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¿La transición cubana se acerca desde Miami? Marco Rubio y el último gran proyecto hemisférico de Washington

  • Foto del escritor: Stefano Boubeta
    Stefano Boubeta
  • 12 jun
  • 6 min de lectura

por Stefano Boubeta

Durante décadas, Washington esperó la caída del régimen cubano como quien espera un acontecimiento inevitable. Sin embargo, el derrumbe de la Unión Soviética no acabó con la revolución. El fin de la Guerra Fría no aisló definitivamente a La Habana y ni siquiera la muerte de Fidel Castro produjo el colapso político que tantos analistas estadounidenses anunciaban desde hacía años. Contra todo pronóstico Cuba sobrevivió. Más debilitada, más empobrecida y menos épica, pero sobrevivió.


No obstante, algo sí cambió profundamente: la percepción estratégica de Cuba dentro de Estados Unidos, amparado principalmente en el Corolario de Trump 2.0. La isla ya no es observada únicamente como un símbolo ideológico congelado en el tiempo, sino como un espacio geopolítico en disputa dentro del Caribe. Y en ese nuevo escenario emerge una figura que, para buena parte del establishment republicano y del exilio cubano, podría desempeñar un rol central en una eventual transición cubana: Marco Rubio.


Durante años, Rubio fue mucho más que un senador republicano por Florida. Fue el puente político entre Washington y el anticastrismo histórico de Miami. Su figura sintetizó las demandas del exilio cubano tradicional, la presión por endurecer sanciones contra La Habana y una visión hemisférica profundamente marcada por la lógica de la seguridad estadounidense en América Latina. Hoy, con el desgaste biológico de la generación revolucionaria y el deterioro económico cubano acelerándose, Rubio parece posicionarse como uno de los arquitectos intelectuales de un escenario que durante décadas fue apenas una fantasía política en ciertos sectores estadounidenses: la transición post-castrista.


La revolución cubana atraviesa probablemente su momento de mayor agotamiento estructural desde 1959. La salida de Raúl Castro -debido a su avanzada edad- de la primera línea política simbolizó el cierre definitivo del ciclo histórico liderado por los Castro. A diferencia de décadas anteriores, el gobierno cubano ya no posee la legitimidad revolucionaria que le otorgaba la épica guerrillera ni cuenta con un sostén económico externo comparable al que alguna vez representó Moscú.


A ello se suma una crisis económica crónica marcada por inflación, escasez, deterioro energético y una emigración masiva que vacía lentamente a la isla de generaciones enteras. Las protestas del 11 de julio de 2021 representaron un punto de inflexión: por primera vez en décadas, el descontento social se expresó de forma simultánea y extendida en múltiples ciudades cubanas. Más allá de la capacidad del régimen para contenerlas, aquellas manifestaciones evidenciaron algo fundamental: la revolución había dejado de monopolizar el imaginario político de la sociedad cubana.


En Washington, este desgaste no pasó desapercibido. Pero la diferencia respecto a otros momentos históricos es que el debate sobre Cuba dejó de centrarse exclusivamente en cómo presionar al régimen y comenzó a enfocarse en qué ocurriría después de él, y allí es donde la figura de Marco Rubio adquirió centralidad.


Hijo de inmigrantes cubanos y construido políticamente dentro de la sensibilidad anticastrista de Florida, el actual Secretario de Estado convirtió la cuestión cubana en uno de los ejes permanentes de su carrera. Su oposición frontal al proceso de deshielo impulsado por el gobierno de Barack Obama no respondía únicamente a diferencias tácticas: expresaba dos visiones completamente distintas sobre cómo debía relacionarse Estados Unidos con Cuba.

Mientras Obama apostaba por la normalización diplomática bajo la premisa de que la apertura económica erosionaría gradualmente al régimen, Rubio defendía una postura mucho más confrontativa. Para él, flexibilizar sanciones sin reformas políticas profundas equivalía a fortalecer la supervivencia del sistema cubano.


Esa mirada ganó peso particularmente durante la segunda administración de Donald Trump. Rubio es uno de los hombres más influyentes en la definición de la política latinoamericana republicana, especialmente respecto a Cuba y Venezuela. De hecho, muchos observadores en Washington llegaron a describirlo como el principal articulador de la línea dura hacia América Latina dentro del Partido Republicano.


Pero reducir la postura de Rubio a una mera cuestión ideológica sería un error. Su visión sobre Cuba también responde a una lectura geopolítica más amplia. Para sectores estratégicos estadounidenses, el Caribe volvió a adquirir relevancia en un contexto de competencia global creciente entre Estados Unidos, China y Rusia.


Durante los últimos años, Beijing incrementó progresivamente su presencia económica y tecnológica en Sudamérica y Centroamérica. Moscú, aunque con capacidades mucho más limitadas, mantuvo vínculos militares, diplomáticos e incluso de inteligencia con La Habana. Cuba, además, continúa ocupando una posición geográfica extremadamente sensible para la seguridad estadounidense, se encuentra a menos de 150 kilómetros de Florida.


Por ello, el problema cubano dejó de ser únicamente un asunto doméstico vinculado al exilio de Miami. En la lógica estratégica estadounidense, Cuba comenzó a reaparecer como un enclave potencialmente relevante dentro de la disputa global por influencia regional. Con el advenimiento del Corolario Trump de la Doctrina Monroe, el ala dura del republicanismo entiende que para recuperar el esplendor estadounidense, primero se debe evitar toda injerencia externa en el área de influencia norteamericana. En este sentido, Cuba es un obstáculo. 


Es precisamente ahí donde la idea de una transición ordenada empieza a cobrar sentido dentro de ciertos círculos políticos estadounidenses. Desde hace años, think tanks conservadores, sectores republicanos y figuras ligadas al exilio cubano discuten distintos escenarios para una eventual apertura política en la isla. Algunos imaginan reformas graduales impulsadas desde dentro del propio aparato estatal; otros proyectan una liberalización económica similar a la vietnamita; otros incluso fantasean con una reconstrucción institucional más profunda acompañada por fuerte asistencia financiera estadounidense.


En varios de esos debates, el nombre de Marco Rubio apareció recurrentemente como posible articulador político de un eventual proceso de transición. No necesariamente como presidente formal de un gobierno cubano de transición -algo improbable e institucionalmente inviable-, pero sí como el principal operador político estadounidense detrás de una eventual reconfiguración de la relación bilateral.


La especulación no surgió de la nada. Rubio posee vínculos profundos con el exilio cubano, legitimidad dentro del Partido Republicano y una narrativa histórica construida alrededor de la “liberación” de Cuba. En cierto sentido, representa la continuidad generacional del anticastrismo político estadounidense. Sin embargo, detrás de esa narrativa también existe una cuestión estratégica más pragmática: Estados Unidos teme que una eventual transición cubana ocurra sin ellos.


Ese temor explica buena parte del renovado interés estadounidense sobre la isla. Un colapso abrupto del régimen podría derivar en una crisis migratoria masiva, un vacío institucional o incluso una mayor penetración china y rusa en un contexto de fragilidad política. Desde la perspectiva de seguridad estadounidense, dejar librada la transición cubana al azar sería un riesgo considerable. Por eso, para figuras como Rubio, la cuestión central no sería simplemente provocar el fin del régimen, sino administrar el día después.


La experiencia estadounidense en Medio Oriente -principalmente en la guerra con Irán- y otras regiones, probablemente también influya en este cálculo. Washington aprendió que derribar gobiernos es mucho más sencillo que construir estabilidad posterior. Cuba, además, presenta características especialmente delicadas: una economía extremadamente dependiente, instituciones rígidas, deterioro productivo, infraestructural y de suministros, y una población agotada tras décadas de crisis recurrentes.


En ese contexto, cualquier escenario de transición implicaría enormes desafíos: reconstrucción económica, edilicia y del tejido social, reinserción financiera internacional, reformas institucionales, reconciliación política y redefinición de las relaciones entre el Estado, el Partido Comunista y la sociedad civil.


Rubio parece entender que ese hipotético momento podría transformarse en el último gran triunfo simbólico de la política exterior estadounidense en América Latina. No solamente por el valor histórico de Cuba dentro del imaginario estadounidense, sino porque una transición exitosa permitiría a Washington recuperar centralidad regional en un contexto donde su influencia relativa ha comenzado a erosionarse. Más teniendo en cuenta que las elecciones legislativas se encuentran a la vuelta de la esquina.


La paradoja es que Cuba continúa funcionando como un espejo emocional para Estados Unidos. Pocas cuestiones latinoamericanas generan todavía semejante nivel de carga simbólica en la política norteamericana. La isla sigue ocupando un lugar desproporcionado en el debate político estadounidense precisamente porque representa mucho más que un pequeño país caribeño, representa una herida histórica inconclusa de la Guerra Fría a apenas unos kilómetros del territorio nacional norteamericano.


Sin embargo, la realidad actual de Cuba es mucho más compleja que las narrativas simplificadas del pasado. La sociedad cubana cambió, las nuevas generaciones poseen demandas diferentes y la región latinoamericana ya no gira exclusivamente alrededor de Washington. Cualquier eventual transición estaría condicionada no sólo por Estados Unidos, sino también por actores externos, dinámicas regionales y tensiones internas imprevisibles.

Quizás por eso, la gran pregunta ya no sea cuándo cambiará Cuba, sino quién intentará conducir ese cambio y cómo lo hará. Y en Washington, pocos parecen tan decididos a ocupar ese lugar como Marco Rubio, el cual, a su vez, busca perfilarse como el sucesor de Donald Trump. Por ahora, parece ganarle la pulseada a J. D. Vance de la puja de poder político, y su sueño de la “liberación” cubana se acerca a pasos agigantados.


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Stefano Boubeta, es el fundador y presidente de Panorama Universal (Ig: @Panorama_Universal).


 
 
 

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