política se olvida del logos político se puede proceder a decir cual es el problema ¿Que está fallando en la política?. Lo que está fallando en la política es el discurso (¡sorpresa!). Estamos ante la degradación del logos político, la muerte de la discusión, al menos como la conocemos. ¿Cómo es que está muriendo la discusión? Bueno, aquí mi tentativa respuesta.
La forma en que logré ponerle palabras a mis inquietudes y discusiones internas para explicar mejor lo que estoy afirmando, vino acompañada de dos conceptos en boga del lado libertario y joven de twitter; oferta y demanda. Entendiendo la oferta como la oferta política llevada adelante por los partidos y la demanda como la sociedad civil que canaliza sus intereses y voluntad a través del sufragio, la movilización y hoy en día en redes. Desde el lado de la demanda mucho se ha dicho y estudiado, no pretendo aburrir con repaso de bibliografía fútil, me parece más interesante dar una opinión.
Ya se dijo muchas veces que la sociedad se compone cada vez más de burbujas autistas, hijas de algoritmos pensados para mantenerte en la pantalla y, citando a un poeta moderno, “comprar cosas que no necesito” (Cato y Paco, Tiny Desk, 2025). Individuos con lapsos de concentración cada vez menores que parecen vivir en el mundo feliz de Huxley donde la democracia digital castiga, rechaza y vuelve daño moral aquello que incomoda y nos saca de la búsqueda del bienestar individual constante. En el lado de la demanda, estamos transitando la época de la tribu social-digital llevada al campo del litigio de lo común. Tribus que en su construcción identitaria tienen a lo visual por encima de lo discursivo, la tribu urbana es una estética, no una idea sobre lo común. No obstante, en nuestros tiempos uno es libertario, kirchnerista, mabel de recoleta, federal, nacionalista o incluso apolítico (como dice en un corto de Guille Aquino, ser apolítico es recontra político). Las tribus actúan política, pero ya no se entienden. El cuestionamiento político y el litigio, asociado a la multiplicidad misma de la política, se vuelve un problema porque no está cuestionando horizontes o proyectos, está cuestionando identidades personales. He aquí el fin de la igualdad basada en el entendimiento.
Si hablamos brevemente de la demanda, hay que tratar el microclima de las redes sociales. Tenemos amantes del infotainment de Rebord, y a odiadoras de las palabras difíciles como Juana Politizada; también tenemos trolls, medios digitales comprados, y especialistas sin título. ¿Son ellos la única causa de esto? Elijo pensar que no, que son solo una parte, aunque creo que son más bien un síntoma. Sujetos políticos que actúan sin responsabilidad, que buscan maximizar rendimientos -interacciones- llevandose puesto todo por delante. No entran en mi definición de oferta, pero no están tan lejos de funcionar como aquellos que categorizo ahí. Son esenciales, materializan este mundo de comunicación visual de digestión rápida, comida chatarra informativa, no porque no se pueda hacer buena comida con los ingredientes a disposición, sino porque los grandes protagonistas eligen (para no tener que pagar bots de visualizaciones) hacer contenido del cual hasta Andy Chango decidió renunciar en vivo.
Con esto último y el tema de la demanda a medio saldar podemos pasar a lo que realmente me interesa, la oferta. Dije que la oferta estaba conformada por los partidos políticos, o si prefieren un lenguaje de la calle online, por la clase política. Buscan acceder o acceden a puestos de poder, como dictan nuestras democracias, a través del voto. ¿Qué está pasando con el logos en el lado de la oferta?. De chico estaba fascinado con Percy Jackson y de esa saga siempre me llegó la frase “Los nombres tienen poder” y creo que de alguna forma eso me ayuda para explicar que pasa. Los nombres les dan a las personas entidad, no sólo entidad, le dan una forma; es entonces que las palabras le dan entidad y forma a los sujetos y realidades políticas. ¿Cómo se daña el logos entonces? En la oferta cada vez vemos más problemas al tratar con el otro político. Cada vez se observan más promesas negativas acompañadas de insultos al rival político, es decir, cada vez se ofrece más no ser, que ser o hacer cierta cosa: no es que no cumplen, es que se promete muy poco. En esta realidad descrita y adorada por Duran Barba los sujetos políticos están desinteresados de la política. Esto pasa, digo yo, porque en la oferta son todas promesas negativas, y si se promete hacer (una promesa positiva) todos prometen bienestar y satisfacción sin forma concreta. Sin forma, porque las palabras son cada vez más escuetas, más simples, agrupadas en frases más cortas que sean parte de un slogan vacío, repetible y viralizable; Viva la libertad carajo, Nacional y popular, Motosierra al rico, etc. La oferta, en este mundo de la discusión muerta, se niega una a la otra y al mismo tiempo es, por fuera de lo estético e identitario, indiferenciable. Solo ofrece un producto homogéneo on demand que se presenta a un mercado de consumidores y votos que se mueve cada vez más por la insatisfacción y la negatividad. Nos crean y ofrecen un mundo político judicializado en donde el otro es un criminal amoral, sin proponer nada tangible. Como mucho nos entregan un video de Cintya Ferdandez bailando en bragas al son de “Se dice de mi”. - Parafraseando a Juan Tavella, respecto a los culos, yo, argentino -.
No por eso creo que los proyectos y la capacidad de volver posible lo imposible vengan del debate únicamente. Sí creo que sin un logos saludable se entra en una dinámica inmovil, en donde la política no tiene forma y no funciona porque está alejada la discusión, y con ello, la capacidad de afirmar y/o negar necesaria para los proyectos políticos. Insultar, hacer shows teatrales en el movistar para multitudes adictas y tener una granja de trolls y periodistas que manejan la agenda te asegura el acceso al gobierno, sin embargo la empiria politológica nos muestra que no funciona más allá del acto ritual de ir a votar, sino miren las tasas de reelección. Y si, la Ciencia Política planteó la idea de que en nuestras democracias liberales y representativas se comportan los actores como un mercado en donde los bienes son los votos. El problema está cuando las reglas fallan por algo más allá de lo tangible. No sabemos qué decir cuando la malfunción está en aquello que lo subyace y conforma la base de la actividad política, el logos.
Para no hacer esto eterno como un tuit de CFK: ¿Por qué muere la discusión?. Lisa y llanamente porque esta dinámica de votos se volvió rentable electoralmente. En pos de acercar la política a la gente, desde la consultoría y la opinión pública nos ofrecieron a Larreta swiftie y a Ricardito Alfonsin muppet. No digo que no me haga reir, pero no me hace votarlos. Cuando eso es todo y no solo una parte de lo que se ofrece, me preocupo.
El problema entonces, en el lado de la oferta, es que vivimos en lo que voy a llamar democracia liberal salvaje. Las instituciones no están fallando por un diseño catastróficamente malo, son los sujetos los qué fallan a las instituciones. Degradan el logos político para obtener beneficios de manera más eficiente, en un mercado de votos al que se le apela en clave emocional, identitaria y enajenada de la complejidad de escuchar al otro. Estamos en una época donde el spot de campaña de la oposición solo promete ir en contra de lo que hace el oficialismo (te hablo a vos Taiana). Si estamos acá se debe a que en esta dinámica de democracia liberal salvaje, sólo hay competencia sin escrúpulos cada año impar y tribuneo insulso el resto del tiempo, donde enunciar predomina sobre el afirmar y/o negar: no hay espacio para escuchar, discutir y discernir. No soy ingenuo, el congreso no es espacio de debate, la rosca existió y va a existir. Yo siempre y en todo lugar reivindico la rosca. Solo pido que los legisladores no usen el espacio en el recinto para grabarse y subir a twitter videos peleandose como Lemoine, o buscar el reel viral como algunos tercera línea que quieren ser intendentes de Puma Rengo.
Nada de esto es nuevo, es un proceso de larga data que como todo se aceleró post pandemia, la democracia liberal salvaje es producto de años de focus group y encuestas electorales que ama el PRO (y en secreto el resto de los partidos también). Hoy vemos lo peor con un tipo que llegó a un gobierno con una propuesta concisa y simplificaciones lingüísticas como Casta, Motosierra y Libertad. Significantes vacíos que se basan más en la negatividad que en la posibilidad de construir algo (porque esa libertad que proponen es negativa). No me voy a meter a hablar sobre demagogia y populismos, tampoco vengo a ofrecer un sistema no-occidenteal,- si quieren acusarme de antidemocrático que sea por otros textos, no esté-. La democracia liberal, siendo el frankestein que es, ha funcionado bien por mucho tiempo (más allá de sus altos y bajos en nuestro país). No obstante, ahora se enfrenta a una crisis en sus bases, una que se esconde en los cimientos del sistema e ignoramos mientras seguimos viendo castillos de cristal, reglas y códigos. Las instituciones son políticas, sin logos que las constituyan y sin discurso que haga de la acción más que violencia, son maquetas vacías que sirven para la exposición performática. Autores institucionalistas que se leen a lo largo de mi carrera plantean (no sin su dosis de razón) que cuando existe debilidad institucional se generan vinculaciones subóptimas entre actores que terminan generando políticas públicas de baja calidad. Yo digo, si el logos político es la forma de vinculación de los sujetos políticos, su degradación lleva a la generación de vínculos políticos subóptimos, esto a su vez lleva a la debilidad institucional, y por lo tanto a la peor generación política y a la mal formulación de las políticas públicas.
Para cerrar en una nota menos pesimista, propongo que la degradación del logos, hay que resolverlo con más política (Re conveniente para los politólogos). Esto que sucede no es política, es sólo administración, pensar la política de forma económica. Necesitamos sentarnos a discutir, y más que nada sentarnos a discernir, mientras nos entendemos y escuchamos. La solución al problema que presento como un círculo vicioso es ser responsables y cuidar el logos político sin miedo si tenemos que hablar en difícil y ser contradecidos. Llevar adelante una política responsable, con discurso político real, acciones que busquen transformar y no solo ganar elecciones, followers, interacciones o un debate entre dos perfiles anónimos. Desde la Ciencia Política mirar y analizar los discursos quitando un rato la vista de las instituciones que a duras penas funcionan, entendiéndonos como preservadores de la democracia y no como analistas de datos de una consultora.
Lo que planteo es volver un poco a la teoría, porque, como dice un libro que estoy leyendo ahora, solo la teoría intenta explicar, las correlaciones no. La crisis de nuestras democracias tantas veces mencionada es multicausal, como todo lo que estudiamos los cientistas sociales, aca solo estoy proponiendo pensar el discurso público, interpretarlo y ver qué está pasando en una dimensión que no se puede medir con Python o SQL. Es momento de ver el estado del logos, pensarlo y como no, también discutirlo.



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