Sobre los clubes de barrio

Por Caetano Bruno
No hubieras llegado nunca a Primera,
mucho menos a la Selección, sin un club de barrio
que te diera la posibilidad de jugar con otros chicos.
Sobre Diego A. Maradona
Actualmente, a lo largo y ancho del país, existen alrededor de 12.000 Clubes de Barrio. Más del 80% tiene menos de 500 integrantes: son instituciones pequeñas, profundamente ligadas a su comunidad, donde cada persona cumple un rol activo. Son, muchas veces, el corazón social del barrio. Más del 10% de la población argentina va a un Club de Barrio: cerca de 5 millones de personas. Cinco millones de personas que encuentran un espacio de pertenencia, formación, contención, encuentro y organización comunitaria en estos clubes de barrios. Vale aclarar que hablamos de los Clubes de Barrio y de pueblo: instituciones comunitarias, populares y profundamente ligadas a su territorio, no de grandes clubes privados o comerciales.
Los Clubes de Barrio son, además, un fenómeno particularmente argentino. Nuestro país es el segundo con más clubes en el mundo, apenas por detrás de Brasil. Pero el dato verdaderamente importante es otro: En Argentina, el 44% de los chicos y chicas que practican deporte lo hacen en un club. En Brasil, según distintas estimaciones, ese número ronda el 4,5%; en España, el 12%. Esto hace que los Clubes de Barrio argentinos no pueden pensarse solamente como espacios de formación deportiva. Son algo más profundo: formas de organización comunitaria.
Y ahí está su verdadera riqueza.
Clubes de Barrio como segunda casa ¿O primera?
La función más importante de los Clubes de Barrio probablemente no sea deportiva ni institucional, sino humana. Es un espacio de socialización, de encuentro, de comunidad. El Club se transforma, de alguna manera, en una segunda casa.
Ahí aparece el elemento probablemente más importante en la vida humana con la familia: las amistades. En los Clubes de Barrio los deportistas se conocen, intercambian, pelean. Se hacen hermanos. Más que amigos.
Hablo de esto porque también lo viví. Fui a un Club de Barrio durante tres años, y ahí crecí mucho personalmente. Me hice a mis mejores amigos y amigas, amigos que por más que nos peleemos a muerte, en un cancha por ejemplo, a los 10 minutos íbamos a volver a reirnos. Yo pienso y entiendo a las amistades de los clubes diferentes a las que se pueden encontrar en la escuela o en otro espacio. Ojo. Diferentes, no mejores. Hay algo con “lo que pasa en la cancha se queda en la cancha” que pega. Esas amistades son esenciales para los jóvenes, sobre todo en barrios populares. Tienen todo en contra, pero sin embargo, pueden encontrar en el Club un espacio de refugio y confianza.
Y ahí viene el segundo punto: el Club de Barrio como espació de contención. Imaginemos una situación. Llega al Club de Barrio un pibe roto, perdido. En el peor de los sentidos. Tiene quilombos familiares, y eso hace que ya no vaya más al colegio. El pibe se pierde. El entrenador y un par más trabajan con él y lo acompañan en todo lo posible. Hoy, el pibe está encausado otra vez. Encausado en el sentido de que ya no está mal, pudo despegar de ese escenario horrible en el que estaba. Que puede ser feliz, que está renovado devuelta. Se hizo amigos, es un buen chico. Siempre lo fue, pero el Club de Barrio ayudó a devolverle esa característica. Lo acompañó, lo contuvo y lo ayudó. Eso es lo que se entiende como espacios de contención. Si la sociedad no puede rendir, si el estado no llega, si la familia no lo ayuda y si la escuela no se encuentra, ahí entra el Club de Barrio. Ese pibe ahora entiende a ese Club como una segunda casa. Tal vez, como una primera incluso.
Clubes de Barrio: una herramienta formativa
Como dije antes, los Clubes de Barrio son de las instituciones más formativas de nuestros pibes y pibas, sobre todo en los barrios populares. Los clubes enseñan valores, como la disciplina, el compañerismo, el respeto, la pertenencia al barrio, enseñan formas de socialización, e incluso tienen educación ciudadana. Enseñan códigos de convivencia, moral, ética. Creo yo que cuando la escuela se degrada y no llega a este tipo de educación, los clubes lo hacen. Esto no quiere decir que las escuelas no funcionen, que no sirvan. Pero es innegable en la crisis educativa en la que nos encontramos hoy. Ahí entran los Clubes de Barrio.
“Nosotros no tuvimos delincuencia infantil ¿Por qué? Porque en Buenos Aires más de cincuenta mil muchachos tenían su Club (...)” Eso dice Perón exiliado. Hoy sigue teniendo la misma vigencia, incluso mayor.
Hace poco salió la Ley de Régimen Penal Juvenil, en donde la edad de imputabilidad bajó a 14 años. Es una medida de retroceso y profundamente simplista. El gobierno usa esta Ley para atrasar una discusión pendiente desde hace varios años. ¿Por que nuestros pibes y pibas se meten en el aparato delictivo? ¿Por qué cometen delitos? Dejando de lado que los delitos de menores de edad son menos del 0.1% del total, si es verdad que deberían de ser 0. Y una forma de llegar a ese número son los Clubes de Barrio.
El deporte implica disciplina, y esa disciplina se construye en los pequeños hábitos cotidianos: sostener un entrenamiento, respetar horarios, cuidar el cuerpo, comprometerse con un equipo y asumir responsabilidades. Pero también implica una forma de entender los propios límites y las consecuencias de las decisiones. En ese sentido, los Clubes de Barrio cumplen un papel fundamental en la prevención de situaciones de vulnerabilidad. La práctica deportiva, la disciplina y el compromiso con el equipo reducen factores de riesgo y generan vínculos protectores. Esto no significa que un chico o una chica que participe de un club nunca pueda atravesar situaciones de violencia, consumo problemático o delincuencia. Sería ingenuo afirmarlo. Sin embargo, el club ofrece algo más: un espacio de pertenencia, adultos de referencia, amistades y un proyecto colectivo. En definitiva, crea vínculos y transmite valores que fortalecen las trayectorias de los jóvenes y disminuyen las posibilidades de que queden atrapados en contextos de exclusión.
Además, para los deportistas es inmensamente importante la figura de su entrenador, de su entrenadora, de adultos que ayudan en su club, de dirigentes del mismo. Por eso, estas figuras tienen una enorme responsabilidad en la educación, enseñanza y formación de los y las deportistas. Y creo que la cumplen muy bien. Con excepción del caso, obviamente, pero estudios demuestran que cuando un pibe está en un club, ese pibe es menos propenso a cometer delitos, se relaciona mejor con otros. En pocas palabras, encuentra herramientas colectivas para desarrollarse. Un espacio para jugar y convivir con otros.
En la cuenta del Diego días después de morir se publica un mensaje. Dice que el no hubiese podido llegar a Primera sin un Club de Barrio que te dé la posibilidad de jugar con otros. Se tiene que entender como “Primera” no solo al equipo de Primera División de una Selección o Club. “Primera” es el objetivo de vida que tenga cada pibe y piba. Un futuro. El Club de Barrio te da la oportunidad de proyectar y conquistar un futuro.
Clubes de Barrio: organización popular y comunitaria
Muchos clubes se crearon en un principio por el esfuerzo e iniciativa de los vecinos. Esto convierte a los clubes en organizaciones comunitarias y populares. Y eso rompe con una lógica social cada vez más individualista. La gente se encuentra, discute, se abraza, comparte una cerveza y hace un asado. La gente está en comunidad y puede encontrar un espacio de encuentro y de pertenencia. Porque el individualismo que nos imponen es antihumanista. Lo colectivo y lo común no. Es profundamente humano. Es lo que necesitamos.
Los clubes enseñan, acompañan, resisten, crean comunidad. Tienen esta cultura del encuentro que pocos organismos e instituciones tienen, o por lo menos de las mismas características. La abuela va a ver el partido del nieto con una amiga. Y alientan. Y hablan. Esto es una forma de resistencia. Una resistencia contra la degradación cultural que nos quieren imponer. Porque la lógica comunitaria nos hace fuertes. Juntarse a gritar goles o hacer un asado con el equipo después del partido nos hace fuertes. La comunidad nos hace fuertes. La lógica individualista debilita. Los clubes y su cultura de encuentro resisten.
Nadie se salva solo, dice Juan Salvo.
Nadie se salva solo. Tal vez por eso, incluso en los peores momentos, siempre hubo una persiana del Club abierta en algún barrio.
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