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Poniendo a la corrupción y a la violencia en su lugar

  • Facundo Mosovich Garcia
  • 2 sept 2025
  • 19 Min. de lectura

Por Facundo Mosovich Garcia


Durante las últimas semanas, la política argentina ha estado girando alrededor de dos temas: la violencia y la corrupción. Los dos lados de la nueva grieta se acusan mutuamente y se comparan en base a esas virtudes que el acceso al sector ‘‘público’’ en este país suele traer con él.


En cuanto a lo primero, el gobierno de Javier Milei ha traído formas discursivas y estrategias en el ejercicio del poder que resultan sorprendentes al considerar que provienen de personas sin experiencia en el juego ni conocimiento de su naturaleza y sus leyes —con la excepción, quizás, de aquel aspirante a Peaky Blinder , aprendiz del artífice de la victoria electoral macrista, devenido asesor estrella del presidente. Luego de dos administraciones que serán identificadas para siempre en la historia argentina con la ineptitud y el fracaso, consecuencia directa de una impotencia manifiesta a la hora de ejercer el poder, el primer presidente “libertario” ha creído conveniente negarse a seguir sus pasos como condición necesaria para retener el poder político. Como resultado, ha despreciado la tradición de apertura dialógica del liberalismo clásico y ha tomado prestada, en cambio, una página del cuaderno del kirchnerismo en sus épocas más recalcitrantes: la declarada negación a ceder el más mínimo espacio al enemigo. En el extremo, el fomento del odio al otro, y la utilización de su posición de popularidad y poder para insultar, ridiculizar y aplastar sin clemencia a toda muestra de resistencia u oposición. A pesar de su recientemente anunciada decisión de dejar de utilizar insultos para pasar a discutir ideas con la oposición, es muy probable que esto se trate de una tregua transitoria que se sostendrá, como máximo, hasta pasadas las elecciones nacionales.


Más allá de la opinión que cada uno pueda tener respecto a si la violencia discursiva —o, ¿por qué no?, física— está éticamente justificada, interesa plantearse seriamente la pregunta de si es realmente la única manera realista y eficaz de ejercer el poder o si por el contrario existen alternativas posibles y deseables, ya que una parte importante de la sociedad gasta una alta cantidad de tiempo y esfuerzos debatiendo el tema y proponiendo diversas formas de ‘‘hacer política’’ consideradas mejores o merecedoras de explorar. De hecho, el actual clima de tensión violenta entre “izquierda y derecha” está llevando a muchos a proponer que el único camino viable es un “centro” que busque el diálogo y el consenso como forma de hacer política. En realidad, cuando se comprende correctamente qué es la política y lo político, resulta bastante evidente que tal sugerencia es lo más anti-política que puede existir, y que una población que haya adoptado para sí tal forma de ejercer el poder y administrar el gobierno —como se ve en algunos países europeos, en Canadá, o en Oceanía— se encuentra más alejada de la contemplación de la libertad que cualquier país polarizado, tercermundista, o pobre. Pero una mayor elaboración de este razonamiento se encuentra más adelante.


Una defensa que se ha ofrecido en ocasiones sugiere que más allá de sus formas, el presidente no atenta contra las instituciones republicanas, y por lo tanto las acusaciones de violencia son irrelevantes. En realidad sí lo ha hecho y en múltiples ocasiones: vasta legislación por decretos, nombramientos de integrantes de la Corte Suprema sin acuerdo del Senado, lenguaje despectivo al referirse al Congreso, uso de la investidura presidencial para “difundir” estafas, entre otras. Por supuesto, sus faltas a la institucionalidad no difieren demasiado de aquellas que han mostrado sus antecesores, y por ende no se destaca en ello. Tampoco ha profundizado de forma importante el avance del Ejecutivo sobre los otros poderes, sino que sólo ha continuado una larga tradición de inconstitucionalidad presidencial. Simplemente es falso que el gobierno haya sido impecable institucionalmente. De todas formas, la violencia política y el respeto por la forma de gobierno son asuntos separados, y como se verá más adelante, la Constitución Nacional de ninguna manera previene la violencia sino todo lo contrario. Pero lo cierto es que si los mileístas fuesen verdaderamente libertarios, tendrían una mejor forma de justificar acciones anti-republicanas de su presidente: mencionar el hecho de que cuando la república y la libertad chocan, ésta ha de tener preponderancia. Bajo una concepción que no ponga la república por delante de la libertad individual como lo hacen muchos “liberales clásicos” argentinos, es decir, una visión auténticamente liberal, una medida como el DNU 70 /23, por ejemplo, está completamente justificada aunque viole la Constitución (Fmosovich, 2024): semejante cantidad de desregulaciones que quitan al Estado de las vidas y las actividades de las personas jamás se habrían podido conseguir pasando por el Congreso, como la Constitución manda, ya que hace tiempo que entre los diputados y senadores los colectivistas liberticidas aplastan en número a los pocos defensores del individuo frente al Estado que se encuentran entre ellos.


En cuanto a lo segundo, la reciente difusión de los audios de Spagnuolo se ha sumado, junto al “Libragate”, a la información ya conocida hace rato sobre la compra de candidaturas en el espacio de La Libertad Avanza (LLA) para envolver al presidente que venía a derrotar a la casta y a todo su equipo en un manto de hipocresía que no debería sorprender que afecte negativamente al espacio en las próximas elecciones provinciales y nacionales. Después de todo, ¿no es la corrupción una forma más de violencia con la cual la casta política argentina no ha dejado de recordar su inimputable dominio sobre “los argentinos de bien”?


En relación tanto a la violencia como a la corrupción, vale citar a Malcolm X en su reacción al asesinato de Kennedy: ‘‘this is a prime example of the devil’s chickens coming back home to roost’’. El uso del insulto y de la idea de una guerra contra un enemigo son agravados por el hecho de que las palabras de una figura pública de referencia como lo es el Jefe de Estado y Gobierno se magnifican y motivan una radicalización de la polarización. Lo ocurrido en Lomas de Zamora la semana pasada es solamente una pequeña muestra de lo que puede esperarse en este clima de tensión y enemistad partidaria irreconciliable. Los políticos están dispuestos a arriesgar todo por las elecciones, sí, pero ¿incluye eso la vida? Particularmente en el continente americano, los ejemplos de atentados y asesinatos a figuras públicas están a la orden del día. En cuanto a la segunda cuestión, desde 2021 Milei y su círculo más cercano han tomado una larga serie de malas decisiones en materia del armado del equipo con el que presentarían candidatos para ocupar cargos del Estado. Desde la convocación de un armador proveniente del peronismo bonaerense cuyos legisladores se tornaron contra el gobierno tan pronto asumió, hasta la expulsión del leal y simpático —ante sus militantes y votantes, al menos— Ramiro Marra de LLA en la capital, la tiranía y la necedad de Karina Milei en el manejo de la construcción política sólo pueden llevar a resultados como el de los últimos días. La inexplicable decisión de apartar del espacio a todas los ‘‘orgánicos’’ y provenientes del sector privado a cambio de históricos camaleones políticos sin conocimiento alguno de las ideas de la libertad y especialistas en mantenerse en el cargo seduciendo a partidos políticos y gobiernos de todos los colores —todo esto apoyado tácitamente por el presidente, siendo su hermana la única persona en la que deposita confianza— hoy sale cara.

Pero a pesar de la vorágine electoralista, no es una mala idea tomar distancia por un instante de la coyuntura para hacerse una pregunta de carácter más profundo: ¿es posible hacer política sin violencia ni corrupción? En palabras del realista John J. Mearsheimer, ‘‘la política es un deporte de contacto’’. El que se mete en el juego sin entender sus reglas, sólo está comprando un mal trago —esta afirmación parece obvia pero no deja de sorprender la cantidad de gente que ingresa a la batalla subestimando “la mugre de la política” y desilusionándose fuertemente luego de pasar por una experiencia express de envejecimiento espiritual y físico. Sin embargo, esta realidad no indicaría, a priori, que algunos aspectos negativos del sistema político argentino no pudiesen eliminarse, si sólo se votara por una opción más moderada… No hay aspiración más fútil, ni comprensión más errada de la naturaleza de la política. Lamentablemente, el mito persistirá como resultado de la ignorancia generalizada en el estudio del poder, y múltiples comunidades continuarán cayendo en rotundos fracasos al implementar cursos de acción guiados por premisas erróneas. Sírvase el lector a continuación de la primera y más fundamental lección de la interacción entre el poder y la sociedad que, claro está, no suele enseñarse en ninguna materia ni curso cuyo contenido curricular haya sido previamente verificado por el Estado y su Ministerio de Educación con el objetivo de crear ciudadanos útilmente ignorantes.


A lo largo de la historia, todas las comunidades se han dividido en dos clases de individuos bien diferenciadas según una simple pero determinante decisión: la forma según la cual vivir. Sólo existen dos alternativas: vivir de la producción o vivir del expolio. Esto es, el ser humano puede o bien optar por crear riqueza sirviéndose de los recursos naturales de la tierra y su propiedad privada —sea su cuerpo, sea la que ha heredado de sus antecesores, sea la que ha adquirido comercial y/o contractualmente, sea la que él mismo haya producido con anterioridad bajo el mismo proceso— , o bien tomar un atajo y apropiarse de la riqueza de otros mediante el uso de la coacción física. No hay posibilidades de un punto medio porque no hay otra posibilidad de mecanismo de supervivencia más allá de esos dos: la producción y el robo, a los que Oppenheimer (1922 [1914]) define como los medios económicos y los medios políticos respectivamente. En cierto modo y entendiendo la política como el ejercicio y mantenimiento del poder —la capacidad de someter a otros a la propia voluntad, o de forzar a otros a hacer o no hacer una determinada cosa— , podría decirse que la misma nace en el momento en el que el primer individuo elige el camino de la coerción por sobre el de la producción. Como la decisión es contingente, es decir, como está en la naturaleza del ser humano optar tanto por uno como por el otro camino, es correcta la concepción del hombre como un animal político . No en el sentido de organización gregaria, para lo cual animal social es una mejor definición; tampoco en el sentido de administración de la cosa pública, que refiere al gobierno o la gobernanza —perfectamente realizables de forma voluntaria, auto-organizada, y descentralizada— ; sino en el sentido de que desde los tiempos más remotos ha sido natural al ser humano el camino de la violencia.


Ahora bien, para que alguien pueda elegir el camino de la fuerza, debe encontrar alguien que previamente haya decidido producir; de lo contrario no tendrá nada para robar. El primer gran avance histórico de la política —el mundo de la coerción— sobre la sociedad —el mundo de la producción y el intercambio pacífico— ocurre con el desarrollo de la agricultura y la economía sedentaria, en el momento en el que un grupo de bandidos descubren que es más rentable abandonar el nomadismo expoliador y pasar, en cambio, a someter permanentemente a una misma población a la servidumbre. Este momento es, ni más ni menos, el origen del Estado estudiado histórica y sociológicamente.

El Estado, desde su forma más primitiva milenios atrás hasta su forma actual y más desarrollada bajo el constitucionalismo republicano, no se ha tratado más que de la institucionalización y constante reinvención —a medida que una casta dominante era reemplazada por otra en guerras entre estados o “revoluciones” intra estados— de la violencia para servir a unos a costa de otros. Incluso aquellos hechos históricos más relacionados con la “liberación” de los oprimidos, como las revoluciones de independencia en la “Era de la Razón”, no han alterado la lógica de la dualidad entre el “poder social” y el “poder estatal” (Nock, 1950 [1935]), sino meramente ascendido a un grupo previamente oprimido a la posición de opresores.


Como institución “anti-social”, el Estado sólo puede crear lo que Burke (1756) en una etapa más juvenil y en un trabajo aparentemente satírico denominó la “sociedad artificial”, reglada por instrumentos funcionales al poder como la legislación y en negación de las leyes espontáneas que rigen la interacción humana en su situación opuesta, la “sociedad natural”.


Esta confrontación de “La Economía Versus La Política” es lo que yace detrás del “Auge y Caída de la Sociedad” (Chodorov, 1959) y de la histórica “Lucha por la Libertad” (Raico, 2025) mediante la cual una comprensión histórica y dialéctica del ser humano es posible.

Una correcta “Anatomía del Estado” (Rothbard, 2000) revela que ningún derecho divino, ningún “contrato social” —concepto que, para ser justos, sus autores sólo planteaban como forma de teorización hipotética— , ni ninguna democracia representativa —ya que donde no se firma ningún contrato de representación jurídicamente vinculante, no hay auténtica representación— yacen detrás del Estado. El único sentido en el que “el Estado somos todos” es en el sentido de que el dinero de todos nosotros va a parar a él por vía coactiva y todos nosotros vemos nuestra realidad directamente afectada por su acción violenta y punitiva. No hay más lazo que mantenga a las fuerzas sociales y políticas atadas que la fuerza. Sólo la “servidumbre voluntaria” (de La Boétie, 1549), inducida en la sociedad de manera intergeneracional por fuerzas como la costumbre, la distracción, el beneficio económico, y la ideología, explican la legitimación con la que cuenta la casta esclavizadora sobre el libre mercado, el voluntarismo (Herbert, 1897) y la paz. El Estado es la forma suprema y más avanzada de organización mafiosa, pues a pesar de sus recurrentes crímenes, ha logrado con éxito mantener a la población bajo su yugo presa del síndrome de Estocolmo.


Si toda esta exposición luce similar a la teoría de la explotación marxista es porque lo es

(Hoppe, 1990), sólo que con la importante diferencia de que un análisis de clases libertario no adhiere a la teoría objetiva del valor de Marx y por ende tampoco a su teoría de explotación mediante la supuesta “plusvalía”, las cuales llevan a las ridículas conclusiones de que aún cuando dos personas entran en una relación comercial voluntariamente por lo que consideran en beneficio propio, una está explotando a la otra. Esas equivocadas premisas hacen que todo el paradigma marxista se deshaga en pedazos, pero el análisis de clases, injustamente desprestigiado como consecuencia secundaria de esos errores en la teoría marxista, es recuperado por el libertarismo moderno. La miseria del liberalismo argentino es revelada por el hecho de que la mayoría de sus académicos o divulgadores no parecen conocer en lo más mínimo la teoría política libertaria radical aquí expuesta, o si la conocen, por alguna razón eligen no difundirla y seguir adoptando el fallido enfoque del falso laissez-faire y la inservible doctrina del gobierno limitado y los checks and balances .


El marco teórico aquí expuesto fuerza a uno a regresar a la realidad argentina actual y ofrecer la reflexión de que, irónicamente, lo que muchos creen violento de Milei —echar empleados públicos, cerrar o reorganizar ministerios y áreas del estado, firmar decretos de mega-desregulación, avanzar hacia la privatización de empresas públicas — es en realidad un proceso de retrotracción de una violencia anterior y una recuperación de la libertad individual. Estas medidas no habrían sido necesarias si previamente no hubiese habido una expansión de los medios políticos sobre los económicos, lo cual siempre requiere violencia —más allá de cuántos consientan a ella.

Sólo así cobra un sentido más profundo la frase “el amor vence al odio” de la oposición: algún día los seres humanos lograremos superar este sistema odioso de dominación de una casta inmoral sobre el resto de la sociedad, de sometimiento violento, de imposición e integración forzada, de esclavitud; pero para ello será necesario esa forma profundamente sabia y humana de amor que supone la renuncia a aquel aspecto diabólico de la naturaleza humana que es recurrir a la coacción, la negación a imponer basada en principio, la verdadera predisposición al diálogo y el verdadero respeto por el otro —y no su fraudulenta invocación para tapar la verdadera violencia que yace detrás. El espíritu humano más compatible con una sociedad libre tiene mucho menos que ver con dar una feroz batalla por hacerse con el poder político en una comunidad e imponer el propio programa de gobierno a una sociedad polarizada o fraccionada, y mucho más con buscar desenmascarar las mentiras del estatismo para persuadir a las personas de su inmoralidad y fomentar una genuina demanda de cambio. El modelo de gobernanza que se entremezcla con la política y la centralización, aquel de los estados-nación modernos, requiere violencia. El modelo de gobernanza que tiene como principio fundamental lo voluntario y lo descentralizado —auténtica y plena libertad— , sólo requiere el respeto a la no-agresión.


Es claro, por tanto, que mientras sea el poder lo que dirija a las sociedades, el uso o no de la violencia discursiva será una mera elección de vestuario mediante la cual quienes lo detenten podrán optar por formas más o menos desnudas de ejercerlo. El odio y la violencia son inherentes al sistema, ¡muerte a la abominación del Centro! En el mientras tanto, la existencia ineludible de la agresión en la política debe ser reconocida . Y también en el mientras tanto, lo mejor que uno puede hacer es redireccionar esa violencia a un fin más fructífero que el juego teatral de la política partidaria y electoral; a la organización y el enfrentamiento de la sociedad contra el poder, a una verdadera revolución.


Eso es lo bueno que tenía Javier Milei en su etapa electoral, cuando estaba alejado de la toma de decisiones; su discurso llamaba a la gente a “despertar”, a dejar de ser siervos de una casta política parasitaria que era la verdadera responsable de sus problemas. Pero eso también es lo malo de Javier Milei: al competir por el poder dentro del sistema y con sus reglas , ha reducido toda esa energía de revolución política a un apoyo militante y ciego a un nuevo movimiento partidario que sólo oxigena y refuerza al sistema putrefacto que él había jurado destruir. Probablemente no lo advierta, y crea genuinamente que sus acciones están transformando la Argentina para siempre, que esto es un antes y un después; está, con ello, cometiendo el mismo error que todos aquellos que se prestaron previamente a ser parte del mismo juego que no le sirve ni a ellos ni al resto, pero sí a la casta —porque el sistema utiliza como peones a aquellos que más le sirven en un determinado momento, manteniéndolos en control y permitiéndoles realizar sólo aquello para lo que fueron colocados en ese lugar, salvo ocasionales excepciones, de forma que quienes llegan a ocupar la máxima investidura suelen ser los que más desilusionados se van de él luego, a menos que desde el inicio fuesen parte y beneficiarios de la maquinaria. En este sentido más profundo, en realidad es Milei quien “no la ve”.


A pesar de ser un auto-declarado enemigo del Estado, la comprensión superficial de Milei del paradigma libertario queda evidenciada por su incapacidad de entender que una vez ingresado al Estado ya no es posible jugar a favor de la sociedad . Las herramientas a su disposición una vez en el poder son tan sólo aquellas que tienden a reforzar el vigor de la explotación de los medios económicos por parte de los medios políticos y su sostenibilidad intertemporal. Generalmente tales personajes, de los cuales hay muchos ejemplos a lo largo de la historia, sólo se dan cuenta de esto una vez que yacen en el poder y ven sus metas imposibilitadas por un conjunto de restricciones inesperadas. Milei se gana la confianza del sector privado con un discurso correctamente libertario y anti-Estado, pero al no advertir que sus pretensiones son un juego imposible, le clava el puñal por la espalda una vez que se le encarga la utilización del poder político, pues no está en sus capacidades romper todo un sistema que refuerza la lógica de explotación de una clase por otra. No hay mejor ilustración de esta realidad que el hecho de que tan pronto como resultó electo presidente, tiró a la basura su propuesta de campaña más popular por considerarla inviable políticamente : el plan de dolarización y eliminación del Banco Central para el cual había convocado a Emilio Ocampo —y popular por buena razón, ya que de haberse implementado y aún con sus posibles deficiencias, se habría tratado de la medida más pro-sociedad y anti-Estado de la historia argentina: la eliminación de la imposición de una de las moneda estatales que más robo y empobrecimiento ha causado en la historia mundial reciente. En su lugar, encargó la práctica totalidad de la política económica a los dos socios de la consultora Anker Latinoamérica y previos funcionarios en el gobierno macrista, Luis “Toto” Caputo —a quien Milei había criticado ferozmente por su gestión en el Banco Central— y Santiago Bausili —judicialmente procesado en septiembre de 2023 por beneficiar a un cliente privado durante su paso por el Estado , y recientemente denunciado por enriquecimiento ilícito .


Más allá de la equivocada doctrina monetaria en la que se escuda para sugerir que cerrar el Banco Central sin sanear su situación patrimonial hubiese implicado una hiperinflación, Milei revela con brutal honestidad en su defensa contra las críticas de Hans Hermann Hoppe que entre mantenerse en el poder por más de unos meses e instaurar una auténtica reforma libertaria y popular, optó por lo primero. Milei ha elegido al Estado y la ‘‘sociedad artificial’’ sobre la ‘‘sociedad natural’’, y al hacerlo no sólo ha traicionado a sus votantes y defensores —más allá de la racionalización que realicen algunos para seguir apoyándolo— sino que ha renunciado a cualquier pretensión de representación de la filosofía libertaria. Toda medida y reforma liberadora que logre Javier Milei será tan sólo aquella que el Estado le autorice realizar; lo cual quiere decir que a pesar de aparentar “liberar” al individuo con sus desregulaciones y posibles bajas de impuestos, lo que en realidad estará transcurriendo es un saneamiento y revigorización de los medios económicos con el fin de evitar la implosión del sistema político que la clase explotadora había estado gestando con su excesiva depredación del poder social . Una bella ironía de todo esto es, consecuentemente, que las medidas aparentemente más “libertarias” del gobierno —como la desregulación que simplifica la actividad económica, o la reducción del nivel de gasto público que ha permitido lograr el superávit primario y reducir una fuente de emisión de dinero para bajar la inflación— son, en realidad, las que en dinámica y a mediano-largo plazo darán el suficiente nivel de alivio al sector privado y la suficiente salud al sistema político para que más temprano que tarde las puertas de la expoliación vuelvan a abrirse.


Poco importa que el actual presidente, por su ideología “libertaria”, no tenga tales pretensiones; él es tan sólo un ocupante circunstancial del máximo puesto de liderazgo de la mafia, y en el futuro serán otros —un Kiciloff, un Grabois— quienes lo reemplacen. Además, como se ha podido ver en los últimos días, poco dependen del presidente los hechos delictivos que acontecen en los distintos estamentos del Estado. Aún otorgándole al presidente el beneficio de la duda respecto al grado de conocimiento con el que contaba en relación a las coimas cobradas por su hermana, lo cual requeriría un esfuerzo de racionalización significativo, incluso asumiendo suprema ignorancia de su parte —que tampoco lo eximiría de su responsabilidad como jefe de gobierno— , lo cierto es que las organizaciones criminales son sistemas autónomos que funcionan con reglas más allá del control de sus ocasionales protagonistas. Los líderes políticos van y vienen. Alimentan la lógica del Estado contribuyendo, según la fase del ciclo de expoliación en la que les toque comandar la mafia, al decaimiento o renacimiento del sistema. Cuando Milei se vaya, su paso por el poder habrá sido como un suministro de cocaína para una casta política que se encontraba al borde del abismo previo a la llegada del outsider . Cuanto más tiempo logre mantenerse en el poder y más reformas estructurales consiga introducir, mayor impulso dará, por un lado, a las fuerzas productivas del país, y por el otro, a la capacidad extractiva del Estado. Argentina crecerá y con ella crecerá su nivel de esclavitud, como les ha sucedido a los países desarrollados y a toda civilización que aunque consigue un mayor éxito en el plano de lo productivo, no logra librarse de la autoridad coercitiva que la mantiene cada vez más sometida —cobrando mayores impuestos, llegando a mayores niveles de endeudamiento público, y en definitiva ampliando el tamaño del poder concentrado sobre la sociedad.


Esto no tiene por qué ser así. La prosperidad económica y social sólo viene acompañada de una menor libertad si se opta por mantener el sistema de castas que es el Estado-Nación moderno. Basta con decidirse a enfrentar a la maquinaria como lo hicieron los vasallos contra el monarca del absolutismo o los comerciantes burgueses contra la nobleza feudal; pero sin reproducir esta vez la institución del Estado para adecuarla a los intereses de una nueva clase dominante, sino destruyéndola de una buena vez. Lo que está claro es que un esquema de explotación de una clase productiva por una parasitaria vía utilización de los medios políticos violentos jamás podrá destruirse desde adentro. Milei no fracturó el sistema político argentino; Milei es su salvador y su mayor benefactor. Lejos de un león o un mesías, sólo la figura de un auténtico payaso le pertenece a aquel que genuinamente creyó por un momento que podía ser “el topo que destruye el Estado desde adentro” —o más trágico aún, que preso de una profunda condición psicológica razonable de encontrar en una persona como la suya, fue capaz de autoengañarse para creerlo.



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Facundo Mosovich García es estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad del CEMA, fue presidente del Club The Levellers de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales (2022-2024), es Coordinador de la sección de política exterior en el observatorio de políticas públicas del Friedman Hayek Center, voluntario en la Secretaría de Coordinación del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI), y escribe artículos de temas políticos y económicos, locales e internacionales, para medios digitales.


Notas al pie


1. De hecho, el candidato “peronista-libertario” en Corrientes acaba de salir cuarto con menos del 10% de los votos, aunque no se debe extrapolar de allí un resultado igualmente negativo para el oficialismo que, sobre todo en las nacionales, probablemente se lleve un triunfo cómodo.

2. Ni ningún economista serio, ni ningún marxista contemporáneo tampoco, ya que los pocos que existen han pasado a hablar de la teoría de la explotación marxista como algo más amplio y susceptible de disociarse de esa equivocada noción de la “objetividad” del valor.


3. Si un libertario mínimamente formado proveniente del exterior (especialmente de EEUU), observando el fenómeno Milei, llegase a Argentina bajo la promesa de encontrar aquí auténticos "liberales", se llevaría una amarga sorpresa al descubrir que la mayoría de ellos considera al Estado-Nación y la Constitución de los Estados Unidos como un modelo de libertad a seguir, algunos de ellos enseñan teoría contractualista sin conocer o mencionar la obra de Franz Oppenheinmer, muchos otros adhieren a la teoría estatista de las fallas de mercado, y algunos hasta defienden la financiación y gestión estatal no ya de la defensa, la justicia y la seguridad, sino de la producción científica, la educación, o la salud.


4. El tema de sacar a la policía a las calles para impedir que quienes se manifiestan bloqueen las calles y destruyan elementos del espacio público y privado es un poco más complejo. Por un lado, es indudablemente cierto que las fuerzas de seguridad son un elemento esencial del aparato punitivo del Estado, y por lo tanto resulta anti-libertario hacer uso de ellas. Por el otro, en un orden social verdaderamente libre, sin dudas las fuerzas de seguridad financiadas por el sector privado para la protección de su propiedad estarían en todo derecho de reprimir la acción violenta y destructiva que caracteriza a muchos de los manifestantes de la izquierda argentina


5. Por supuesto, la razón por la que la política profesional —especialmente en esos países considerados

mucho más ‘‘educados’’ y correctos, donde más complacientes son los ciudadanos a la opresión del

Estado— no suele ser explícitamente violenta es porque engañar al electorado es más inteligente que

ser sinceros —aunque si las ofensas son lo suficientemente graves, no hay maquillaje que salve el día.

La inteligencia política de Milei es evidenciada en que supo canalizar la frustración de la mayoría

haciendo uso de la violencia y la descalificación; el amateurismo político de Milei es evidenciado

cuando se advierte que él mismo no se ha enterado de que esa estrategia es rendidora a corto plazo

pero perjudicial en el largo plazo.


6. Mencionaba brevemente este tema Jorge Liotti (2025) en una reciente columna de La Nación a

propósito de lo ocurrido en Lomas de Zamora: “Aparece entonces un dilema profundo para los

postulados de La Libertad Avanza: el Presidente no puede recorrer un municipio porque no controla el

terreno; para controlarlo hay que ejercer un dominio territorial; para eso se necesitan punteros; para

tener punteros hay que acordar con la casta local. Conclusión: para gobernar necesita seguir las reglas

de la casta, pero sin ser casta. Casi un oxímoron político”.


7. Prueba de la inexistencia de una democracia verdaderamente representativa yace en el hecho de que, habiéndolo votado con ese propósito, yo mismo no puedo hacer nada para forzar al presidente a cumplir su promesa en vez de continuar con el camino del intervencionismo monetario, cambiario y financiero.


8. Causa N2752/2016: https://www.mpf.gob.ar/pia/files/2023/12/Procesamiento-0923.pdf . La causa fue recientemente abierta luego de una sospechosa revocación cinco días antes de acceder al cargo que detenta actualmente al frente del Banco Central: https://www.pagina12.com.ar/780526-bausili-investigado-por-corrupcion


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Referencias


Burke, E. (1756). A vindication of natural society: Or, A view of the miseries and evils arising to mankind from every species of artificial society. Bibliotecha Bodleiana.


Chodorov, F. (1959). The rise and fall of society. The Devin-Adair Company.


De La Boétie, É. (1549). Le discours de la servitude volontaire ou le Contr’un. Édition électronique réalisée par Claude Ovtcharenko.


Herbert, A. (1897). The principles of voluntaryism and free life. The Free Press Association.


Hoppe, H. H. (1990). Marxist and Austrian class analysis. The Journal of Libertarian Studies, 9(2), 79–94.


Liotti, J. (2025, agosto 30). Algo se rompió en el corazón del gobierno. La Nación. https://www.lanacion.com.ar/politica/algo-se-rompio-en-el-corazon-del-gobierno-nid30082025/

Nock, A. J. (1950). Our enemy, the State. The Caxton Printers, LTD.


Oppenheimer, F. (1922). The state: Its history and development viewed sociologically. Vanguard Press.


Raico, R. (2025). The struggle for liberty: A libertarian history of political thought. Mises Institute.


Rothbard, M. N. (2000). Anatomy of the State. En Egalitarianism as a revolt against nature and other essays (pp. 55–90). Mises Institute.

 
 
 

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