La “Argentina Potencia”: algunas lecciones de las relaciones anglo-argentinas.
- Juan Ignacio Latorre

- 25 nov 2025
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Actualizado: 23 dic 2025
por Juan Ignacio Latorre
Introducción
Desde los inicios del proceso estatal argentino, el Reino Unido desempeñó un rol decisivo tanto en la consolidación institucional del país como en la configuración de su estructura económica. La potencia británica, con una tradición centenaria de expansión imperial, tenía claridad sobre la función que debía cumplir el Cono Sur dentro del sistema productivo global y, en particular, sobre el lugar que ocuparía la joven Argentina en ese engranaje. A partir de esta premisa, el presente artículo propone un recorrido sintético y analítico por la evolución de los vínculos anglo-argentinos, con el fin de identificar patrones, condicionamientos y oportunidades históricas, para poder iluminar debates vigentes y, sobre todo, problematizar una cuestión central: ¿es la complementariedad la solución para el desarrollo de Argentina?
La construcción de una nación
Aunque la independencia se declaró en 1816, el vínculo formal con Gran Bretaña comenzó con el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación del 2 de febrero de 1825, que implicó el reconocimiento británico de la soberanía argentina y el compromiso con el libre comercio. Sin embargo, los orígenes de la relación son previos. Bajo dominio español, el Río de la Plata era un espacio económico marginal, orientado al contrabando y sin el prestigio de otros centros coloniales donde Buenos Aires era, hasta 1810, un “triste y aburrido puesto de avanzada...” (Peterson, 1985, p. 21). Los británicos comerciaban metales y cueros a cambio de bienes manufacturados, y hacia 1806–1807 intentaron dos invasiones fallidas que revelaron el potencial estratégico de la región.
Lo que no lograron militarmente se afirmó luego en el plano económico ya que hacia 1820 los ingleses controlaban el comercio exterior, el sistema financiero y los medios de cambio, con tasas de interés que impedían el desarrollo interno. La moneda sustitutiva circuló hasta 1822, cuando se creó el Banco de Descuentos, cuya emisión quedaba bajo control de accionistas británicos. El Banco Nacional fundado en 1826, también con mayoría inglesa, permitió el empréstito con Baring Brothers. Para 1833, antes de la ocupación de Malvinas, Argentina ya se encontraba bajo tutelaje económico británico.
Según Rapoport y Spiguel (2005), tras 1852 se consolidó una hegemonía porteña que estructuró un Estado moderno y orientado al modelo agroexportador, favorecido por inversiones extranjeras, especialmente británicas. Durante la década de 1880, estas inversiones se concentraron en infraestructura clave: ferrocarriles, frigoríficos, empréstitos, cables telegráficos y empresas de capital compartido, configurando una economía dependiente de la metrópoli industrial. En este sentido, según Cisneros y Escudé (1999), hacia 1880 las inversiones británicas representaban dos tercios del total extranjero y Argentina absorbía entre el 40 % y el 50 % de las inversiones británicas fuera del Reino Unido. La “Crisis Baring” de 1890 tensionó la relación, pero el Foreign Office decidió no intervenir, y la crisis se resolvió con un nuevo empréstito de la casa Rothschild. A pesar del episodio, la relación bilateral se mantuvo firme.
A fines del siglo XIX, el comercio argentino seguía fuertemente orientado al Reino Unido debido a que “a fines de la década de 1890 las importaciones argentinas desde Gran Bretaña representaban más de un tercio...” (Cisneros & Escudé, 1999, p. 31). La expansión agrícola y el auge de las carnes congeladas consolidaron grandes saldos exportables que sostuvieron la belle époque y la amistad anglo-argentina que la élite consideraba perdurable.
El siglo XX y el fin de la luna de miel
La relación anglo-argentina se deterioró desde la Primera Guerra Mundial, cuando el ingreso de capitales estadounidenses comenzó a reemplazar las manufacturas británicas en el mercado local. Según datos publicados por Alejandro E. Bunge en la Revista Económica Argentina (1927), durante los años veinte se configuró un triángulo comercial entre Argentina, el Reino Unido y Estados Unidos donde el país sostuvo un superávit con los británicos y un déficit creciente con los norteamericanos.

Elaboración propia en base a la Revista Económica Argentina (1927, p. 223).

Elaboración propia en base a la Revista Económica Argentina (1927, p. 223).
La libra sobrevaluada redujo la competitividad industrial británica, que aun así conservó nichos como el ferroviario. Al mismo tiempo, el mercado británico se volvió decisivo para la carne argentina tras las restricciones impuestas por Estados Unidos y varios países europeos. Temiendo una política de preferencia imperial, exportadores y funcionarios adoptaron el lema “comprar a quien nos compra”, aunque su base económica era débil.
El comercio de carnes fue el núcleo del conflicto. En la década de 1920 las exportaciones quedaron dominadas por frigoríficos estadounidenses, británicos y angloholandeses, con mínima participación argentina. Hacia 1923 las firmas estadounidenses controlaban más de la mitad del total exportado y ampliaron esa ventaja hacia 1927, afectando a los productores locales. El gobierno respondió con iniciativas de intervención como represión de trusts, creación de un frigorífico nacional y control de precios, mientras que los frigoríficos propusieron rebajas impositivas y menor regulación. Los productores grandes apoyaron a las empresas, pero los pequeños, al gobierno. Sin embargo, la industria nacional terminó subordinándose a los bloques estadounidenses o británicos.
A la disputa económica se sumó el problema sanitario de la aftosa. Para evitar que el Reino Unido cerrara su mercado, el gobierno promovió una misión británica, concretada en 1929 y encabezada por lord D’Abernon. Londres exigía mayor reciprocidad ante su déficit comercial y en 1928 ya se impulsaban tratados preferenciales que buscaban excluir a Estados Unidos del mercado argentino mediante reducciones arancelarias y limitación de acuerdos con terceros países. En ese contexto, se creó en 1929 un Comité Anglo-Argentino para abaratar manufacturas británicas.
Esto culminó con el tratado Oyhanarte–D’Abernon (septiembre de 1929) que estableció compras argentinas de nueve millones de libras en material ferroviario a cambio de compras equivalentes de productos agropecuarios por parte del Reino Unido. Incluía además ventajas para contratistas británicos y reducciones arancelarias, como la aplicada a hilos y telas en noviembre de 1929. Aprobado en Diputados, el acuerdo generó objeciones legales y fue celebrado por los diplomáticos británicos. Su tratamiento final quedó truncado por el golpe de septiembre de 1930, pero operó como un gesto político hacia Londres frente al avance del movimiento de preferencia imperial.
El tratado Roca-Runciman
La crisis de 1929 contrajo el comercio mundial y desplomó las exportaciones argentinas entre 1928 y 1933, obligando a reducir importaciones en un contexto de precios agropecuarios a la baja y de un modelo agroexportador en creciente agotamiento. Pese a la crisis, la elite terrateniente reforzó su poder tras la caída de Yrigoyen y apoyó al gobierno de Agustín P. Justo. El panorama empeoró cuando la Conferencia Imperial de Ottawa (1932) otorgó preferencias comerciales al Commonwealth, perjudicando las ventas de carne argentina en el Reino Unido. La reacción ganadera fue inmediata: grandes estancieros y la Sociedad Rural exigieron conceder beneficios a los británicos para evitar mayores pérdidas.
En este marco se firmó en 1933 el acuerdo Roca-Runciman, negociado por Julio A. Roca (hijo) y Walter Runciman. El tratado consolidó un esquema bilateral desigual en donde el Reino Unido garantizaba no reducir compras de carne argentina, pero Argentina sólo obtuvo control sobre el 15% de la cuota, mientras los frigoríficos británicos conservaron el 85%. Además, todas las libras generadas debían destinarse a cubrir remesas de empresas británicas, forzando al Estado argentino a endeudarse por 13 millones de libras para regularizar pagos. El acuerdo otorgó trato aduanero preferencial a empresas británicas, mantuvo franquicias para el carbón inglés y preservó exenciones preexistentes.
Las reacciones fueron polarizadas en donde industriales, parte de la prensa y dirigentes como Lisandro de la Torre lo denunciaron como una subordinación económica pero la Sociedad Rural y medios como La Nación lo defendieron como la única vía para sostener las exportaciones en un mundo marcado por el proteccionismo. Aprobado por el Senado el 28 de julio de 1933, el acuerdo estabilizó temporalmente el comercio bilateral y preservó el flujo exportador, aunque sus términos duros alimentaron un clima nacionalista. En 1936 fue reemplazado por el convenio Malbrán-Eden.
Algunas lecciones para el presente
Desde los inicios de la vida independiente, la Argentina se integró a un entramado internacional en el cual el Reino Unido definió, con notable claridad estratégica, el rol económico que ocuparía el país en el mercado mundial. Aquella inserción, basada en la provisión de materias primas y la importación de manufacturas, configuró de manera perdurable la estructura productiva, las capacidades del Estado y las relaciones de poder internas. Examinar este antecedente no implica adoptar visiones deterministas, sino reconocer que ciertos patrones de vinculación externa pueden limitar, orientar o condicionar las trayectorias de desarrollo.
En la actualidad, el reacomodamiento del sistema internacional, marcado por el descenso relativo de Estados Unidos y el ascenso económico de China, reabre el debate sobre cuál debería ser el modelo de inserción externa del país. Las tensiones entre proyectos productivos, así como la puja de intereses domésticos y externos, evidencian la necesidad de definir con mayor claridad qué tipo de articulación internacional resulta compatible con una estrategia nacional de largo plazo. La experiencia anglo-argentina demuestra que los esquemas de complementariedad consolidan el perfil primario-exportador y a reducen la capacidad de negociación frente a actores con mayor peso económico y político.
A esta dinámica se suma un aspecto que suele minimizarse donde si bien China aparece como un socio dispuesto a financiar infraestructura, absorber commodities y ofrecer crédito rápido, su patrón de vinculación pareciera reproducir, con otra escala, las mismas lógicas que históricamente han limitado el desarrollo argentino. La demanda china consolida aún más la especialización primaria, desplaza sectores industriales locales incapaces de competir con manufacturas de bajo costo y refuerza una dependencia tecnológica que clausura márgenes de autonomía. A ello se añade la creciente asimetría estructural donde por un lado hay un país de escala continental, con un proyecto estatal centralizado y capacidades tecnológicas avanzadas, frente a una economía periférica sin una estrategia industrial robusta. Confiar en que la relación con China puede constituir una vía de desarrollo autónomo ignora estos desequilibrios y pasa por alto que el gigante asiático prioriza, ante todo, la seguridad de su abastecimiento y la proyección de su influencia, no la diversificación productiva de sus socios.
En este contexto, el reciente acuerdo comercial firmado con los Estados Unidos, cuyos términos específicos todavía no han sido publicados, obliga a plantear una serie de interrogantes fundamentales. La ausencia de información oficial impide conocer el alcance normativo del compromiso y evaluar en qué medida podría afectar la autonomía económica, las herramientas de política industrial y la capacidad del Estado para regular sectores estratégicos. A ello se suma un hecho estructural debido a que la economía estadounidense no es complementaria con la argentina, sino que ambos países compiten en áreas clave, especialmente en el sector agroexportador, lo que introduce incertidumbre respecto de los beneficios reales que podrían derivarse de una apertura comercial. Además, resulta indispensable situar esta discusión en una dinámica geopolítica más amplia. Estados Unidos atraviesa un proceso de repliegue estratégico y selectividad creciente en su compromiso internacional. Alinear la política económica local con una potencia cuyo grado de involucramiento externo es cada vez más oscilante puede derivar en un esquema de dependencia caracterizado por compromisos asimétricos y márgenes de maniobra reducidos. En este sentido, la firma del acuerdo con Estados Unidos demanda una lectura crítica orientada a determinar si los condicionamientos se pueden ajustar o no a una estrategia nacional de desarrollo de largo plazo.
El propósito de este artículo es, precisamente, abrir interrogantes. La revisión crítica del caso histórico de las relaciones anglo-argentinas y el análisis de los vínculos contemporáneos con China y Estados Unidos constituyen herramientas para problematizar el presente y cuestionar bajo qué condiciones la Argentina puede, o no, construir una estrategia en un mundo en transformación constante.
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Juan Ignacio Latorre es estudiante avanzado en la carrera de Ciencia Política en la UBA. Asistente de investigación en el Centro de Investigaciones de Historia Económica, Social y de Relaciones Internacionales (CIHESRI). Fundador y Presidente de Nodo Sur: una organización para jóvenes universitarios interesados en la diplomacia, relaciones internacionales y la geopolítica.
Referencias
Cisneros, A. y Escudé, C. (1999). Historia General de las relaciones exteriores de la República Argentina: Tomo IX. Las relaciones exteriores, 1930-1943. Editor Latinoamericano.
Cisneros, A. y Escudé, C. (1999). Historia General de las relaciones exteriores de la República Argentina: Tomo X. Las relaciones económicas de la Argentina con Gran Bretaña y Estados Unidos 1880-1943. Editor Latinoamericano.
Maffeo, A. J. (s.f.). El Tratado Roca-Runciman: el bilateralismo con Gran Bretaña bajo condiciones desventajosas. Recuperado de https://www.iri.edu.ar/revistas/revista_dvd/revistas/R24/ri%2024%20historia.pdf
Peterson, H. F. (1985). La Argentina y los Estados Unidos. Hyspamérica.
Rapoport, M. y Spiguel, C. (2005). Política Exterior Argentina: Poder y Conflictos Internos (1880-2001). Capital Intelectual.
Scalabrini Ortiz, R. (1940). Política Británica en el Río de La Plata. Ediciones Fabro.



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