Otra vez sopa (apuntes sobre el método comparado)

por Santiago Nicolás Caínzos
Hay perspectivas ontológicas y cognitivas que preceden al carácter epistemológico de la ciencia. Cómo vemos el mundo, cómo creemos que es, cómo lo percibimos, determina sin lugar a dudas la manera en que nos acercamos a él y construimos referentes empíricos a través de la contrastación. En ese sentido, resulta primordial revisitar un viejo debate: el de hasta dónde pueden llegar nuestras generalizaciones empíricas y qué lugar ocupa la contingencia en la política. Ese es el punto de partida de cómo interpretamos la realidad política: ¿Existen variables constantes que nos permitan comparar y explicar los fenómenos políticos? ¿Hasta qué punto el carácter contingente de los hechos, y la conducta no siempre racional de los actores, pone en cuestión esa constancia?
En esta nota no haré ningún recorrido por el método comparativo, porque sería una nota mucho más aburrida de lo que ya es. A su vez, debo aclarar que me enfocaré especialmente en la ciencia política per se. Entiendo que es un debate que atraviesa a todas las disciplinas, pero yo no soy todas las disciplinas, sino un simple politólogo. Y aunque muchas veces parezca que podemos hablar de todo, solo sabemos de una cosa: de ciencia política. Así que, con mis nulos saberes sobre esta temática, me embarcaré en un viaje sumamente riesgoso, a partir del cual realizaré una crítica a los paradigmas vigentes y hegemónicos de la ciencia política occidental. Deséenme suerte.
Ya han pasado varias décadas desde el debate sobre la teoría de la modernización, aquella que postulaba una correlación positiva y causal entre modernización (o desarrollo) y democracia. Guillermo O’Donnell, en su libro Modernización y autoritarismo, discute justamente esa idea y da cuenta de que la existencia de altos niveles de correlación positiva no significa causalidad. A partir de un trabajo empírico sobre los casos argentino y brasileño, muestra que la modernización de la estructura productiva vino de la mano de regímenes autoritarios, en los que se articulaban alianzas entre el Estado, burocracias tecnocráticas y el empresariado trasnacional. A ese tipo de estatalidad, en cuya coalición dominante se encontraban estos actores, se la denominó, como bien conocemos todos los politólogos, “Estado burocrático autoritario”.
Sin embargo, pese a sus diferencias, ambas teorías terminan apostando a regularidades que tratan ciertas variables como constantes. O’Donnell se opone a la teoría de la modernización y construye la suya desde la empiria, pero la regularidad que propone sigue siendo la misma en su lógica: la forma de producir se mantiene como el factor estable que, en última instancia, explica el tipo de régimen. Estas teorías, que marcaron profundamente a la ciencia política, dejan de lado todo aquello que escapa a la regularidad y suponen una relación cuasi causal entre la forma de producir y el sistema político. En la lógica de la teoría de la modernización, la correlación es evidente: a mayor desarrollo y modernización, mayor pluralidad y complejidad de demandas y, por ende, mayor democratización. En la lógica de O’Donnell, la supresión de esas demandas sociales habría permitido la modernización de los factores productivos. Además, ambas suponen, de manera más o menos explícita, actores que calculan sus intereses y actúan en consecuencia. Pero ¿dónde están los hechos que escapan a esas constantes? ¿Y dónde están los actores que no siempre son racionales ni estrategas, que se equivocan, improvisan o se guían por prejuicios, vínculos y valores? En ninguna de las dos teorías hay demasiado lugar para la contingencia. Y en la política, al igual que en la vida, el carácter contingente juega un rol fundamental.
Un ejemplo histórico de la última dictadura militar argentina ilustra perfectamente adónde quiero llegar. A Martínez de Hoz se lo suele asociar con las políticas neoliberales implementadas por aquel gobierno de facto. Sin embargo, entre los nombres que se barajaron antes del golpe para el Ministerio de Economía hubo cinco, de los cuales destacaré dos por su relevancia para el tema que estamos tocando: Horacio García Belsunce, proveniente de la democracia cristiana, y Aldo Ferrer, desarrollista. Ambas doctrinas económicas estaban lejos del manual neoliberal clásico. Ferrer terminó siendo descartado por la disposición de fuerzas dentro de la futura junta militar: al ser el candidato de la Fuerza Aérea, y al imponerse finalmente el Ejército dentro de la junta, su postulación no prosperó por haber sido vetado por el actor que asumiría la responsabilidad gubernamental. El caso de Belsunce es más peculiar aún. Si bien existía consenso en la junta sobre su postulación, fue vetado por tener una “situación familiar irregular”: básicamente, estaba separado de hecho de quien era su esposa. Difícilmente un veto así responda a un cálculo estratégico; es más bien el reflejo de prejuicios y valores personales de los miembros de la junta. ¿Qué hubiese pasado en la historia argentina si Ferrer o Belsunce hubiesen encarado el Ministerio de Economía con una política tendiente al fortalecimiento de la industria? Y en el caso de que la junta hubiese decidido encarar un plan ortodoxo más allá del candidato, Hhabría tenido legitimidad el ministro para implementar tal plan de liberalización económica? No se trata de negar que existían restricciones estructurales que empujaban en una dirección, sino de reconocer que el camino concreto que se tomó dependió, en buena medida, de hechos contingentes y de decisiones que no siempre respondieron a una lógica racional. Por eso, en muchas ocasiones, el carácter contingente de la realidad política ayuda a explicar los hechos empíricos mejor de lo que lo haría una generalización de índole estructural y permanente por sí sola.
Sin embargo, es verdad que la construcción de referentes empíricos se puede dificultar, o incluso imposibilitar, si consideramos el carácter contingente. Si observamos de cerca cada caso y atendemos a su complejidad, ya no habrá variables constantes (porque, seamos sinceros, las variables constantes no existen) y, por eso mismo, comparar, generalizar y encontrar similitudes y diferencias se vuelve más difícil. Chau, fin de la política comparada.
Chiste. Es entendible que determinadas variables sean consideradas constantes, y que los actores sean pensados como racionales, en las abstracciones teóricas. Y no es casual que lo hayamos hecho: la política comparada siempre enfrentó un dilema entre analizar muchos casos de forma superficial, perdiendo su especificidad, o analizar pocos casos en profundidad, perdiendo capacidad de generalización. Las generalizaciones estructurales se apoyaron, en buena medida, en el primer camino, porque estudiar la contingencia en muchos casos a la vez simplemente no era viable. Es ahí donde, creo, la inteligencia artificial puede cambiar las reglas de juego. La IA nos permite analizar una cantidad de casos nunca antes vista en tiempos récord, en especial como herramienta de recolección y sistematización de datos. Archivos, prensa, discursos, actas y documentos oficiales, que antes exigían años de trabajo manual, pueden ahora ser rastreados y ordenados a gran escala. Esto permite reconstruir las decisiones, las secuencias y las interacciones de los actores en muchos casos al mismo tiempo, sin perder el detalle, incluso cuando esas decisiones no respondieron a ningún cálculo estratégico. Así, la construcción de teorías desde el inductivismo se vuelve cada vez más accesible. Claro que la IA no reemplaza el juicio del investigador ni está exenta de sesgos, y todo lo que produzca deberá ser verificado, pero amplía enormemente lo que podemos observar.
Para concluir: correlación no es causalidad, y las generalizaciones basadas en variables constantes son más fáciles y útiles, pero no siempre son suficientes. Es preciso construir teorías generales o de rango medio, necesarias para pensar el mundo en el que vivimos desde las ciencias sociales. La IA nos da la posibilidad histórica de empezar a entender específicamente cuál es el carácter contingente del mundo en el que vivimos, y de actores que, como cualquiera de nosotros, no siempre son racionales ni estrategas.
Eso es todo, hasta la próxima.
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Santiago Nicolás Caínzos es politólogo por la Universidad de Buenos Aires y docente. Investiga sobre democracia digital y es cofundador de Ágora Argentina, organización apartidaria que promueve la participación democrática y el compromiso cívico de las juventudes.



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