La recuperación del otro: una reflexión con intención de preservar la democracia

por Julián Ledesma
¿Deben ser admitidos en la vida política pública aquellas personas que son un peligro para la continuidad del status quo democrático? ¿La legitimidad que en la actualidad poseen las ideas de la extrema derecha, son la expresión del fin de la democracia o son la muestra de que el sistema democrático ha logrado imponerse en el siglo corriente?
¿Será posible un futuro menos hostil para los mecanismos democráticos y que estos contengan un alcance universal? Si lo es: ¿Qué herramientas tenemos los ciudadanos para dotar a la política en su camino más corto hacia él o qué herramientas tenemos nosotros para esquivar los obstáculos de la modernidad y llegar hacia èl? ¿Es una decisión de la ciudadanía, de la política o de ambos actores? Si no lo es: ¿Quién o quiénes han decidido, operado y maniatado al sistema democrático en favor de la caída del sistema poliárquico actual y sus atributos ?,¿Cómo podemos volver al punto de inicio, en el que ese futuro vuelva a ser posible? (Nótese la apuesta por dicho futuro y la esperanza en un paradigma menos hostil para las mayorías del mundo).
Considero aquí, que la argumentación del por qué la vida dentro de un sistema democrático parte de la base de un otro y no desde la libertad del yo, sería imposible desarrollar por una cuestión de espacio pero cito a O ́donnell cuando explicó [...] la cuestión de los límites internos de cada una de estas libertades: todas ellas contienen una cláusula de razonabilidad [...] (O’donnell; 2010). Toda libertad, propia del sistema democrático, tiene un freno y ninguna es absoluta, de modo que, la acción individual en nuestro sistema poliárquico presupone la necesidad de que dicho individuo se limite, por interés altruista o por conveniencia judicial, a no afectar al otro. Cuando Byung-Chul Han dice [...] En la actualidad, nuestra atención gira única y exclusivamente en torno al yo. Celebramos el culto, el oficio religioso del yo, en el que cada cual es sacerdote de sí mismo [...] (Han; 2025) nos aproxima a un entendimiento del porqué la presunción de la limitación del yo por el otro está declinando y en consecuencia, desde la perspectiva que defiendo en este texto, esta haciendo mas chico el espacio democratico en el que la ciudadanía se puede mover; porque partiendo de la idea de que en un régimen-político democràtico, hay ciertas libertades no negociables y, que a su vez, estas tienen una cláusula con respecto al otro (lìmites internos), el proceso de atomizaciòn que estamos sufriendo como sociedad, propio de las tecnologìas cotidianas, afecta contundentemente a la democracia política. Cuando esto sucede, es decir, se dejan de respetar los límites internos, la agresiòn verbal y/o fìsica al que piensa distinto, tornan al ambiente político un espacio màs hostil para la reproducción de los mecanismos intrínsecos de la democracia y uno de ellos es, reitero, el respeto por el otro y su opinión.
En consecuencia del párrafo anterior, es necesario considerar y prestar atención que el culto al yo, el estado en el que el individuo de la sociedad del siglo veintiuno está, este es, viéndose a un espejo constantemente, es exclusiva responsabilidad del propio individuo; porque más allá de su condición de víctima del capitalismo feroz e hiper globalizado y de distintas herramientas como la Inteligencia Artificial ( de la cual hablaré más adelante), diré en un sentido metafórico, que quién no lee las cookies y acepta sin leer los términos y condiciones de dicho capitalismo, es el individuo. Esta crítica al individuo la hago con la esperanzadora voluntad y pensamiento de que sí fue el mismo quien se aisló de la sociedad y del sentido comunitario de la vida, es él el único que tiene la posibilidad real de involucrarse en ella nuevamente, porque si bien el sistema colonial, ahora reconfigurado, sigue operando de manera que [...] El colonizador [...] esta vez, apunta a los recursos identitarios, [...] a la definición categorial de quién ingresará a formar parte del nuevo continente.
“Véase, especialmente, Dahl (1991), pág. 221. Los atributos consignados por Dahl son: 1) Autoridades públicas electas; 2) Elecciones libres y competitivas; 3) Sufragio universal; 4) Derecho de competir por los cargos públicos; 4) Libertad de expresión; 5) Fuentes alternativas de información; y 7) Libertad de asociación. En O’Donnell (1996) siguiendo a varios autores allí citados, propuse añadir: 8) Las autoridades públicas electas (y otras designadas, como los jueces de los tribunales superiores) no deben ser arbitrariamente depuestas antes de que concluyan sus mandatos constitucionales; 9) Las autoridades públicas electas no deben estar sometidas a restricciones o vetos severos ni ser excluidas de ciertas esferas políticas por otros actores, no electos, como las fuerzas armadas; y 10) Debe existir un territorio indisputado que defina claramente la población que vota. Considero que, en conjunto, estos atributos definen la poliarquía”. (O ́donnell; 1998)
Apunta a la ̈vigilancia totalitaria ̈ de los humanos y su explotación económica y de poder ̈ (Curcio, R. (2018); Como fue citado en Benasayag, Pennisi; 2024), dicha vigilancia y explotación se lleva a cabo ̈[...] por nosotros mismos. [...] No hace falta que nos obliguen. Nos entregamos. Y lo hacemos con entusiasmo, con dopamina, con hashtags. Cada clic es una cesión. Cada selfi, una renuncia. Cada aceptación de términos y condiciones, una rendición ̈ (Norte Sosa; 2025) (La negrita es mía). Por eso, pensar a las ideas de la extrema derecha como un problema de raìz es, a mi entender, una equivocaciòn; habrìa que pensarla, en tal caso como la consecuencia de un proceso - que si es el problema principal- de atomizaciòn e individualizaciòn de los seres humanos del siglo veintiuno.
Lo que mejor puede hacer la democracia, como sistema que buscamos defender y preservar, es involucrar a aquellos actores que presuponen una amenaza a ella, no excluirlos. A mi entender, en este breve ensayo, es asunto de quienes creen en este sistema, desarrollar en las ideas y la realidad un sentido de pluralismo absoluto y radical. No hay posibilidad alguna de construir un futuro menos hostil si la defensa del pluralismo no es cotidiana, porque uno de los pilares de la democracia, en un sentido ideal, es un espacio seguro para las minorías y su desarrollo en la vida política pública. Entiendo al pluralismo como la posibilidad de disentir en cualquier espacio, ya sea este público o privado, con el otro y que ni este ni uno se sienta coercionado, desafiado, intimidado, insultado, amedrentado o agredido en cualquiera de las formas que la agresión comprenda, por dicha voluntad de defensa de una otra-idea. Es este pluralismo, un valor que también, presupone la voluntad de ir en contra del propio yo en favor del otro, porque cuando se rompe el límite de la agresión y tal actitud no tiene represalias judiciales, de manera masiva, es que comienza la caída del estado de derecho y con ello, la caída de la democracia.
La intención de esta nota no fue buscar desacreditar a las ideas, a los partidos ni mucho menos a los ciudadanos y ciudadanas que votaron a las actuales administraciones de derecha en Estados Unidos, Argentina, Chile, Paraguay, Colombia, Ecuador y un largo etcétera, por dos razones. En primer lugar, porque si bien reconozco que las derechas son un peligro para la democracia, como lo expresa en los primeros párrafos, las actitudes antidemocráticas no vienen sólo de estos partidos ni creo que sean condicionantes para integrar a estos partidos y, en segundo lugar porque como expresé, creo en que estas ideas también deben estar en la vida democrática y, en tal caso, es responsabilidad de aquellos que estén en contra, confrontarlos a través de la argumentación. La voluntad de este ensayo comprende la necesidad de retomar el diálogo perdido como sociedad, dejar atrás la era del culto al yo y tejer nuevamente los hilos de la pluralidad y lo comunitario.
Comprender que la posibilidad de nuevos gobiernos, con paradigmas más pacíficos, fructuosos y menos agresivos, está en cada ciudadano y ciudadana, fue la idea principal a defender en este brevísimo texto; no como pensamiento idealista e iluso sino como la capacidad real que tienen los pueblos, basada en su soberanía, que a su vez, es la soberanía misma del estado-nación.



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