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Ideologías de la Verdad

  • Azul Igarzabal
  • 31 jul 2025
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 5 ago 2025

Análisis sobre la dificultad que supone encauzar el diálogo público cuando se debate desde la pretensión de objetividad.


Por Azul Igarzabal


A raíz de la polémica en torno al contenido que se estará transmitiendo en Paka Paka, el Gordo Dan decía en el stream Carajo:


“Cuando nosotros enseñamos nuestra ideología a los chicos no es adoctrinamiento, es decirles la verdad, porque nuestra ideología es la ideología de la verdad. La ideología de los otros es la ideología de la fantasía, entonces, ahí sí es adoctrinamiento.” (Dan, 2025)


¿Qué sería una “ideología de la verdad”?


En este artículo pretendo esbozar por qué considero que hay una contradicción en esta afirmación, entre la posibilidad de cambio y la idea de verdad. La ideología no puede pretenderse a sí misma como verdadera. Se me ocurren varias razones para afirmarlo. En principio, podríamos decir que no hay verdad en el sentido de una verdad cognoscible; en segundo lugar, es solo a través de las ideologías que podemos conocer el mundo; o dicho de otro modo, no hay interpretación del mundo que no esté mediada por una ideología.


Para ilustrar esta postura, retomo esta cita de Laclau y Mouffe:

“La objetividad no es otra cosa que la cristalización de un sistema hegemónico particular de relaciones discursivas.” (1985)


En línea con lo mencionado anteriormente, la objetividad aquí está asociada con lo particular. Es decir; es objetivo aquello que se encuadra en un sistema que no es único ni trascendente.


Retomando la idea de verdad: si esta fuese cognoscible, entonces no habría lugar para las ideologías, y mucho menos para el cambio. La ideología es el instrumento que nos da una interpretación del mundo y nos invita a hacer una tarea de convencimiento, pero sobre la base de la argumentación.


No se trata de una mirada naif. Está claro que una idea espera ser hegemónica y en ese sentido, por ejemplo, la lucha armada ha aparecido en reiteradas ocasiones como la forma de instrumentar ese cambio. Pero incluso cuando las ideas se han traccionado a través de la lucha armada, lo que sigue primando es que se acciona bajo el convencimiento de que se hace algo para alcanzar el mejor de los mundos. Y el mejor lo es, en tanto no es el único posible, porque el mundo puede ser capitalista, socialista o regirse bajo cualquier otro modelo.


Con esto me refiero a que las ideologías son relatos, y se nos presentan como un esquema lógico que establece relaciones de causalidad y otorga a diferentes actores roles en su organización del mundo. Pero nunca, en ciencias sociales, la causalidad es universalizable. Entonces sí, hay una diferencia entre verdad e ideología. Porque establecer relaciones causales bajo un paradigma de ideas no es lo mismo que decir que hay una verdad última, cognoscible, accesible e irrefutable. Hablar de ideologías como verdaderas es omitir el carácter contingente, producido, histórico y, en definitiva, humano del mundo que interpretamos.


Ahora bien, claramente hay un rédito y un interés en presentar a una ideología como verdadera, porque eso elimina cualquier posibilidad de diálogo y contradicción. Un poco nos ahorra el trabajo de argumentación.


Muchos autores han ahondado en los conceptos de tecnocracia o el Dataísmo, fenómenos que claramente orbitan en este análisis que estamos realizando. Asumir que las ciencias sociales han alcanzado un estadío de tecnificación tal que parecen haber perdido hasta su propia especificidad —esa en la cual su objeto de estudio jamás sería abordable desde los paradigmas de las ciencias exactas—.


Y es que no podemos perder de vista cómo estas formas de interpretar la realidad desandan los largos caminos que se han recorrido. Se sabe que algunas disciplinas en las ciencias sociales han tenido intenciones de parecerse mucho a otras ciencias, y nuestro Presidente parece el máximo intérprete de estas; pero Económicas no se cursa en Exactas. Asumir esta noción epistemológica básica nos ahorraría esta explicación, porque entonces no hay dato que mate relato, sino formas de construcción del mismo que resulten de un modo u otro. Y entonces, algo así como una “ideología de la verdad” se reduce simplemente a una contradicción casi cómica.


Pero, retomando la afirmación que hacía el streamer anteriormente citado, el fenómeno sobre esta pretensión de objetividad se vuelve aún más curioso cuando, además de asumirse que hay ideología, se la pretende como verdadera y se le agrega un aspecto moral. La síntesis pareciera ser: Es nuestra ideología, por eso es buena y verdadera. Y no: Es nuestra ideología, por eso es la mejor.


Nuestra pregunta inicial era: ¿cómo construir diálogo público si reafirmamos nuestras posturas desde la pretensión de objetividad de nuestras premisas?


Como primer punto, me gustaría argumentar por qué creo que incluso una ideología que pretende ser hegemónica necesita del diálogo público.


Nadie podrá actuar ni asumir cualquier costo si no está convencido de por qué lo hace. No hay regímenes que puedan sostenerse y construir hegemonía sin el convencimiento de un sector amplio y mayoritario. Entonces, podríamos decir que cualquier ideología necesita siempre de alguna instancia de diálogo para convencer a otros de sus ideas.


A. Gramsci, en Cuadernos de la Cárcel ya nos anticipa que “La hegemonía se logra cuando las ideas del grupo dominante son aceptadas como las ideas de todos.”


En segunda instancia, entonces, ahondemos en cómo sería ese diálogo si creemos que militamos ideologías de la verdad. Es que no hay diálogo posible, porque para convencer a otro debo asumir el riesgo de que este también pueda convencerme a mí de lo contrario. Poner a prueba mis propios principios es el riesgo que implica poder convencer a los demás.


Y no debemos ser ingenuos: tampoco importa hoy la producción de ese diálogo. Hablar en términos de ideologías de la verdad es completamente congruente con las formas contemporáneas de mediar ideas. El eje está más bien en los efectos de verdad que producen las afirmaciones.


En tercer lugar, no queda más que hacer la síntesis obvia de todo este despliegue teórico.


Podríamos pensar que la noción de “ideologías de la verdad” no es sino un síntoma de época que emerge y se suma como una forma más de reforzar las dinámicas de interacción propias de las sociedades digitales contemporáneas. Parece obvio que la ideología será “de la verdad” en un contexto de consumo segmentado, de burbujas de opinión y de polarización afectiva y asimétrica.


Sin embargo, creo que tiene un carácter particular que vale la pena analizar. Me refiero a cómo este concepto está íntimamente relacionado con la forma de acceso al conocimiento. Usar conceptos teóricos para decir exactamente lo contrario de lo que significan es un fenómeno que se ve muy a menudo, como cuando se utiliza la idea de la cultura woke de forma diametralmente opuesta a su origen. Y este caso no es la excepción. Coquetear con el reduccionismo biológico en las ideas, invisibilizar el principio falsable de las teorías sociales y asumir que el comportamiento humano es posible de conocer y controlar completamente deslegitima la forma en que las ciencias sociales construyen conocimiento válido. También corre el riesgo de desactivar la posibilidad de construir conocimiento crítico, llevando a una producción de conocimiento profundamente conservador.


Sí, dije conservador: ¿no implica esta lógica argumentativa un carácter sumamente conservador, incluso en el caso del libertarismo argentino? Como dijimos, igualar la verdad con la ideología es negar el carácter contingente e histórico de los acontecimientos. Y si no hay nada que se pueda cambiar, ¿entonces todo debe seguir igual? ¿O será que rápidamente se entra en un argumento sin salida, que lleva a afirmar a la vez la existencia de un orden trascendental mientras se esboza a viva voz la necesidad de cambio, ruptura, renovación y novedad?


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Azul Igarzabal es estudiante avanzada de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires. Forma parte de Minka Centro Comunitario, donde hoy es vicepresidenta. Se desempeñó como coordinadora del área de investigación de la Fundación GEO y es cofundadora de Ágora Argentina. Sus principales áreas de interés son la teoría política y el rol de las organizaciones de la sociedad civil. Además, disfruta de la fotografía y las artes visuales.



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