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Símbolos patrios: Entre la identidad, el consumo y la memoria.

  • Foto del escritor: Matías Ferreyra
    Matías Ferreyra
  • 25 may
  • 6 min de lectura

Por Matías Ferreyra


El 25 de mayo suele traernos, aunque sea por un instante, a una pregunta incómoda: ¿qué rol ocupan hoy nuestros símbolos patrios? Durante décadas, la bandera, el escudo, el sol de mayo o incluso las mismas figuras de José de San Martín o Manuel Belgrano parecían pertenecer a un espacio solemne, escolar o militar. Sin embargo, en los últimos años, y como señala la licenciada en semióloga Jesica Niz, especialmente luego de la consagración de la selección argentina en el Mundial de Qatar 2022, esos símbolos comenzaron a reaparecer con fuerza en lugares antes impensados: camperas, remeras, publicidades, diseños gráficos, vidrieras, colecciones de moda y hasta objetos de decoración.


No se trata meramente de merchandising futbolero. Lo interesante es que comenzó a construirse una estética de la argentinidad. El sol de mayo dejó de ser únicamente un emblema institucional para convertirse en estampado mientras que la escarapela pasó de las efemérides escolares a ser un accesorio más cotidiano. Incluso imágenes históricas y próceres reaparecen convertidos en íconos visuales consumibles. Lo nacional se puso de moda.


Y quizás el dato más llamativo sea otro: los argentinos comenzaron a consumir para sí mismos objetos que históricamente parecían reservados para el turismo. Durante años, muchas prendas o productos con simbología nacional eran vistos como recuerdos para extranjeros: mates con el escudo, remeras celestes y blancas, llaveros con el sol de mayo y la bandera nacional. Objetos típicos que podíamos encontrar solo en aeropuertos, la calle Florida o tiendas de souvenirs. Hoy esa lógica parece haber mutado. El consumidor ya no es solamente el turista, sino el propio argentino que decide exhibir esos símbolos en su vida cotidiana.


En consecuencia, es pertinente preguntarse; ¿Qué representan actualmente esos emblemas? Tal vez ya no expresan únicamente una identidad nacional tradicional, ligada al deber cívico o a la solemnidad de un ámbito institucional. En muchos casos parecen funcionar como símbolos emocionales de pertenencia, comunidad o incluso refugio frente a un contexto de incertidumbre económica, fragmentación política y desgaste institucional. La bandera ya no remite solamente al Estado y pasa a posibilitar simbolizar una experiencia colectiva compartida.

Ahora bien, resulta interesante ver cómo, estos nuevos significantes, parecen correr del foco a otros símbolos de pertenencia más contemporáneos. En las ultimas décadas, algunos sectores urbanos buscaron construir identidad esencialmente alrededor de marcas globales y consumos culturales universales. Pero hoy asistimos a una revalorización estética de lo nacional. El símbolo patrio deja de ser percibido como algo “demodé” o exclusivamente institucional y empieza a ocupar un lugar que antes pertenecía a otras formas de representación cultural más globalizadas.


Sin embargo, esta no es la primera vez que los símbolos patrios son utilizados para construir identidad colectiva. De hecho, fueron creados con ese objetivo. La bandera impulsada por Manuel Belgrano, la escarapela y el escudo nacional nacieron como herramientas políticas para diferenciar a las Provincias Unidas de la monarquía española y consolidar un sentido de pertenencia común en medio de la revolución y la guerra. Con el paso del tiempo, el Estado argentino profundizó ese uso pedagógico y político de los símbolos.


Un momento fundamental fue la etapa de construcción del Estado nacional a fines del siglo XIX. La llamada Ley 1420, impulsada durante la presidencia de Julio Argentino Roca, estableció la educación pública, obligatoria y gratuita, pero también funcionó como un mecanismo de “argentinización” de millones de hijos de inmigrantes. En ese contexto, la bandera comenzó a izarse diariamente en las escuelas acompañada por himnos y marchas patrias. Los símbolos nacionales adquirieron entonces un carácter casi sagrado: debían ordenar casi emocionalmente a la sociedad, producir ciudadanía y homogeneizar una identidad


Pero hoy, décadas más tarde, comenzó a quebrarse esa lógica solemne e intocable de los símbolos patrios. Probablemente uno de los hitos culturales más importantes de esa ruptura haya sido la versión del Himno Nacional realizada por Charly García en 1990. Aquella reinterpretación rockera generó escándalo en sectores conservadores precisamente porque desplazaba al himno de su espacio ceremonial tradicional. Sin embargo con ese hito se demostró que los símbolos nacionales sobreviven justamente porque pueden ser reinterpretados por cada época.

En Argentina los símbolos nunca fueron neutrales. Las figuras de San Martín o Belgrano han sido reinterpretadas constantemente según las necesidades (y oportunismos) políticas de cada momento. El San Martín republicano, el militar, el popular o el liberal se debatieron sentido a lo largo de la historia al igual que sucedió con otras varias figuras.


Los símbolos patrios, entonces, son territorios de disputa. Nunca permanecen intactos: se resignifican, se vacían parcialmente o se cargan de nuevos sentidos según quién los utilice. Paradójicamente, mientras ciertos símbolos parecen perder espesor histórico al transformarse en productos de mercado, simultáneamente recuperan centralidad social y emocional. Se los consume más, se los exhibe más y circulan más que hace veinte años.


Esto abre, simultáneamente, una oportunidad y una advertencia. Por un lado, su presencia cotidiana en objetos e indumentaria puede estar construyendo una nueva forma de identificación con lo nacional más flexible y propia de este siglo que aquella solemnidad rígida con la que históricamente fueron enseñados. En una época atravesada por identidades fragmentadas y consumos globalizados, estos emblemas parecen volver a ofrecer un lenguaje común capaz de generar pertenencia colectiva. Pero, al mismo tiempo, esa circulación permanente también puede conducir a un vaciamiento progresivo de sus significados históricos. Su potencia estética es casi inmutable, aunque cada vez resulte menos claro cuánto se conoce sobre su origen o sentido.


¿Cuántos de quienes llevan el sol de mayo estampado en una prenda saben que su diseño remite al sol incaico resignificado luego en el proceso revolucionario rioplatense? Se pone en tensión una paradoja propia de nuestra época: Nunca los símbolos patrios estuvieron tan presentes en la vida cotidiana y, sin embargo, quizás nunca estuvieron tan desprendidos de las historias y disputas que les dieron origen.


Al convertir los símbolos en objetos de consumo, se corre el riesgo de que la participación política se entienda solo como una adhesión superficial, anclada en la exhibición de una prenda o un tatuaje, en vez de una participación reflexiva en el espacio público. En este desliz, se puede generar un vaciamiento de contenido en cuanto al poder identitario de estos o su idea de portarlos por “amor a la patria”, reduciéndolo a un adorno sin compromiso aparente. Sin embargo, y en simultaneo, hay quienes se apropian de esos símbolos y buscan dotarlos de una nueva carga identitaria, conectándolos con un sentir nacional más inclusivo o más diverso. Incluso no es incorrecto pensar que este fenómeno pueda también despertar un mayor compromiso social por temas coyunturales de nivel nacional. Es decir, la cuestión no es simple: se puede estar reinventando un lazo colectivo o, por el contrario, se corre el riesgo de despolitizar, al separar el símbolo de su natural sentido de historia y lucha.


Sin embargo, no todos los símbolos pueden vaciarse con la misma facilidad.


Hay causas cuya carga histórica y emocional resiste la lógica de la moda o del consumo efímero. La cuestión de las Islas Malvinas es quizás el ejemplo más claro. A diferencia de otros emblemas nacionales que pueden transformarse en tendencia estética, la simbología vinculada a Malvinas mantiene una densidad política y afectiva difícil de diluir. Las siluetas de las islas conservan una potencia simbólica que excede ampliamente cualquier apropiación comercial. Parece existir un límite social implícito frente a su banalización. Hay allí una memoria colectiva todavía viva, atravesada por el dolor, la soberanía y la identidad nacional, que impide que el símbolo se vuelva completamente decorativo.


Y quizás aquí encontremos una de las claves para pensar este fenómeno: No todos los símbolos sobreviven del mismo modo. Algunos pueden transformarse en estética mientras que otros continúan funcionando como núcleos de memoria.


En tiempos donde casi todo puede convertirse en mercancía, la pregunta ya no es solamente por qué volvieron los símbolos patrios, sino qué queda realmente de ellos. Y, sobre todo, cuáles siguen siendo capaces de interpelar algo más profundo que una tendencia pasajera.

 

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Matias Ferreyra, 26 años. Licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires. Ayudante en la Cátedra de Teoría Política y Social 1 de la carrera de Ciencia Política (Facultad de Ciencias Sociales UBA).Extensionista del proyecto “Levanta la Mano” e Investigador de proyectos impulsados desde el Centro de Derechos Humanos “Emilio Mignone”. Y educador Scout.

 
 
 

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